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Genética, la tecnología que precedió a la ciencia

Se suele decir que la tecnología es hija de la ciencia, en el sentido de que los descubrimientos científicos hacen posibles los desarrollos tecnológicos. Esto no es del todo correcto; pensemos en los avances en el campo de la astronomía gracias a la sofisticada tecnología de satélites y telescopios, por poner un ejemplo.

También en el campo de la genética se han desarrollado tecnologías que han permitido un incremento sustancial en los conocimientos de la propia ciencia, como la técnica de la Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR), omnipresente en los laboratorios de genética.

Pero no es a este tipo de relación entre tecnología y ciencia lo que os quería comentar por aquí, sino al hecho de que la humanidad comenzó a manipular genes miles de años antes de que nadie sospechara siquiera su existencia.

Para entenderlo conviene que nos remontemos al lento deshielo que puso punto final a la última glaciación. Por aquel entonces la alimentación de nuestra especie se basaba, sobre todo, en frutos, semillas, raíces, huevos y pequeños animales como larvas e insectos, recolectados en su mayor parte por mujeres y niños. Los hombres adultos se dedicaban, con mayor o menor éxito, a la pesca y a la caza con herramientas de baja tecnología, al menos comparadas con las que conocemos en la actualidad.

Aquellos tiempos de cambio climático fueron testigos de la gran revolución que dio comienzo al Neolítico: la invención de la agricultura y la ganadería. Es posible que las sequías cada vez más intensas en el Oriente Próximo obligaran a que plantas, animales y personas se fueran concentrando en los escasos terrenos húmedos, oasis y orillas fluviales. La progresiva desertización, junto con un aumento global de la población fueron los impulsos del cambio.

Posiblemente la ganadería precedió a la agricultura. La reproducción animal es mucho más evidente para el ser humano que la vegetal. Al fin y al cabo la nuestra no deja de ser reproducción animal. Además los cazadores conocían muy bien el comportamiento de los animales que cazaban. Quizá en algunas ocasiones la caza no terminaba con la muerte del animal, sino que se capturaba una animal herido al que se le mantenía con vida, o algún ejemplar joven… evitándose su descomposición hasta el momento de comerlo. Inicialmente, una “técnica” de conservación de los alimentos. Pero seguro que no pasó mucho tiempo hasta que se decidió instar a machos y hembras a reproducirse: ganadería.

La selección genética comenzó en ese mismo momento. Es evidente que los hijos se parecen a los padres, y puestos a cruzar un macho y una hembra de un jabalí (Sus scrofa), mejor que sean poco agresivos, por si las moscas. Y gordos, porque al fin y al cabo nos interesa su carne. Generación tras generación aquellos jabalíes, similares a los que corretean por nuestros campos, se han transformado en la gran variedad de razas de cerdo actuales a base de una selección inconsciente de genes seleccionando de forma consciente las características que más interesaban. Algo parecido se hizo con los muflones (Ovis musimon y Ovis vignei), a los que hemos modificado genéticamente desde hace unos once mil años hasta conseguir lo que ahora llamamos ovejas y carneros.

Un muflón. Así eran las primeras ovejas
Un muflón. Así eran las primeras ovejas

Los ganaderos siempre han seleccionado machos y hembras con las características deseadas para que las transmitieran a la descendencia. Los agricultores no podían hacer eso hasta hace relativamente poco tiempo, porque la reproducción vegetal les resultaba misteriosa. No podían seleccionar una planta masculina y una planta femenina, pero eso no fue ninguna traba para la mejora genética de las especies cultivadas. Los agricultores seleccionaban embriones en forma de semilla. De una forma muy sensata que se sigue utilizando hoy en día. Cuando un aficionado a la horticultura se come un melón soso tira las semillas; cuando disfruta de un melón sabroso las guarda para simiente, aunque no tenga ningún conocimiento de genética. Supone que tiene más posibilidades de obtener melones sabrosos, y acierta. Lo mismo suponían -y también acertaban- los antiguos egipcios, los primeros que cultivaron la conocida cucurbitácea. Seguro que ellos comían melones más pequeños y amargos que los actuales; gracias a ellos y a quienes continuaron su cultivo disfrutamos de los melones actuales.

En definitiva, ganaderos y agricultores pusieron en marcha desde el principio una selección genética que iba a perdurar hasta la actualidad. Si comparamos las características de aquellos primeros animales sometidos a crianza con sus descendientes actuales, el resultado de esa selección artificial salta a la vista. Todavía podemos encontrar muflones en los bosques de montaña de buena parte de Europa. Los machos de esta especie, cubierta de pelo y no de suave lana, superan con facilidad los 50 km/h y lucen unos cuernos de hasta 80 cm. O qué decir de las gallinas, a las que un día califiqué de monstruos.

También las plantas cultivadas han experimentado grandes cambios. El arroz, el trigo y el maíz, que en la actualidad representan la mayor parte de la ingesta calórica mundial para nuestra especie, apenas se parecen en nada a sus antepasados silvestres. Por ejemplo el maíz moderno es tan diferente de su predecesor, el teosinte, que sólo cuando las pruebas genéticas lo confirmaron se aceptó definitivamente el parentesco entre ambos. Los antiguos campesinos de Centroamérica trataban de retener los atributos que les interesaban en las plantas silvestres (por ejemplo las que soportaban bien la sequía, o las que tenían más semillas) mediante cruzamientos que daban lugar a nuevas plantas. De esta manera y a pesar de la aleatoriedad de este proceso, modificaron genéticamente al teosinte, de forma que éste pasó a tener un único tallo en lugar de varios, se hizo más alto, engrosó considerablemente sus granos, aumentó el número de granos en cada espiga y perdió la capacidad de soltar el grano, cosa que cualquiera puede comprobar por sí mismo: los granos se aferran a la mazorca como si les fuera la vida en ello. Esta última variación artificial se me antoja especialmente llamativa, pues lo es contra natura: la misión de las semillas es alejarse entre sí y de la planta madre, buscando que la especie se disperse por el mayor territorio posible.

Todos estos son ejemplos de selección genética inconsciente, de la utilización de una tecnología -la genética- de la que no se tiene ni la más mínima sospecha de cómo funciona. Hasta que a finales del siglo XIX un monje llamado Gregor Mendel, aficionado a la jardinería, se puso a cruzar de forma sistemática plantas de guisantes fijándose en caracteres concretos y vislumbró el modo en que se transmiten los factores hereditarios (hoy les llamamos genes) a lo largo de las generaciones.

Con Mendel nació la genética como ciencia; más de diez mil años después de que la manipuláramos en nuestro beneficio, de que empezáramos a utilizarla como tecnología. Hoy, y gracias a los enormes avances conseguidos en el campo de la genética, sabemos utilizar una herramienta de la que disponemos, por fin, del manual de instrucciones. Ahora podemos decidir qué caracteres concretos aparecerán en la siguiente generación introduciendo los genes que los codifican. También caracteres que jamás aparecerían mediante la selección tradicional. Indudablemente se trata de una impresionante ventaja; sin embargo hay quien asegura que esta tecnología supone una peligrosa aberración. Siempre y en todos los casos. Pero esa es otra historia.

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La insoportable multiplicación de la desigualdad

Alambrada frente a la sede del World Economic Forum en Davos. Foto: Reuters / Cordon Press.

Alambrada frente a la sede del World Economic Forum en Davos. Foto: Reuters / Cordon Press.

Francisco en Davos

El papa Francisco, de quien no sabemos todavía si es un Asís, un peronista o un revolucionario, menta la bicha a la crema de la crema de la élite económica mundial, en su mensaje al Foro Económico de Davos: «Es intolerable que millares de personas continúen muriendo cada día por causa del hambre, cuando hay cantidad de alimentos disponibles, que frecuentemente se tiran». Crece la mala conciencia en Davos por la desigualdad social que se multiplica: mala conciencia y, claro, temor a la insostenibilidad del invento general. Lo explica muy bien Andy Robinson en su reciente y excelente libro Un reportero en la montaña mágica (Ariel), léanlo. Es muy curioso escuchar el repiquetear de esa mala conciencia en el último escrito del patrón de Davos, el suizo Klaus Schwab, patrón asimismo de la globalización desregulada: «Los manifestantes antiglobalización de principios de siglo tenían un mensaje claro y acertado»; los «mercados financieros» han provocado «repercusiones» que «pueden ser catastróficas en todo el mundo». Claro y acertado, Schwab en pasamontañas (mágicas).

Secuestro en Davos

Más duro y con más cifras inquietantes, el documento de Oxfam Intermón a Davos, Gobernar para las élites, secuestro democrático y desigualdad económica. Tres datos recordatorios. Uno, el 1 % escaso de la población mundial atesora la mitad de la riqueza mundial. Dos, el 1 % de la población más rica de EE. UU. ha concentrado el 95 del crecimiento posterior a la crisis iniciada por Wall Street en 2007-2008. Tres, los diez europeos más ricos ingresan más (217.000 millones de euros) que el conjunto de las medidas de estímulo adoptadas en la UE entre 2008 y 2010 (200.000 millones). No solo denuncian. Proponen recetas: lucha contra los paraísos fiscales (lo espetan, bravo, en Suiza), sistemas fiscales progresivos, salarios dignos: un capitalismo de rostro humano para después del capitalismo de casino. Tendrá razón Schwab: sus clientes han provocado «repercusiones catástróficas». Sus clientes y su país. Luxemburgo y Austria siguen obstaculizando la cruzada contra los paraísos fiscales: vetaron otra vez en la cumbre de diciembre de la UE la reforma de la normativa fiscal sobre el ahorro (capital) que generalizaba la «información automática» entre Gobiernos, en vez de «a petición». Motivo: aún no se llegó a un acuerdo para aplicarla también en los paraísos europeos extra-Unión: primero, claro, Suiza, pero también Mónaco, Liechtenstein y otras fincas.

Los pocos, más; los muchos, menos

La desigualdad creciente se plasma, por ejemplo, en que el sueldo medio de los directivos españoles alcanzó en 2013 los 80.330 euros anuales, un 7 % más que en el año anterior. Mientras que los empleados de base obtuvieron 21.307 euros, un 0,5 % menos, según un estudio hecho público el 14 de enero por ICSA y la escuela de negocios EADA. Más. Aunque la inflación acabó descendiendo a tres décimas a final de 2013, la cifra más baja desde 1961, los sueldos perdieron poder adquisitivo: porque la tasa media del alza de precios en el año fue del 1,4 % (aunque acabase en 0,3 %), ocho décimas más que los aumentos pactados en convenios. El coste salarial por trabajador cayó el 10,8 % desde finales de 2011. Buena noticia para la competitividad española, para la exportación, para la recuperación. Fatal si se considera comparativamente: el número de ricos aumentó en el último año un 13 %. Hay 47.000 españoles más con una fortuna superior a un millón de dólares (740.000 euros), según un estudio del Credit Suisse, que de estas cosas sí que sabe.

Ser desigual es peor

La desigualdad es una bomba de espoleta retardada. Lo dice el profesor polaco Zygmunt Bauman en ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (Paidós). «En una sociedad desigual hay más suicidios, más depresión, más criminalidad, más miedo», declara a Lola Galán en El País. Y recuerda que hace una generación crecía la brecha entre las sociedades desarrolladas y el resto, mientras se reducía en el interior de las prósperas; ahora empieza a ser al revés. Ya acumulamos bastante conocimiento doctrinal reciente sobre este asunto. Lo interesante es que apenas se alza ninguna voz (respetable) que lo contradiga. «Cada teoría normativa de la justicia social que ha recibido apoyo y defensa en tiempos recientes parece exigir la igualdad», concluye Amartya Sen en La idea de la justicia (Taurus).

Nos trajo la crisis, nos la trae la crisis

No solo es que la crisis haya disparado la desigualdad, y que la salida de la recesión también la esté aumentando. Es que la desigualdad estuvo en el origen de la crisis. «La creciente desigualdad empujó a la gente a reducir sus ahorros, a  estar en números rojos, a endeudarse con sus tarjetas de crédito y a contratar segundas hipotecas para financiar otras deudas», describían a la temprana altura de 2009 Richard Wilkinson y Kate Pickett en Desigualdad (Turner). «La desigualdad en sí crea una economía más débil» entre otras razones porque impone «la erosión de nuestro sentido de la identidad, donde son tan importantes el juego limpio, la igualdad de oportunidades y la sensación de comunidad», concluye Joseph Stiglitz en El precio de la desigualdad (Taurus). Y es que, como revelaron los treinta gloriosos años europeos de posguerra, y como aún demuestran hoy los países escandinavos, un cierto nivel de bienestar y un cierto nivel de igualdad básica son factores de estabilidad social y política, y esa estabilidad, condición de crecimiento económico continuado. No solo es cuestión de equidad, también lo es de eficiencia.

Caída de la industria

Aquellos años de mayor igualdad fueron también los años del imperio de la industria, anteriores a las locuras de los servicios, otra manera de aludir a los mercados financieros globales (el resto, turismo y poco más). Estos mercados desbocados lo trastocaron todo: las bases de la economía real, la estabilidad económica, la proporcionalidad de remuneraciones. Aquellos eran tiempos en que el sector industrial —no solo chimeneas arqueológicas, también tecnología punta— rondaba o superaba el 30 % del PIB en muchas de nuestras sociedades avanzadas, el doble que ahora. En 1979 la manufactura de Estados Unidos empleaba a veinte millones de trabajadores; en 2012, a unos doce millones. La caída del empleo industrial es un drama, porque se trata de un empleo más estable, de carácter más fijo y de mayor calidad, pues es el que genera mejor comercio y más exportaciones. Curiosamente para esta era de transacciones financieras mundiales instantáneas, los productos industriales no solo parecen ser los más fácilmente exportables, sino también los más exportados. Así, el gran profesor y efímero político que es Mario Monti cuantificó  que los servicios transfronterizos representan tan solo el 5 % del PIB de la Unión, frente al 17 % en el caso de los productos manufacturados intercambiados dentro del mercado único (Una nueva estrategia para el mercado único, Informe al presidente de la Comisión, 2010).

Resucitar las fábricas

Por esas razones, por la decepción de las finanzas y la añoranza de la industria, por el buen ejemplo alemán y el malo británico, resucita en Europa la pasión industrial. Bruselas emite nuevos papeles. Los veintiocho preparan una cumbre específica sobre el sector secundario. Ya se arrinconó el lema de que la mayor política industrial es la inexistencia de política industrial. Al contrario, se vuelve a discutir sobre política industrial. ¿Debe ser vertical, eligiendo sectores sobre los que apostar, al modo de los planificadores? ¿U horizontal, promoviendo políticas comunes para todos ellos, del tipo I+D, apoyo fiscal, minimización de los costes energéticos? Pero hay puntos de conexión entre ambos enfoques: el estímulo a la informatización es susceptible de contribuir a la modernización de todos o casi todos los sectores, y al mismo tiempo implica apostar a favor de un sector determinado, el de las tecnologías de la información. La respuesta más reciente a este dilema en España, en En busca de la pócima mágica, de Maurici Lucena (Antoni Bosch editor).

Capitalismo renano

Frecuentemente la industria es la primera en caer y también figura en vanguardia a la hora de repuntar, funciona como termómetro de la coyuntura. Los datos de noviembre de 2013 apuntaron bien: el sector creció un 1,5 % respecto a octubre en la UE (un 1,8 % en la eurozona) y acumuló un crecimiento interanual, de noviembre a noviembre, del 3 %. Son los mejores registros en tres años y medio, desde que en mayo de 2010 se produjo un incremento del 1,7 % en la UE y otro del 2 % en el área euro, aunque en este país duelen las caídas libres durante el año de empresas como Pescanova, Panrico, la cooperativa de Mondragón u Orizonia. De modo que un bravo relativo, pero bravo: a riesgo de caer en el esquematismo, los servicios financieros son al (depredador) capitalismo anglosajón lo que la manufactura es al (más humano) capitalismo renano. Y eso que este último ha quedado muy baqueteado por la crisis: ahí están las andanzas especulativas del Deutsche Bank en tiempos del inolvidable Josef Ackerman (que hundió a su entidad en la ciénaga del Wall Street de los derivados fantásticos y las hipotecas subprime); la multa que le impuso la Comisión Europea por traficar en comandita (cartel) para manipular los niveles de indicadores como el libor o el euríbor; o los descontroles  en la obra pública alemana (aeropuerto de Berlín, auditorio de Hamburgo, estación ferroviaria de Sttuttgart), parejos o superiores a los excesos españoles (de la T-4 en Barajas al barrio de Gamonal en Burgos). Claro que ellos pueden pagarse sus propios vicios.

 

Ian Curtis

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Photographer Klaus Leidorf’s Aerial Archaeology

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Remember Summertime

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Scrap Tires

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Sailing Hay Bales

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Summer Toboggan Run

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Isar Nuclear Power Plant

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Stock of Wood

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River Vils At Schalkham, Bavaria

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Autumn In The Vineyard

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Under Snow

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Poplar Avenue

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Technical Break

Perched at the window of his Cessna 172, photographer Klaus Leidorf crisscrosses the skies above Germany while capturing images of farms, cities, industrial sites, and whatever else he discovers along his flight path, a process he refers to as “aerial archaeology.” Collectively the photos present a fascinating study of landscapes transformed by the hands of people—sometimes beautiful, sometimes frightening. Since the late 1980s Leidorf has shot thousands upon thousands of aerial photographs and currently relies on the image-stabilization technology in his Canon EOS 5D Mark III which is able to capture the detail of single tennis ball as it flies across a court. You can explore over a decade of Leidorf’s photography at much greater reslution over on Flickr. All images courtesy the artist.

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