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Andy Fordham, el campeón que solo ganaba cuando bebía

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Andy Fordham en 2004. Fotografía: Cordon Press.

Nunca tenía resacas. Para tener una resaca has de parar de beber.

El alcoholismo es una de las adicciones más duras y destructivas que existen, y cuando hablamos de la relación entre alcoholismo y deporte a todos nos vienen a la memoria algunos casos célebres porque desgraciadamente no es algo infrecuente ni siquiera entre los mejores competidores del planeta. Por citar algunos, futbolistas como George Best, Garrincha o Paul Gascoigne, la estrella de la NBA Pete Maravich, o incluso el campeón mundial de ajedrez Alexander Alekhine. Pero también se producen dramáticas historias de adicción al alcohol en deportes bastante más minoritarios con los que no solemos asociar las tensiones de la gran competición. Tal es el caso de los dardos, que en nuestro país no tienen un gran predicamento —aunque es verdad que en España se celebran torneos muy concurridos— pero cuyos torneos de élite no tienen nada que envidiar en tensión a las de cualquier otro deporte. Como todas las competiciones, las del mundo de los dardos encierran sus historias, igual de interesantes al menos para quienes disfrutamos conociéndolas y narrándolas.

Pongámonos un poco en contexto. En el mundo anglosajón y muy particularmente el británico, las competiciones de dardos son una cosa muy seria y muy bien establecida. El primer campeonato mundial oficial con el formato actual fue organizado por la British Darts Organization (PDO) en 1978 y desde 1994 existe un segundo campeonato mundial producto de una escisión en la asociación (la PDC; ya ven que lo de las escisiones en competición no es cosa exclusiva del boxeo o el ajedrez). Por si fuera poco también hay una Copa del Mundo de naciones que organiza la Federación Internacional. Y los darderos, o dardistas si prefieren, se lo toman muy, muy en serio. La inmensa mayoría de los jugadores dominantes proceden del Reino Unido: de Inglaterra han salido casi todos los grandes campeones, después vendrían Escocia, Gales, Países Bajos y ocasionalmente Australia o Canadá. Entre los jugadores que se clasifican para el campeonato mundial cada año existe una fuerte competitividad, no piensen que se trata de una serie de partidas informales. Esta presión competitiva está incrementada por el hecho de que el campeonato es retransmitido por televisión. En el Reino Unido algunos jugadores de dardos alcanzan un grado de popularidad impensable para un practicante de la disciplina en nuestro país. Tal es el caso del protagonista de nuestra historia. En sus mejores años de competición le llamaban «el Vikingo». No resulta extraño: medía 1,83 de altura, en algún momento llegó a estar cerca de los doscientos kilogramos de peso; además lucía tatuajes y una larga melena estilo mullet. No podía evitar llamar la atención, aunque solamente fuese por su volumen corporal: a veces se le ha llamado «el peso pesado de los dardos», u Oche Balboa, en referencia a Rocky Balboa (el oche es la palabra inglesa que denomina la línea de lanzamiento). Un individuo carismático.

Andy Fordham nació en Charlton, una zona de Londres. Nadie lo diría viendo su aspecto durante sus mejores años como lanzador de dardos, pero de joven fue un chaval muy atlético, delgado y rápido hasta el punto de que todos le llamaban «galgo». Le gustaba mucho jugar al fútbol, era un ávido seguidor del Glasgow Rangers y jugaba a la pelota siempre que podía, además de practicar el atletismo. Fue precisamente a través del fútbol como descubrió los dardos por pura casualidad: a sus compañeros de equipo les faltaba una persona para poder echar unas partidas y pidieron a Andy que se uniera. Se enamoró inmediatamente de los dardos. Empezó a jugar con más y más asiduidad. Encima descubrió que se le daba bien. A lo largo de los años fue mejorando progresivamente, lo cual le permitía participar en competiciones cada vez mejores y medirse con rivales cada vez más complicados. Así, hasta convertirse en un jugador de primer nivel pasada la treintena: en 1995, con treinta y dos años, se clasificó para su primer campeonato mundial.

Cuando decimos que un campeonato mundial de dardos es como cualquier otro campeonato mundial, lo decimos literalmente: quienes están allí presentes son los mejores en su disciplina, así que su ambición y determinación no tienen nada que envidiar a las de campeones de otras prácticas deportivas con las que podemos estar más familiarizados. El mundial de dardos se celebra en una sala abarrotada de gente —aficionados, fans, familiares y periodistas—, en mitad de una atmósfera eléctrica, cargada de tensión. Hay vítores, saltos y abrazos cuando un jugador gana. Incluso se retransmite por televisión y los locutores pueden llegar a lanzar exclamaciones como si de un partido de fútbol se tratase. Todas las exigencias y complejas circunstancias de la gran competición están ahí, no se trata de un puñado de lanzadores de dardos apuntando sus resultados en una libreta en algún pub recóndito. Al contrario, es un gran acontecimiento y los darderos que aspiran al campeonato mundial necesitan mantener un elevadísimo nivel de atención, abstraerse del público presente, de las cámaras… cualquier pequeña laguna de concentración y el consiguiente mal tiro puede costarles una eliminatoria y por lo tanto cualquier posibilidad de alcanzar el título. Así pues, no resulta sorprendente que a un jugador que acude por primera vez le terminen consumiendo los nervios. Eso fue lo que le sucedió a Andy Forham en 1995. Ya antes de la primera ronda descubrió que la situación le aterrorizaba. Se puso «increíblemente nervioso» y decidió que la única manera de combatir aquel nerviosismo era bebiéndose unas cervezas. Quien haya tenido oportunidad de estar presente en una competición de dardos probablemente haya visto que la cerveza y el alcohol fluyen con cierta alegría, al menos en determinados momentos. La bebida puede formar parte del entorno social de un torneo como de tantos otros actos sociales, en casi cualquier ámbito. Y, a fin de cuentas, el moderno juego de dardos nació en los bares; en el mundillo anglosajón dan por hecho que la diana y las pintas de cerveza van prácticamente de la mano. Pero naturalmente un buen jugador querrá controlar su ingesta de alcohol para no perder la puntería, así que todo tiene sus límites.

Sin embargo, Andy Fordham no controló demasiado la ingesta en su debut. Atenazado por la ansiedad, antes de su primera eliminatoria en el mundial se dejó llevar: «Bebí un montón. Y sucedió lo peor que podía suceder. Que funcionó. Llegué a las semifinales». El alcohol, sorprendentemente, no le había quitado la puntería. En cambio sí había eliminado los nervios y la angustia de la situación. Le permitió salir a competir sintiéndose en calma. Estaba aislado del público, de las cámaras, de los ruidos. La bebida le tranquilizó y le permitió centrarse única y exclusivamente en el tablero. Sí, había bebido unas cuantas cervezas, pero seguía jugando bien. Aquello iba a marcar una asociación indeleble entre el alcohol y la alta competición, de la que no iba a poder desprenderse. ¿Nervios? Sin problema: unas cervezas. ¿Nervios al día siguiente? Más cervezas. Y unos tragos de brandy. ¿Resaca? Más tragos de brandy. Y sin embargo nunca se lo veía dando tumbos por ahí. Algunas de las personas que lo conocieron en competición jurarían y perjurarían después que nunca lo habían visto borracho. Cuando en realidad lo que sucedió era precisamente todo lo contrario: que nunca lo habían visto sobrio. Andy no estaba visiblemente ebrio, pero sí en una especie de nube permanente. No se tambaleaba, no farfullaba, ni siquiera jugaba mal… pero estaba borracho al fin y al cabo.

Durante los siguientes años se estableció en la élite de la competición y el alcohol formaba parte indisoluble de ello. En 1996, su segundo año consecutivo en el campeonato mundial, consiguió volver a llegar a las semifinales. Bebiendo. También llegó a las semifinales en 1999. Bebiendo. Consiguió llegar a cuartos de final en el 2000. Bebiendo. Nuevas semifinales en el 2001. Bebiendo. De hecho, desde 1995 hasta 2004 se clasificó todos los años para el campeonato mundial de la BDO, y eso que su consumo de alcohol en las competiciones iba en aumento, conforme parecía aumentar su tolerancia a los efectos de la bebida. «En los hoteles, cuando la gente estaba tomando un café o un té por la mañana, yo estaba bebiendo brandy». Su peso también aumentó de manera descontrolada, hasta bordear los doscientos kilos. En cada competición su ingesta de alcohol se agravaba. Bebía durante todo el día y únicamente paraba para dormir. Antes de una ronda podía ingerir veinticinco cervezas y más de media botella de brandy. Su récord, decían, estaba en sesenta botellas de cerveza diarias, más el licor que consumiera aparte. Aquello hubiese bastado para que cualquier individuo adulto tirase los dardos a las paredes. Pero él seguía jugando bien: no lanzaba los dardos a la pared, sino a la diana. No obstante, se había convertido en un alcohólico en grado severo. Continuaba siendo un tipo agradable, pero la bebida empezó a causar problemas entre él y su mujer.

En el año 2004, tras una década en la élite, llegó su absoluta consagración cuando consiguió finalmente ganar el título mundial. Bebiendo, cómo no.  Y una vez más «fue lo peor que pudo haberme pasado».  Se convirtió en una celebridad, porque como decíamos lo que suceda en el mundo de los dardos tiene bastante más repercusión en el Reino Unido de lo que podamos imaginar aquí. Empezaron a hacerle entrevistas, solicitaban su presencia en exhibiciones o lo invitaban a actos sociales de todo tipo. Aquello le producía una ansiedad añadida: no se sentía preparado para afrontar todo el trajín, para estar repentinamente bajo los focos. Pero siempre tenía su particular medicina a mano: «Allá donde me invitaban había bebida y a mí me gustaba beber». Por entonces, con su peso y sus años de hábito alcohólico, su tolerancia a los efectos visibles de la bebida era tremenda. Su espiral de alcoholismo estaba completamente fuera de control, aunque consiguiera comportarse en sociedad con bastante normalidad: «Todo lo que hacía era una excusa para beber. Bebía desde horas antes de subir a un avión porque volar me ponía nervioso. Y cuando empezaba a beber, ya no paraba. Me levantaba a las cuatro de la mañana para beber porque tenía una entrevista en la radio a las seis».

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Fordham en 2004. Fotografía: Cordon Press.

Sin embargo, por más que pareciese resistir la bebida como el vikingo que de aspecto era, el alcohol tiene otros efectos que al principio no son tan evidentes pero que el organismo sufre inevitablemente. Fordham no quiso hacer caso a las señales de alarma: cuando se sentía mal, sencillamente bebía para superar el momento. Aquel mismo año 2004 en que se proclamó campeón, participaba en una importante exhibición contra el otro campeón mundial vigente (el de la PDC) cuando sufrió un colapso a la vista de todos. Cayó redondo al suelo. Al recuperar la consciencia, trató de quitarle importancia, aseguró que se encontraba mejor y atribuyó el desmayo al calor reinante, aunque lógicamente despertó preocupación entre los presentes. Un amigo lo acompañó a un automóvil con la intención de llevarlo a un hospital y que le hiciesen las pertinentes pruebas. Pero cuando el obeso Fordham se sentó en el coche, su pantalón se rompió. Insistió en que no podía ir de aquella guisa al hospital, que necesitaba pasar por casa para cambiarse. Una vez en casa, decidió que ya estaba bien y que no necesitaba que lo viesen los médicos. Convenció a su amigo para que se marchara. Después, se bebió unas copas para calmar la ansiedad del momento y se metió en la cama. Aquella seria campanada de alarma pasó ignorada.

Su nueva fama le permitió participar en un reality show televisivo donde algunos personajes famosos acudían para perder peso bajo la supervisión de algunos entrenadores. Les sometían a un régimen personalizado y semana tras semana comprobaban ante las cámaras que estuviesen perdiendo el peso previsto. Aquello fue una dura prueba, porque por primera vez en su vida afrontaba de verdad su nefasta condición física ante sí mismo y ante los espectadores. Era la primera vez que sentía vergüenza por la manera en que se había abandonado: comprobó que no podía cubrir caminando ni siquiera el perímetro de un campo de fútbol sin agotarse, cuando en sus tiempos jóvenes jugaba tres partidos de fútbol con tres equipos diferentes cada fin de semana. No obstante, todo fueron buenas intenciones y promesas mientras estuvo en el programa: perdió veinticinco kilos y al final de la emisión parecía completamente dispuesto a seguir adelgazando. A fin de cuentas se jugaba la salud; era un hombre casado y con dos hijos, bien merecía la pena cuidarse un poco para estabilizar las cosas en su matrimonio, en su familia. En 2005, mientras estaba a régimen, se clasificó de nuevo para el mundial pero perdió en la primera ronda. Su descenso de peso estaba haciéndole perder la puntería. La energía cinética de su brazo cambiaba. Ya no era tan bueno como antes. Poco después de finalizar el reality show, el Vikingo iba a retornar no solamente a la competición sino también a sus viejos hábitos: «Cuando no te sacan cada semana en la tele para comprobar cuánto peso has perdido, simplemente abandonas». Volvió a ganar el peso que había perdido. Y desde luego continuaba bebiendo, esta vez, entre otras cosas, para intentar asumir que ya no era exactamente el mismo jugador de antes. Aunque en el 2006 se clasificó de nuevo, señal de que seguía perteneciendo a la élite, volvió a perder en la primera ronda.

Pero su principal derrota acechaba a la vuelta de la esquina y no tenía nada que ver con la diana. Esta vez era su organismo el que estaba empezando a decir «basta». Aunque también se clasificó para el campeonato mundial del 2007 y se desplazó al evento, no llegó a jugarlo. Todo estaba preparado para jugar la primera ronda cuando empezó a sufrir dolores en el pecho y una severa dificultad para respirar. Apenas podía caminar unos metros sin perder el aliento. Sentía que se estaba asfixiando. Evidentemente, algo grave le estaba sucediendo y ya no había manera de ocultarlo. Tuvo que ser hospitalizado de urgencia.

Las malas noticias tenían que llegar tarde o temprano, después de una década abusando del alcohol, y efectivamente llegaron. Los médicos le dijeron que sufría cirrosis hepática y que la enfermedad estaba muy avanzada. El alcohol había destrozado más de tres cuartas partes de su hígado. En consecuencia, el hígado ya no funcionaba como debía y había dejado de filtrar eficazmente los fluidos corporales para eliminar sustancias tóxicas, lo que es uno de sus propósitos principales. Por lo tanto, el líquido se había estado almacenando en su abdomen. Ese líquido almacenado ejercía una enorme presión sobre sus pulmones hasta que comenzó a encharcarlos, provocándole aquellos síntomas de asfixia. Esa es una causa común de muerte en la cirrosis y los médicos no siempre pueden hacer algo. Pero Andy Fordham tuvo suerte. Pudieron salvarle la vida, drenando nada menos que dieciocho litros de líquido de su abdomen.

El mensaje era claro: o dejaba de beber de inmediato, o moriría en muy poco tiempo. Y Andy Fordham escuchó el mensaje. Dejó de beber y estuvo varios meses convaleciente. Aunque quizá era demasiado tarde, ya que poco tiempo después le dijeron que necesitaba un trasplante de hígado urgente o estaba totalmente condenado. Fue incluido en una lista de posibles receptores de hígado con carácter de emergencia. Por suerte, la urgencia amainó porque Fordham cumplió su palabra y continuó sin beber. Además perdió muchísimo peso durante su convalecencia (unos cien kilos) así que su estado mejoró un poco, lo suficiente como para que los médicos prorrogasen algunos años el momento del trasplante.

Así sigue a día de hoy. Aunque después ha recuperado parte de la masa corporal perdida, hay que decir. No le dejaron entrar en otro exitoso reality show de famosos que saltan a una piscina, llamado Splash, precisamente por pasarse del peso máximo que establecían en el programa. Pero parece que ha continuado sin probar el alcohol desde el año 2007 porque entre sus problemas de peso ya no está la peligrosísima acumulación de líquido, y su maltrecho hígado sigue funcionando en mínimos, aunque probablemente tendrá que afrontar el delicado trasplante tarde o temprano. Hoy, a sus cincuenta y un años, ya es un feliz abuelo. Eso sí, nunca ha vuelto a ser el mismo jugador. Él mismo lo achaca, como decíamos, a que su cuerpo ha cambiado y que el delicado equilibrio de movimientos que requiere lanzar con puntería ha sufrido por ello. Pero también lo achaca a dolores de espalda que ya no puede mitigar con el alcohol. Ha continuado recibiendo invitaciones para algunos torneos y exhibiciones importantes. Sus resultados ya no son los que eran pero Fordham no se rinde y continúa intentando recuperar la forma. De todos modos, sigue vivo, que es lo más importante. Junto a su mujer —la crisis conyugal se solucionó cuando el alcohol desapareció de la ecuación y ella ha sido su principal apoyo desde entonces— y sus hijos. No deja de recordar el momento de su primer campeonato mundial, cuando descubrió que el alcohol le ayudaba a ganar. Pero cuando le preguntan si volvería a hacer lo mismo de volver atrás en el tiempo, insiste en que no tiene sentido mirar al pasado. A fin de cuentas sigue haciendo lo que debe hacer todo buen jugador de dardos: mirar siempre hacia adelante, sin importar qué es lo que pueda tener detrás. Es la única manera de acertar finalmente en la diana.

Joffrey es Alfonso XIII (y otras teorías poco descabelladas sobre Juego de Tronos)

George R. R. Martin, autor de Juego de Tronos. Fotografía: Adrian Long (CC).

Atención, que vamos a jugar al Quién es quién.

Es joven, es mujer y es la benjamina de una gran familia real.

¿No? Le daremos tres pistas más.

Una, que su estirpe gobernó durante siglos el reino más extenso del mundo. Dos, que los enemigos de la misma asesinaron a su padre, el monarca, y a su heredero varón, y que también la reina y sus hermanos mayores fueron masacrados. Y tres, que ella sobrevivió milagrosamente al baño de sangre, ocultando su identidad y abandonando el país, y que reapareció ante los ojos del mundo cuando era adulta.

¿De qué personaje se trata?

Si es usted seguidor de Juego de Tronos lo tendrá claro: es Daenerys Targaryen, khaleesi consorte y única hija superviviente del rey Aerys II, el último Targaryen que se sentó en el Trono de Hierro. Y si nos relajamos con la literalidad de los detalles, incluso podría tratarse de Arya Stark.

Pero si no sigue usted Juego de Tronos lo tendrá claro también: estamos hablando de Anastasia Romanov, la hija menor del último zar ruso, que sobrevivió a la matanza de su familia y reapareció en su madurez reclamando para sí el título de única y verdadera zarina. Al menos, en la versión romántica de la historia.

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Anastasia Romanov  (DP / Library of the Congress) y Emilia Clarke como Daenerys Targaryen (HBO / Canal +).

Y las dos respuestas son correctas, que es algo muy sano que ocurre de vez en cuando. Aunque la gran inspiración Juego de Tronos es la Guerra de las Dos Rosas —que enfrentó en el siglo XV a las casas Lancaster y York, trasuntos respectivamente de los Lannister y los Stark, por el trono de Inglaterra—, lo cierto es que los azares trazados por George R. R. Martin en su Canción de hielo y fuego incorporan muchos otros referentes más allá del conflicto. Y reales en las dos acepciones del adjetivo, porque se inspiran en hechos que ocurrieron en realidad y porque lo hicieron en el seno de las familias reales europeas.

¿Sabemos cuáles son? A veces sí, porque Martin las confiesa con cuentagotas y porque también cuela pequeñas pistas de vez en cuando. En otras ocasiones son los hechos de la ficción los que evidencian su deuda clara con un referente real, como el Muro de Adriano respecto al Muro del Norte, la Cena Negra de la que fueron víctimas los Douglas de Escocia con la Boda Roja en la que se asesinó a varios Stark, el histórico enfrentamiento entre las casas Percy y Neville de Inglaterra con el de los Stark y los Lannister o el matrimonio de Enrique VI y Margarita de Anjou, considerado con frecuencia el modelo que sigue el de Robert Baratheon y Cersei Lannister. Por citar solo algunas de las deudas más evidentes.

En una gran mayoría de ocasiones, sin embargo, los personajes y giros de Juego de Tronos resuenan en la historia real solo genéricamente, lo que no significa que menos sino que de forma menos evidente. La remezcla, en palabras del propio Martin, no es «enormemente original» pero sí resulta en algo singular, que es lo que el autor pone de relieve. «En Canción de Hielo y Fuego cojo material de la Guerra de las Rosas y otras cosas de fantasía», aseguraba en una entrevista publicada hace solo unos días, «y todo ello da vueltas en mi cabeza para cuajar de algún modo lo que, espero, entonces ya es propio y único».

Hasta qué punto son conscientes estas incorporaciones solo él lo sabe, pero siempre es divertido especular, que es precisamente lo que vamos a hacer hoy. Si le turba la idea de que las tramas de Juegos de Tronos pecan de hiperbólicas y poco realistas, le proponemos un breviario de referentes con algunas hipótesis nada descabelladas sobre qué pudo pasar por la cabecita de Martin para parir semejante culebrón de traiciones, matanzas y perversiones. Verá que la realidad, como se dice en estos casos, supera ampliamente a la ficción.

(A partir de aquí incurriremos el algún SPOILER y nos referiremos a las tramas televisivas, cuyos detalles pueden diferir de la versión literaria, y solo hasta el punto al que ha avanzado la serie)

Amantes bandidos en la Edad Media

Empezando por la idea que más le rechina seguramente al espectador contemporáneo, la de que los monarcas medievales podían practicar discretamente la homosexualidad. Si cree que es una licencia, se equivoca.

En Juego de Tronos es Renly Baratheon, monarca autoproclamado de los Siete Reinos, quien mantiene una relación en estas condiciones con Loras Tyrell, delfín de una casa noble afín a la propia, y lo hace caballero de su guardia personal. El affaire se trata con sutileza en las novelas originales y de forma explícita en la televisión, pero no debe tomarse como algo extemporáneo. De hecho, tiene un precedente claro en la prolongada relación que mantuvieron desde su juventud Eduardo II de Inglaterra, primero príncipe y después rey, y Piers Gaveston, caballero guerrero y más tarde primer conde de Cornualles. O que pudieron mantener, por cumplir con la prudencia. Fue a finales del siglo XIII y principios del XIV, un siglo y medio antes de la Guerra de las Dos Rosas.

Las crónicas de la época no refieren expresamente su condición de amantes, lógicamente, pero sí una interminable sucesión de pormenores que mueven a pocas dudas, entre otros la constante compañía física que se hicieron los hombres y los inauditos honores con los que el rey honró a su favorito, empezando por títulos y fortuna y acabando por la mismísima regencia de Inglaterra. No nos pararemos a repasarlos, porque están más que repasados, aunque sí reseñaremos dos paralelismos reveladores con la historia de amor de Renly y Loras.

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Eduardo II y su favorito, una pintura de Marcus Stone en 1872 (DP) y Gethin Anthony y Finn Jones como Renly y Loras (HBO / Canal +).

El primero, su famosa huida juntos de Newcastle cuando los Lancaster atacaron la ciudad en 1312, del mismo modo que los de la ficción huyeron juntos de Desembarco del Rey cuando los Lannister se hicieron definitivamente con el control de la corona. Y el segundo, los también recordados festejos en los que la estrecha relación de uno y otro se hicieron evidentes: el torneo de la Mano en Juego de Tronos y los que siguieron a la coronación de la esposa de Eduardo II en la realidad, en los que Gaveston apareció vestido con los colores reales y Eduardo soliviantó a la nobleza y a su nueva familia política no prestándole atención a la reina, sino a él. Entre otros detalles reveladores —como él éxito de Gaveston en las justas, similar al de Loras en la ficción— está el de que la fiesta se desarrolló en un enclave histórico, hoy un pequeño municipio inglés, cuyo nombre suena a cualquiera que lea o vea Juego de Tronos en su idioma original: Kings Langley. Martin no ha admitido ni desmentido la inspiración en ese famoso enclave para bautizar Desembarco del Rey  —Kings Landing, en inglés—, pero he aquí una pista: el año pasado, la HBO trasladó al municipio un pequeño acto promocional en el que el pueblo cambió oficialmente su nombre durante una semana por el de la capital de los Siete Reinos.

Caprichos de un rey niño

¿Qué respondería si decimos que el perverso rey niño Joffrey Baratheon podría inspirarse de pasada en Alfonso XIII? Que estamos locos, seguramente, y buscándole los tres pies al gato. Hace poco el propio autor confesó que la sonada Boda Púrpura en la que murió se inspira «un poco» en el asesinato de Eustaquio IV de Blois, hijo —aunque adulto—de Esteban de Inglaterra, y en la Edad Media inglesa existieron varios reyes niños que podemos asimilar con Joffrey. El más célebre de todos, Enrique III, guarda los suficientes paralelismos con el personaje como para darnos por satisfechos. Gobernó en el siglo XIII, ascendió al trono con solo nueve años y lo hizo en el contexto de la primera guerra de los Barones, un enfrentamiento entre casas nobles en el que su padre murió de disentería. En los manuales de historia se suele reseñar su fuerte espiritualidad, su mal gobierno y su inclinación al derroche. Fue el abuelo de Eduardo II, por cierto, de quien hablábamos unas líneas más arriba.

Pero, ¿de dónde viene el rey niño caprichoso, sádico y cruel que ha movido nuestra inquina durante varios libros y más de tres temporadas televisivas? George R. R. Martin es estadounidense y en la historia de su país tiene mucha más presencia otro monarca niño, seguramente porque lo fue en la última gran guerra que Estados Unidos libró contra un reino europeo en la era colonial: la hispanoamericana de 1898. Aunque la regencia de España residía en su madre María Cristina y el gobierno del país en Práxedes Mateo Sagasta, el rey coronado desde el mismo día de su nacimiento era Alfonso XIII, una situación percibida con perplejidad en la política republicana al otro lado del Atlántico. La propaganda bélica se cebó con la figura del joven rey, retratado como un niño lastrado por numerosos males, entre ellos la «crueldad», el «antagonismo de la civilización», los «métodos del siglo XVI» y verse acompañado por una «aristocracia corrupta».

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Dos viñetas políticas de Udo J. Keppler para Puck Magazine de 1898 (DP / Library of the Congress).

Y los paralelismos no acaban ahí. De hecho, empiezan con la propia vida de sus padres y la de los padres del joven rey de Westeros, Cersei Lannister y Robert Baratheon. Como hace el rey Robert en la ficción de Martin, el rey Alfonso XII era un mujeriego impenitente que se entregaba al adulterio de forma poco menos que indisimulada, hasta el punto de que dejó varios hijos bastardos, como Robert, y se suele considerar que la reina consorte vivió su muerte con alivio, como Cersei. Declarada María Cristina regente a su muerte como Cersei lo fue tras la de Robert, su mismo hijo Alfonso acabó heredando las inclinaciones poco puritanas del padre, como hizo Joffrey. Si el de la ficción acabó asaetando una mujer como parte de un juego sexual, Alfonso XIII tiene el honor de figurar en la historia de España no solo como uno de sus reyes, sino como el gran impulsor del género de la pornografía cinematográfica. Y un último paralelismo, aunque no en la figura del hijo sino del padre: como Joffrey, algunos sostienen que Alfonso XII tampoco era hijo del reyFrancisco de Asís, del que se dice con frecuencia que era homosexual— sino de la reina y su amante.

Todo queda en familia (I)

Con esto llegamos a ese punto tan oscuro de Juego de Tronos, el del incesto, y a la relación entre Cersei y Jaime Lannister, amantes y hermanos mellizos. Oscuro, al menos, si obviamos el punto de vista que exponía hace poco en una entrevista Nikolaj Coster-Waldau, que interpreta a Jaime: «Si te paras a pensarlo te das cuenta de que, en la serie, más o menos todas las relaciones lo son por motivos políticos, son matrimonios concertados. ¡Oh, no, espera! Hay una que se fundamenta en verdadero amor: la de Jaime y Cersei».

Antes que ellos los Targaryen, la familia real de los Siete Reinos, se casaron durante generaciones entre hermanos para mantener, en principio, la pureza de su sangre. Nos lo recordaba la propia reina Cersei en una escena emblemática de la primera temporada, aquella en la que se entrevistaba con Ned Stark para añadir que «cuando juegas el juego de tronos ganas o mueres; no hay término medio». A nadie se le escapa que, de haber ocurrido en la realidad, el ejemplo de la reina para justificar su conducta habrían sido los antiguos faraones egipcios, particularmente los de la dinastía ptolemaica.

Como los Targaryen, los Ptolomeos eran un linaje extranjero procedente del mundo clásico en la era de su decadencia —del heleno en la realidad, de la antigua Valyria en Juego de Tronos— que se hizo con el trono mediante la conquista; como los Targaryen, comenzaron después a casarse entre hermanos para mantener a la familia en el poder; y como los Targaryen, fueron finalmente desalojados del trono por sus antiguos socios políticos. Aunque en ambos casos la razón formal fue otra, la verdadera causa política es quizá la misma que Cersei anuncia aquella escena: «cuando juegas el juego de tronos ganas o mueres; no hay término medio». Los Ptolomeos y los Targaryen se casaban entre ellos. No jugaban al juego de tronos.

Todo queda en familia (II)

Esto, en lo que concierne a los Targaryen. Si la historia de Cersei y Jaime tiene un precedente claro, sin embargo, ese es el de Lucrecia y César Borgia, hijos de Alejandro VI a los que el exmarido de ella acusó de incesto. Como a la propia Cersei, también a Lucrecia su padre le concertó varios matrimonios de conveniencia para afianzar su poder territorial, primero con Milán mediante Giovanni Sforza, después con Salerno mediante el príncipe Alfonso de Aragón y con la antigua Ferrara mediante el matrimonio Alfonso d’Este. De nuevo no insistiremos en su historia, que está muy contada ya, pero sí señalaremos el paralelismo estructural de los últimos grandes Borgia con la historia de los Lannister de Juego de Tronos.

Lucrecia Borgia como Santa Catalina en un fresco de Pinturicchio de 1492 (DP) y Lena Headey como Cersei Lannister (HBO / Canal +).

Como Rodrigo Borgia al ascender al papado como Alejandro VI, Tywin Lannister se convierte en Mano del Rey gracias a la posición en la que sitúa a sus hijos; como los hijos de Alejandro VI, Lucrecia y César, también los de Tywin, Cersei y Jaime, son acusados de incesto y algunos les atribuyen un hijo juntos, Juan Borgia en la realidad, Joffrey en la ficción; y como le ocurre en la ficción con Tyrion Lannister, también ambos cuentan con un hermano pequeño, Jofré Borgia, rechazado y humillado por su padre —llegó a encerrarlo en el castillo de Sant’Angelo— que cuenta con la amistad de uno de sus hermanos, en la serie Jaime, en la realidad Lucrecia. Y si le hacen falta más detalles, le añadimos dos: todo esto fue durante las guerras italianas —que empezaron en el sur de Europa en 1494, solo diez años después del final de las de las Dos Rosas— y la coincidencia resiste la prueba del algodón —fonético—: pruebe a pronunciar en inglés «César» y «Cersei».

Una Severa en Desembarco del Rey

¿En qué lugar deja eso a los Tyrell de Altojardín y a su fulgurante matrona, la poderosa Olenna Tyrell, de soltera Redwyne? En uno complicado, pese a que parece el más sencillo de rastrear. Los Tyrrell —con dos erres— eran una poderosa familia inglesa en la época de las Dos Rosas cuyo miembro más recordado, James Tyrrell, sirvió a Ricardo III, el último York en el trono antes de la dinastía Tudor. Pero, ¿son los Tyrrell los Tyrell? No. Pese al nombre, los de Juego de Tronos tienen más que ver con la propia familia Tudor y, sobre todo, mantienen su paralelismo más evidente con un linaje de emperadores romanos: los Severos.

Particularmente cuando se trata de Olenna y de una de las más grandes matronas a la sombra que ha conocido la historia, Julia Maesa. Natural de Siria y solo una visitante ocasional en Roma —como Olenna es natural del sur y solo visita la capital—, fue cuñada, tía y abuela de cinco emperadores romanos, varios de los cuales consiguió ella misma entronar y desentronar hasta conseguir que se dé por cierto que entre los Severos, ellos ocupaban los cargos y ellas —Julia Maesa, su hermana Julia Domma y sus hijas, Julia Mamea y Julia Soemia— eran quienes detentaban realmente el poder. Y es concretamente una historia, la del joven emperador Heliogábalo, la que revela los paralelismos más evidentes entre ambas estirpes nobles.

Posiblemente Julia Maesa (Giovanni Dall’Orto, CC) y Diana Rigg como Olenna Tyrell (HBO / Canal +).

Como Julia Maesa fue abuela de Heliogábalo, un joven transexual —a veces considerado el primero del que se tiene noticia en la historia—, Olenna Redwyne tiene un nieto homosexual, Loras; como Julia Maesa sitúa a su nieto en el trono cuando es solo un adolescente, Olenna casa a su nieta con el rey adolescente de Juego de Tronos; como ocurrió con el emperador Heliogábalo, Joffrey se revela pronto como un monarca enajenado y su breve reinado está marcado por la crueldad y los escándalos sexuales; como Olenna hace con Joffrey, Julia Maesa encarga el asesinato de Heliogábalo y lo hace para que el trono recaiga en su hermano pequeño; como el hermano de Heliogábalo, Alejandro Severo, el joven Tommen Baratheon resulta ser un monarca más dócil y templado. Y todo esto ocurre en el marco de la imposición de una nueva religión monoteísta en Roma, la de El-Gabal, que pretende desterrar el politeísmo con el patrocinio de la propia familia real.

Ingredientes de una mala malísima

Religión, sí, porque no nos íbamos a ir sin hablar de Melisandre. Junto a Varys y Meñique, la sacerdotisa roja se integra en el reducido conjunto de personajes a los que no ata el parentesco con las familias nobles, y que por lo tanto resultan más complicados de rastrear. ¿Es Melisandre Ana Bolena, la mujer por la que Enrique VIII abandonó a Catalina de Aragón para que le diera heredero varón y de la que escuchó el mensaje reformista religioso? ¿Es acaso Rasputín, el enigmático monje y místico que consiguió embaucar a la familia Romanov, al que se acusó de controlar a la zarina y de llevar la desviación y la extravagancia sexual a la corte rusa? ¿O es Torquemada, el fraile que sembró su poder confesando a la reina Isabel la Católica, creador del Tribunal de la Inquisición e inquisidor general poco después de que la institución quemase vivas en Sevilla a sus primeras seis víctimas? Melisandre es todos y seguramente alguno más, como descubriremos conforme avance la historia de Juego de Tronos. En la historia de los reyes ha habido muchos favoritos y no pocos han conquistado la posición en el púlpito y la cama, cuando no en las dos a la vez.

Algo similar, pero al revés, ocurre con la figura de Ana Bolena, la Carmen San Diego de Juego de Tronos: todo el mundo la busca, todo el mundo da con pistas de su presencia y, sin embargo, nadie la acaba de encontrar. Aunque muchos la ven en Melisandre y en Cersei —quizá más por su marido Robert, en muchos aspectos una versión Enrique VIII, y porque también acabó siendo acusada de incesto—, lo cierto es que es Margaery Tyrell quien recuerda más a esta figura capital de la historia inglesa.

Ana Bolena c. 1533-1536 en un retrato anónimo (DP) y Natalie Dormer como Margaery Tyrell (HBO / Canal +).

Lo primero por lo más evidente, que es que la actriz que la interpreta, Natalie Dormer, dio vida a Bolena en la ficción de Showtime Los Tudor. Pero, sobre todo, por su papel en el triángulo que acabó componiendo junto al rey Joffrey y la que iba a ser su esposa por matrimonio de convenciencia, Sansa Stark, muy similar al de Bolena con Enrique VIII y su primera mujer, Catalina de Aragón. Como Ana Bolena, Margaery es una noble de menor alcurnia que Sansa, que juega en este supuesto el papel de Catalina de Aragón. Como Ana Bolena, Margaery hizo a su familia medrar y ganar influencia en la corte gracias a su relación con el rey. Como ella, Margaery implicó a su hermano en los asuntos cortesanos —Loras en la ficción, Jorge Bolena en la realidad— y sostuvo la amistad de Sansa, al igual que la original hizo con Catalina. Y, por supuesto, Margaery acabó desplazando a Sansa para casarse con el rey, como Ana Bolena hizo con la hija de los Reyes Católicos. Si los paralelismos no resultasen convicentes, anótese al menos la pijada: Catalina de Aragón era tataranieta de Juan de Gante y emparentaba lejanamente con los York.

Y hasta aquí el repaso, con tres casos de incesto real, tres reyes homosexuales y al menos dos matanzas reales. Y esto dejándonos en el tintero a los Príncipes de la Torre, a los Greyjoy y la revisión de lo que ocurre en Dorne, que también tiene tela. Lo decíamos al principio y al final creemos estar en posición de poder repetirlo: si Juego de Tronos peca de exagerada no lo hace con el culebrón, sino con el asunto de los dragones y el de los señores esos tan blancos y malhumorados que aparecen de vez cuando. La realidad, y para muestra un botón, supera ampliamente a la ficción.

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Big Four Ice Caves, WA. | © 2014 Griffin Lamb Photography

Erik Jones

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Paintings by artist Erik Jones.

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Trying to focus, The Miaz Brothers


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The usual suspects, Phil Stern













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Worlock

2014-04-25 04:12:41

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