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“Not Available on the App Store” Stickers Remind Us There Isn’t an App for Everything

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Three Hyper Island students (Caio Andrade, Rafael Ochoa, and Linn Livijn Wexell) dreamed up the idea of making “Not Available on the App Store” stickers as a friendly reminder to get kids away from the screen and into the real world. Stickers are available for purchase or you can make your own.

Greta, by Jo Minaxe.



Greta, by Jo Minaxe.

VIA: ARREST US



VIA: ARREST US

erotobot: (via dethjunkie) (via dethjunkie)

"I’d like to destroy you a few times in bed."

“I’d like to destroy you a few times in bed.”

- Ernest Hemingway, The Snows of Kilimanjaro

Dead at 71, Bob Hoskins



Dead at 71, Bob Hoskins

Jaw-Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note / 48″ diameter, 150″ (12.5 feet) circumference

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note, detail

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note, detail

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note, detail

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note, detail

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note, detail

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing
A Single Note, detail

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

Jaw Dropping Pen and Ink Cityscapes That Seem to Sprawl into Infinity by Ben Sack drawing

With meticulous determination and a steady hand, artist Ben Sack picks up a black 0.05 Staedtler pigment liner pen and begins to draw the dense, intricate details of fictional cityscapes: buildings, roads, rivers and bridges. He draws until the ink runs out and picks up another pen. And another. And another. Sapping the ink from dozens of writing utensils until several months later a canvas is complete. His most recent piece, a vast circular drawing titled A Single Note (top), has a 12.5 foot circumference. It staggers the mind.

The architecture found in Sack’s artwork spans centuries, from gothic cathedrals to towering skyscrapers, underpinned by patterns of urban sprawl reminiscent of European cities with a healthy dose of science fiction. If you look carefully you might even recognize a familiar landmark here and there. He shares as his influence some thoughts on “western antiquity”:

Its this sort of image that I think most people, if not all of society have of western antiquity; stainless marble facades, long triumphal avenues, monuments to glory. In actuality, the cities of the past were far from idealistic by todays standards. Yes there was marble, lots of marble, and monuments galore, however these urban centers were huddled together and unless you were considerably wealthy, life in dreamy antiquity was often a heroic struggle. Though the societies of antiquity were bloody, dirty and corrupt the idea of antiquity has come to represent some resounding ideals in present society; democracy, justice, law and order, balance, symmetry. These ideals are now the foundation stones of our own civilization, a civilization that some distant future will perhaps honor as antiquity.

Sack graduated from the Virginia Commonwealth University in 2011 and has since had work numerous solo a group exhibitions, most recently at Ghostprint Gallery. And just this week he returned from a circumnavigation of the globe as part of a residence aboard the m/s Amsterdam. You can see more of his work on his website, and over on Tumblr. Prints are available here. (via Waxy.org, Laughing Squid)

Yasmin Nogueira

Ramones, cuarenta años de cretinismo ilustrado

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Ramones durante una actuación en Toronto en 1976. Fotografía: Plismo (CC).

¡Esto es lo que yo estaba esperando! ¡No puedo creer que exista gente como ellos! (Alan Vega, a la salida de un concierto de Ramones en el CBGB, 1974).

¡Es esto!, ¡Es esto! (Chris Frantz [Talking Heads], exultante en el CBGB, 74).

¡Me declaro su primera fan! (Debbie Harry [Blondie], mismo sitio y año).

(Yo no te hubiera conocido si no llega a ser por) los Ramones. (Pistones, Madrid, 1982).

En 1974, Arturo Vega, un artista mexicano afincado en Nueva York, se hizo con un stock desechado de camisetas. Había estado fabricando abalorios para los New York Dolls, una catastrófica y fascinante formación de imitadores glam de los Rolling Stones, y ahora se preguntaba qué podría hacer con tanta tela. Sus nuevos compañeros de piso, Joey y Dee Dee, también tenían un grupo que estaba siendo la sensación de la ciudad, con sus primeros conciertos en un tugurio llamado CBGB, donde antes de ellos y un grupo de rock de arte y ensayo, Television, no quería tocar nadie, porque allí solo se hacían lecturas de poesía beatniks y actuaban artistas country. Arturo, entusiasmado con la imagen y el sonido del cuarteto, empezó a decorar camisetas para sus amigos.

Los testigos de estas actuaciones afirman que durante los apenas veinte minutos que duraban, se tenían que agarrar al mobiliario igual que si estuviesen en una montaña rusa, de la onda expansiva que salía del escenario. El grupo, con evidentes limitaciones técnicas, tocaba a una velocidad endiablada. El sonido era una vorágine en la que se encadenaban temas de un minuto y medio, o dos como mucho. Jon Savage los describe en su libro, «canciones tan breves que reflejaban la fragmentada capacidad de concentración de la primera generación de televidentes» (1).

Joey se había pedido ser el batería, pero Tommy, un talentoso ingeniero de sonido que oficia estos primeros años de manager y cerebro del grupo, ha recomendado que sea el cantante, mientras él se queda con los tambores, aunque nunca los haya tocado. La razón es obvia: Joey llama la atención por donde va, ya que aparte de medir dos metros de altura, es un tipo muy especial y su voz es realmente característica, producto de una sinusitis crónica. Joey ha comenzado a variar su imagen de artista glam por una versión más rockera, y de su antiguo look con camisas de raso, guantes y botas de plataforma fucsia, solo conserva el pelo largo y las gafas de miope con cristales de color rojo oscuro. Arturo adora a Joey, como lo vamos a adorar varias generaciones de headbangers, y le ha regalado una camiseta con el logo de la marca de pegamento Carbona.

En 1975, a Dee Dee, el bajista, le serigrafía una camiseta con la foto del príncipe Carlos para llevar la contraria a los Sex Pistols. Si esos ingleses tan arrogantes eran antimonárquicos, ellos serían pro familia real. Dee Dee iba a ser el cantante, pero ha desistido pronto, porque bastante tiene con aprender a tocar un Danelectro que destrozará en pocos meses. Lleva el mismo pelo de Bruce Lee y es toda una personalidad, como la estrella de cine, pero en versión buscavidas de Queens. Tiene auténtico talento para escribir canciones y meterse en líos, trapicheos de drogas y peleas de las que conserva algunas cicatrices. Ha tenido los empleos más dispares, hasta el de peluquero. A veces le corta el pelo a Johnny, el guitarrista, un tipo serio y calmado que luce una cuidadísima melena, muy parecida a la de Keith Relf de los Yardbirds. Esa melena y su primera guitarra Mosrite de cincuenta pavos (como las que tocaban los Ventures) pasarán a la historia. Bueeno, los estilismos capilares de Fred y Dennis de los MC5 también han influido en los peinados de Joey y Johnny.

Estaban en Washington haciéndose fotos, y Arturo se fijó en las banderas y los emblemas, omnipresentes por toda la ciudad. Recordó la obsesión de Dee Dee por la parafernalia nazi —uniformes, soldaditos, esvásticas— de cuando vivió de niño en una base en Alemania por su padre, teniente del ejército, así como la problemática educación de Johnny, que terminó a trompicones la secundaria en un par de academias militares.

Lo vio claro. El sello del presidente, con el águila imperial agarrando las ramas y las flechas, era perfecto para ellos.

Pero había que realizar algunos cambios: «En lugar de la rama de olivo, dibujé una rama de manzano, ya que ellos son tan americanos como el pastel de manzana. Y como Johnny era un fanático del béisbol, puse al águila sosteniendo un bate». Con el nombre del grupo en grandes letras mayúsculas, alrededor del sello estampó los del cuarteto: Johnny – Joey – Dee Dee – Tommy. El lema que sostiene el águila en su pico ya no era «E pluribus unum». Es el lema que medio mundo lleva encima y posiblemente, ahora tiene la misma idea sobre su significado que como si fuera el otro en latín: «Hey Ho, Let´s Go». (2)

1

Este es el origen del logo de los Ramones y su camiseta, prenda que ha sobrepasado la música y los hechos de uno de los grupos más emocionantes de la historia del pop. Nunca un logo ha sido tan descontextualizado, tan vaciado de su intención primaria para convertirse en un simple adorno, sin más mensaje que el atractivo del dibujo y el curioso nombre. Este fenómeno es común a otras muchas camisetas que han usado y usan millones de fans para celebrar su devoción por su artista favorito. La de Nirvana, que tiene unas letras muy parecidas, y no por casualidad, va por ese camino, así como las de Guns´n´Roses y otras bandas conocidas. Todas se pueden encontrar en la zona joven de unos grandes almacenes, lugar donde no hace mucho tiempo hubiese sido imposible imaginar uno solo de estos objetos. Pero por encima del resto de prendas tristemente desprovistas de su sentido y su sensibilidad, hemos visto a media humanidad vestida con la camiseta de los Ramones, desde famosos de segunda en Hollywood a personajes de tercera en España. Y el pueblo llano. Lo mismo la luce un candidato a «Granjero busca esposa» que un coolhunter, el vecino o la señora del súper. Se ha fabricado en todos los materiales posibles, la tela en colores flúor, en formato vestido, para bebés y hasta para mascotas… Incluso otros grupos la han remodelado para anunciar su propio nombre, por no hablar de la cantidad de bares y asociaciones que la han usado, con interpretaciones más o menos afortunadas. Ha vendido millones de copias, primero en las tiendas de memorabilia rock, pero ahora lo mismo la ves colgada en los mercadillos de frutas e imitaciones de perfumes que en franquicias de ropa. Dio a su creador, Arturo Vega, que falleció el año pasado, fan acérrimo y amigo leal, royalties para vivir cómodamente hasta entonces. Los discos de los Ramones, evidentemente, no han tenido ni una cuarta parte de ese éxito comercial.

Los fundamentalistas se enfadan porque a los Ramones los lleven en su pecho gente que jamás los ha escuchado ni lo hará nunca; es más, que si lo hiciera, se horrorizaría. La mayoría no sabe lo que significa ese dibujo, si se trata de una agrupación política o una peña de amigos (4). Se enfurece el fan cuando lee en los suplementos de moda articulines sobre la camiseta o ve a un famoso de esos de la tele ataviado con la prenda en una tertulia del corazón. Pero esta confusión sigue siendo igual de divertida y estúpida como cuando el movimiento punk lucía en bloque la camiseta. Un símbolo que tiene un aspecto, reconozcámoslo, marcial, genuinamente americano y no muy airado, poco que ver con los lemas que el avispado modisto Malcolm McLaren hacía lucir a sus criaturas para vender ropa, tipo la camiseta con la cruz invertida y la palabra «Destruye» de su tienda. Sí, imprimirse el sello del presidente de los Estados Unidos con unas modificaciones pop era muy típico de la época y los de Ramones, burlones hasta el final, pero ellos también se ponían otras camisetas en las que se podía leer «Let God Kill´em All», un lema utilizado por los boinas verdes, que podía ser una ironía en el caso de Joey, mucho más distanciado que sus compañeros con las instituciones (como hicieron cientos de artistas de su generación, los primeros en enfrentarse a hechos de la historia reciente desde posturas ambiguas, humorísticas o esteticistas), pero también una declaración de principios de Dee Dee, como en su fabuloso «53rd & 3rd», tragicomedia al estilo Taxi Driver. Junto al nihilismo que compartían con la nueva música, había en ellos otros mensajes que muchos no han querido asimilar, como cuando Johnny declaró, ya de mayor y con el grupo disuelto, su adhesión al partido republicano y la gente se rasgó las vestiduras, como si antes nadie lo hubiese sospechado. (3)

Ahora igual. Provoca bochorno al tiempo que carcajada leer en las webs de moda el apartado «T-shirts de música» (las de AC/DC y Iron Maiden también son un clásico de la descontextualización), como outfit para combinar en un evento (no estoy segura de lo que significan estas palabras). En una de ellas, por ejemplo, y no hace ni un par de meses, leo a una bloguerette que dice que le encanta su T-shirt de los Ramones, pero que no iría jamás a un concierto suyo, salvo «superbien acompañada», supongo que de un criado fornido para una sesión de ultratumba. Con casi todos los Ramones muertos, y todavía hay gente que se asusta de artistas que se vestían de delincuente juvenil hace cuarenta años.

Ramones durante un concierto en Oslo en 1980. Fotografía: Helge Øverås (CC).

A mitad de los años setenta aún era raro ver en los conciertos un puesto con camisetas, sobre todo si el grupo no era Kiss. Pero cuando explota el punk, la camiseta estampada con la foto de un grupo o un lema (muchas veces, escrito a rotulador o boli) adquiere una dimensión tan importante como la propia música. Era un gesto social que te señalaba afecto a unas ideas, demostraba tu malestar y tu gusto. Tenías algo que los demás no compartían y además les desagradaba. Llevabas puesta una (anti)estética, la ropa envolvía y señalaba la idea, tu situación contra el mundo. Los actuales libre-defensores del consumo de camisetas malas de los Ramones, solo porque es genial que ya nadie sepa qué encierran los mensajes que una vez alguien creó con una intención, ya que se ha generado la demanda y eso es lo más sagrado, están defendiendo una ideología muchísimo más agresiva y oscura que la que exhibe el que se pega un demonio en la cazadora, porque le gusta a rabiar el heavy metal, y también, por supuesto, porque combina con su peinado y los pantalones.

En mi seguro que distorsionada percepción de la realidad, creo que se empieza por no tener ni idea de qué va el muñeco que llevas de adorno en el outfit ese, y terminas votando en las elecciones con el mando de la tele, como si mandaras un mensaje para ganar un viaje a Torrevieja. (Sí, creo que necesito psicoterapia. Incluso un tratamiento de shock).

Los Ramones pasaban el rato en la Heladería Jahn en verano y en invierno en las escaleras de los pisos. Para divertirse, iban a los almacenes Alexander´s a ver cómo compraba la gente. (Richard Hell).

Los Ramones no eran revolucionarios de salón. No leían ensayos europeos de tipos que, tras vagar borrachos por la calle, luego se inventaban no sé qué rollo de ir a la deriva. Simplemente invocaban algo que llegaba de forma instantánea a cuantos los escuchaban: el aburrimiento de la adolescencia en la segunda mitad del s. XX, el que te llevaba a dar vueltas por la calle sin saber qué hacer, estar tirado en un sofá viendo la tele, escuchando la radio o leyendo cómics. El sentimiento de ser un rechazado, porque las chicas no te hacían caso y los demás pensaban que eras un idiota a causa de tus pintas y tu comportamiento. Por eso, porque eras raro, había que llevar la contraria, porque esa es la actitud cuando no tienes expectativas y no entiendes nada en un mundo que está, como tú, desquiciado. Ellos compartían una visión inteligente y caótica sobre la realidad, por eso mezclaban las imágenes de la película mondo La locura americana con las de Patti Hearst cuando posaba como una estrella delante de la pancarta del Ejército Simbiótico de Liberación. Patti y las monjas karatecas resultaban igual de absurdas y risibles. La Familia Manson se hilaba con un show de los Ice Capades, y la máquina de soda del Burguer King con el Ku Klux Klan; un universo pop plagado de contradicciones, violencia, locura e infantilismo.

Los Ramones no eran cuatro cretinos sin luces, que habían reducido los tres acordes del rock a uno y medio y lo acompañaban de letras que nadie con dedos de frente hubiese escrito. Esa definición se puede aplicar a la mayoría de sus irritantes explotaciones, cientos y cientos de grupos por el mundo, pero no a ellos. Desde 1974 a 1976, fecha de publicación de su primer disco, fueron demoliendo —deconstruyendo, creo que dicen los empollones— sabia y cuidadosamente, como aparentando que no tenían ni idea de nada, la herencia del pop desde los años cincuenta, el beat, el sonido Phil Spector, las baladas melodramáticas de las Shangri-Las y las canciones que salían del edificio Brill, la música high school, el glam, el surf, la psicodelia, el garaje, e incluso manifestaciones de rock adulto como Lou Reed, los Stooges y algunos dinosaurios del hard rock, hasta reducirlo todo a su mínima expresión, temas de menos de tres minutos en un aparente caos de velocidad, ruido y coros sixties, con historias protagonizadas por personajes salidos de La matanza de Texas y de Marvel, detallando la frustración y la rabia de los chicos y las chicas, la insoportable cotidianeidad de la clase media de Forest Hills, donde no nunca pasa nada, pero, a veces, en el sótano puede vivir una encantadora pareja de pinheads.

Hay incontables trazas de la herencia de los Ramones, por desgracia no reconocidas en la mayoría de los casos, a veces por maliciosa omisión y otras por puro desconocimiento. Y lo peor de todo, reducidas en la actualidad a un mal chiste: la imagen, elaborada por ellos mismos contra el look de los hippies (chupas de cuero, pantalones rotos a propósito, zapatillas Keds, camisetas dos tallas más pequeñas, melenas y flequillos pop…), su actitud sin igual en el escenario, la forma esquemática de presentarse ante el público, descolgar guitarra y bajo hasta la rodillas en obstinada declaración de antivirtuosismo, y, por supuesto, las canciones… elementos de un pasado remoto, donde solo permanece una camiseta que nadie sabe qué significa, en un mundo manejado por cretinos, pero ahora de los de verdad. Tommy Ramone decía que no a todos los grupos aficionados les sale un primer elepé como el de los Ramones. Las copias de las copias de las copias son como las camisetas que se estropean a los dos lavados.

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(1) Savage, Jon: England´s Dreaming. Los Sex Pistols y el punk rock. Barcelona, Reservoir Books, pág. 133.

Todas las citas sobre los Ramones son de la biografía escrita por Jim Bessman en 1993, The Ramones: An American Band (Ed. Griffin). También son muy recomendables De gira con los Ramones, escrito por Frank Meyer y Monte Melnick, su tour manager (Ed. Munster, 2009), y Hey Ho, Let’s Go: Story of The Ramones (True Everett, Omnibus Press, 2005), así como los documentales Ramones Raw (BMG, 2004) e It´s Alive 1974-1996 (Rhino, 2007).

* En 1996, Galactus y yo, editores de Mondo Brutto, escribimos un libro sobre los Ramones titulado así, 20 años de cretinismo ilustrado que nunca llegó a ver la luz por razones desconocidas. Auto homenaje, por tanto, en la cabecera del artículo. Y en su espíritu.

(2) El lema y el sello han cambiado. Pintado a todo color, rezaba «Look out below» (frase de Spiderman), y la ramita tenía unas manzanas rojas que luego se pintaron en dorado. El nombre de Tommy fue sustituido por el del nuevo batería, Marky, y también hay una camiseta, rara, con la del breve Richie «Beau» Ramone, sustituto en una mala época de Marky. Poco después, Dee Dee, en un pronto descomunal, dejó paso a C. Jay para comenzar su inexplicable carrera de rapero. El fan sabe qué camiseta es la buena según los nombres que aparecen, si la auténtica con Tommy o la del final con C. Jay. El que nunca llegaría a aparecer en las camisetas es el batería de Blondie, Clem Burke, que tocó varias veces con ellos cuando Richie dejó el grupo y a punto estuvo de convertirse en Elvis Ramone.

(3) Son célebres las broncas entre Ramones, que terminaron por no dirigirse la palabra, pero especialmente sus peleas por cuestiones de ideología. Johnny y Dee Dee, adscritos a un pensamiento que tacharíamos de muy conservador: el primero, por convicción; el otro sospechamos los fans que por chifladura, y Joey en una posición de militante de izquierda, a la americana, eso sí. Los pilares del grupo eran personajes maravillosos en la ficción. Como personas, nunca, nunca quieras conocer a tus ídolos.

(4) Llamarse «Ramones» podría haber sido un homenaje anticipado al enorme éxito que tendrían sus conciertos en países como España, México y Argentina, donde los fans los idolatraban, pero no, es un guiño a los Beatles. Paul McCartney firmaba como Paul Ramone para pasar inadvertido en los hoteles. Apellidarse con el mismo seudónimo es un gesto de estilo incomprensible cuando los músicos se tomaban demasiado en serio y tiene más que ver con telecomedias como los Munsters y grupos como los Bay City Rollers, también reivindicados por los Sex Pistols.

Fotografía de portada: Michael Markos (CC).

La guerra que cambió todo

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Soldados británicos durante la batalla de Broodseinde en 1917. Fotografía: Ernest Brooks (DP).

En 1908 Dietrich Graf Von Hülsen-Haeseler, jefe del secretariado militar del káiser Guillermo de Alemania, moría de un infarto mientras ejecutaba un pas de seul vestido con un tutú rosa en un chalet de caza en la Selva Negra ante el mismísimo emperador y sus amigos.

Unos años después, el 28 de julio de 1914 (el día que Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia), la noticia que causaba sensación en París era la absolución de Madame Caillaux tras haber confesado el asesinato de Gaston Calmette, director del periódico Le Figaro. El motivo, para escándalo y polémica en toda Francia, era que la cobertura del periódico de su affaire con su marido, el ministro de finanzas Joseph Caillaux, antes de su primer divorcio, la había llevado a vengarse contra el periodista para proteger a su amado esposo en un crimen de pasión incontrolable.

La Europa en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial era un lugar fascinante. El continente (fuera de los Balcanes) llevaba más de cuarenta años sin guerras; y casi un siglo sin conflictos generalizados. La Revolución Industrial, durante muchos años un fenómeno casi exclusivamente británico, se había extendido por todo el continente. Las nuevas riquezas habían traído consigo una explosión de creatividad artística en todo el continente y una creciente movilización de la clase trabajadora para conquistar derechos sociales. Los europeos contemplaban entusiasmados  los mayores saltos tecnológicos de la historia de la humanidad.

La esperanza de vida aumentaba, la prosperidad se expandía, el comercio y la industria crecían sin límite aparente. No es de extrañar que Karl Marx, a finales del siglo XIX, escribiera sobre la posibilidad de una sociedad futura donde la escasez no existía y los productos del capital podían servir a las masas. El futuro parecía ser un lugar donde la tecnología y la industria iban a liberar al hombre de la miseria definitivamente.

En verano de 1914, sin embargo, muchas de esas tendencias se extinguieron. La Primera Guerra Mundial, un conflicto que es a menudo visto como un prólogo de los horrores de la segunda, es probablemente el mayor punto de ruptura de la historia europea reciente. Lejos de ser la «guerra inútil» de los poetas y los campos de amapolas de Flandes, la Gran Guerra es probablemente el conflicto más importante del siglo XX, y el verdadero origen del mundo contemporáneo. La crisis de 1914 y los cuatro años de batallas que asolaron Europa hace cien años cambiaron la faz del continente más que cualquier conflicto desde la Guerra de los Treinta Años. Vale la pena repasar por qué.

1. El final de un mundo cada vez más democrático

La Europa de 1913 era un continente de monarquías: Alemania, Austria-Hungría, Rusia, Reino Unido, Italia y Turquía estaban bajo la autoridad de un rey, sultán o emperador. Entre las grandes potencias, solo Reino Unido y Francia tenían sistemas políticos reconociblemente democráticos; el resto eran regímenes más o menos autoritarios.

Un fenómeno común en todos estos estados, sin embargo, era el lento pero inevitable avance de la democracia. En los años anteriores a la Gran Guerra, Austria-Hungría estaba moviéndose hacia un régimen cada vez más pluralista, especialmente en el lado austríaco. Francisco José, el heredero de la corona, tenía la intención de mover la monarquía dual hacia un sistema federal. La Alemania post Bismarck tenía un sistema político cada vez más representativo; en 1913 la política exterior y defensa eran los únicos apartados exclusivamente en manos del káiser. En Turquía, un golpe militar había acabado con el poder del sultán y empezaba a mover el país lentamente hacia un sistema más abierto. Incluso la Rusia zarista, tras el desastre de 1905,  había creado un parlamento con atribuciones crecientes. Aunque los zares nunca estuvieron cómodos compartiendo poder con la duma, el régimen político ruso avanzaba perezosamente hacia la liberalización.

La Gran Guerra supuso una colosal fractura en estos cambios. Rusia se sumió en guerras civiles primero, y acabó degenerando en un espantoso experimento totalitario. Alemania vivió una breve experiencia republicana antes de caer en la dictadura. Los restos del Imperio austrohúngaro acabaron siendo fagocitados por Alemania o convirtiéndose en una miríada de dictaduras y monarquías fallidas. La caída de los viejos imperios, lejos de producir democracia, acabó generando años de caos y gobiernos tiránicos.

2. El final de años de prosperidad

Los años previos a la Gran Guerra son años de crecimiento económico, fuerte, sostenido y generalizado en casi todo el continente. La economía rusa crecía a un ritmo anual superior al 8% en los años previos a la guerra. Alemania pasó de ser un conjunto de principados agrícolas a una potencia industrial mayor que Inglaterra en apenas cuatro décadas. Austria-Hungría tuvo unas tasas de crecimiento por cápita cercanas a un 2% en las décadas anteriores a la Gran Guerra, casi el doble que el Reino Unido o Francia, y mayores que incluso en Alemania.

La concentración de la riqueza en Europa había aumentado, pero en los años anteriores a la guerra el movimiento obrero empezó a cosechar victorias. Son los años del presupuesto social de Lloyd George y la creación del estado de bienestar corporativo de Bismarck, las primeras leyes sociales francesas y la progresiva reducción de la jornada laboral. Para un obrero en la Europa de 1913, el mundo era aún un lugar sucio y relativamente peligroso, pero el futuro parecía ir a mejor.

La Gran Guerra supuso un cambio radical en esta tendencia. Los años de posguerra trajeron consigo una década de crecimiento económico limitado en casi toda Europa. El Reino Unido se ahogo estúpidamente en sus propias deudas, volviendo al patrón oro con una paridad desastrosamente alta. Alemania se pasó una década entre el estancamiento y la hiperinflación. Rusia adoptó un modelo de crecimiento tan extensivo como salvaje, con horribles hambrunas incluidas. Los herederos de la monarquía dual se perdieron en economías aisladas y débiles, vulnerables a crisis externas.

Solo Francia y Estados Unidos tuvieron unos años veinte realmente prósperos, aunque por motivos distintos. Francia devaluó su moneda al acabar la contienda, reentrando en el patrón oro con un franco debilitado y un potencial exportador enorme. La República se pasó toda la década absorbiendo las reservas de oro de sus vecinos en un proceso que acabaría por desestabilizar el patrón oro y contribuiría a crear la crisis de 1929. Estados Unidos, con su economía intacta de los horrores de la guerra, se benefició tanto de su condición de nuevo banquero del mundo como de su extraordinaria capacidad industrial. Los americanos en 1918 acumulaban más del 40% de la producción industrial del planeta. Para su desgracia, metieron el dinero en una burbuja financiera monumental, la otra causa de la Gran Depresión.

3. El final de la primera globalización

En 1913 alguien que quisiera mudarse a Londres, Cleveland, Viena o Berlín solo tenía que comprar billetes y marcharse. La idea del permiso de residencia o pasaporte era en gran medida un concepto ajeno a la realidad europea en 1913; los años de cuotas migratorias, visados y demás barreras a la libre circulación de personas quedaban lejos. Son los años de Ellis Island, las oleadas de inmigrantes a Estados Unidos y Argentina (por aquel entonces, uno de los países más ricos de la tierra) y la Belle Epoque del intelectual cosmopolita europeo. Durante unos meses en 1912, Stalin, Trotsky, Tito y Hitler estuvieron viviendo en Viena sin que nadie se molestara a preguntarles qué hacían ahí. Un 10% de la población mundial emigró de un país a otro entre 1870 y 1925, una cifra gigantesca.

La globalización en los años de preguerra no se limitaba al movimiento de personas, sin embargo: en 1913 el libre comercio era una de las bases de la economía internacional. Aunque los países europeos se metían en guerras arancelarias ocasionales, el ferrocarril y la navegación a vapor hicieron los intercambios de bienes algo factible. Los precios de productos como trigo, ternera, acero o algodón pasaron de ser locales a ser globales; una cuarta parte del PIB del Reino Unido y una quinta parte del alemán e italiano provenía del comercio exterior, unas cifras que solo fueron alcanzadas nuevamente a principios del siglo XXI. Aunque no fue una era de estricto libre comercio (con la excepción del Reino Unido, probablemente) la globalización de principios del siglo XX contribuyó de forma dramática a la prosperidad en las décadas anteriores a la guerra. 1914 representó el final de una era, y el retorno a economías cerradas hasta bien pasada la Segunda Guerra Mundial.

4. Cambios de fronteras

El mapa de Europa cambió de forma dramática tras la Gran Guerra. Cuatro de los seis principales beligerantes sufrieron un cambio de régimen en su práctica totalidad (Alemania, Rusia) o se desintegraron casi por completo (Austria-Hungría, Turquía). Entre las cenizas aparecieron estados que o bien llevaban desaparecidos varios siglos (Polonia, Checoslovaquia/Bohemia, Hungría) o bien nunca habían existido con anterioridad (Yugoslavia).

Muchos de estos estados sucesores resultaron en estados fallidos (Hungría) o demasiado débiles para poder resistir ataques de otras potencias (Lituania, Estonia, Polonia, Checoslovaquia). En los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, Karl Schwarzenberg, príncipe de una las familias aristocráticas de Bohemia, defendía la monarquía dual como garante de la paz, libertad y justicia de los checos ante las depredaciones alemanas y rusas. El tiempo la dio la razón.

5. La entrada de Estados Unidos en el sistema internacional

Hasta 1917 Estados Unidos era la mayor potencia económica del mundo, pero apenas interactuaba con él. Dejando de lado la épica paliza a los españoles en 1898, los americanos no se habían metido en líos fuera de su continente. La estupidez alemana con su guerra submarina ilimitada forzó a los Estados Unidos a entrar en la guerra, en vez de limitarse a financiarla. Su participación en 1918 fue relativamente limitada; Francia y Reino Unido probablemente hubieran podido derrotar a Alemania en 1919 sin las tropas americanas. El papel de Estados Unidos en las negociaciones de paz, sin embargo, con su defensa del derecho a la autodeterminación contribuyeron decisivamente tanto a la enorme chapuza que fue el mapa europeo de posguerra como al final de colonialismo, décadas después. Su intervención en 1942-1945 fue mucho más decisiva, pero eso vendría después.

6. La primera guerra total

En los primeros días de la guerra, durante las 312 horas que el estado mayor alemán había planificado para movilizar sus ejércitos, 11.000 trenes llevaron 119.754 oficiales, 2,1 millones de soldados y 600.000 caballos de toda Alemania a los puntos de concentración en las fronteras con Francia, Luxemburgo y Bélgica. Los siete ejércitos del Kaiser cruzaron los puentes del Rin hacia Alsacia y Bélgica en 560 trenes al día, cada uno con 54 vagones.

Europa había visto grandes ejércitos en guerras anteriores, y el mundo había visto grandes movimientos de tropas en ferrocarril durante la Guerra Franco-Prusiana o la Guerra Civil Americana. Los ejércitos de la Primera Guerra Mundial y su gigantesca capacidad destructiva eran algo completamente nuevo. La Gran Guerra fue el primer conflicto donde las batallas duraban semanas o meses de forma rutinaria, y los soldados a menudo se mataban sin verse.

….

La Gran Guerra fue, en gran medida, el final del sueño decimonónico del progreso estable y lineal de la humanidad. En los años posteriores a la guerra Europa y el mundo entero empeoraron dramáticamente por primera vez desde el final de las guerras napoleónicas. Las cosas no iban a mejor, empeoraban. Los avances del siglo XIX, lentos, deliberados pero cada vez hacia un mundo mejor (ya fuera burgués o proletario; la lucha de clases estaba bien viva en esas fechas) se rompieron. La historia de Europa tras 1914 es la historia de un continente intentando recuperar esa senda de progreso, y topándose con todos los problemas heredados tras la Gran Guerra para intentar conseguirlo.

lovaina

Lovaina, Bélgica, al término de la guerra. Fotografía: DP.

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