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Qué decir antes de morir

La ejecución de María Antonieta en un grabado anónimo c. 1850 (DP).

«Vamos a tomárnoslo con calma», les dijo Malcom X a sus asesinos.
Le dispararon dieciséis veces.
A lo mejor se lo habían tomado con calma, pensaba Kugel. A lo mejor tenían planeado pegarle veinte tiros. En estas situaciones a la víctima le conviene especificar.
(Shalom Auslander, Esperanza: una tragedia [Blackie Books])

El protagonista de la novela Esperanza: una tragedia está obsesionado con encontrar las últimas palabras perfectas y por eso acumula en sus libretas apuntes con sus mejores ocurrencias. Le obsesiona tener algo con lo que aprovechar su último aliento en el momento en el que alguien QUE HABLE ASÍ se presente en su casa con una guadaña y ciertas prisas. El hombre repasa mentalmente algunas de las citas finales más repetidas de personajes ilustres y llega a simpáticas conclusiones, como el deducir que probablemente a la hora de palmarla el ser humano se va a encontrar más ocupado intentando asimilar la ridícula causa de su muerte que buscando la frase adecuada con la que descolgar el telón.

En el fondo, y aunque no existen estadísticas oficiales, la razón lleva a determinar que en el top ten de palabras pronunciadas segundos antes de morir nos encontraríamos, por encima de las despedidas lacrimógenas y las románticas declaraciones de cariño, con varios «Aaaaaaaaah», algún «Oh», una abultada colección de tacos y también con la gilipollez machista del «No hay cojones». Pero frente a la oratoria pop en el lecho de muerte la historia se enorgullece en presentar a una serie de personalidades que tuvieron la decencia de demostrar que un epílogo en ocasiones bien merece un texto para enmarcar.

Oradores

John Sedgwick era un general del ejército de la Unión que perdió la vida durante la guerra civil estadounidense. Y uno de los pocos ilustres que decidieron morir protagonizando un gag cómico. En mayo de 1864 Sedgwick se paseaba despreocupado por Spotsylvania mientras el resto de sus hombres, asustados por los disparos de un enemigo situado a un kilómetro de distancia, se arrastraban por los suelos. El general caminaba entre ellos manifestando reiteradamente su asombro por el miedo de los soldados a las salvas lejanas. La leyenda dice que sus últimas palabras fueron «Ellos no le darían ni a un elefante desde esta distancia» justo antes de que una bala le atravesara la cabeza. Casi pero no, aquellas fueron en realidad sus penúltimas palabras puesto que poco después de pronunciar la desacertada afirmación disculpaba a un soldado el acto de agacharse ante el ruido de disparos. Pero como la frase del paquidermo y el enemigo miope tenía más gracia sería aquella la que pasaría a la historia, incluyendo divertidas variantes falsas que la citaban de manera incompleta redondeando el efecto cómico («Ellos no le darían ni a un elefante desde esta dist…»).

John Sedgwick c. 1860. No se puede demostrar con certeza pero todo apunta a que el francotirador que acabó con su vida se llamaba Murphy. Fotografía: Matthew Brady / National Archives and Records Administration (DP).

La comedia en el fondo siempre agradece formar parte del ritual de la muerte, no existe mejor punchline que el punto y final definitivo. Bob Hope expiró tras decir «Sorpréndeme» a su esposa cuando esta le preguntaba dónde quería ser enterrado, Chico de los hermanos Marx pidió a su hija que metiera en su ataúd «Un mazo de cartas, un mashie niblick y una rubia guapa», Nancy Astor se vio rodeada de su familia y preguntó «¿Me estoy muriendo o es mi cumpleaños?». Ian Fleming se disculpó a los conductores de la ambulancia que le transportaba por las molestias causadas para a continuación apuntar «No sé cómo os podéis arreglar para ir tan rápido con el tráfico que hay en la carretera estos días», Humprey Bogart dijo adiós con «Nunca debería haber pasado del whiskey escocés al Martini». Incluso hubo quien optaba por la comicidad trágica: Eugene O’Neill, dramaturgo, con varios Premios Pullitzer, un Nobel de literatura y un legado escrito de alma pesimista, más que despedirse del mundo se quejaba enrabiado de su existencia: «¡Lo sabía, lo sabía! Nacido en una habitación de hotel y muerto en una habitación de hotel».

El asunto religioso es otro campo que propicia cierto juego, Wilson Mizner le comentó al sacerdote «Yo con quien quiero hablar es con tu jefe», Bernard Montgomery dijo «Bueno, ahora tengo que encontrarme con Dios y tratar de explicarle todos aquellos hombres que maté en El Alamein» y la extraordinaria Joan Crawford escuchó cómo una de sus asistentas se ponía a rezar y acalló a gritos esas oraciones con un «Maldita sea, ¡no te atrevas a pedirle a Dios que me ayude!».

Luego están los que intentando no decir nada hacen justo lo contrario. Ante la insistencia de terceros Karl Marx se despidió del mundo con un «¡Fuera de aquí! Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho suficiente» y el escritor Edward Abbey contestó con un «No comment» tan desafortunado que alguien cercano decidió grabárselo como epitafio en su tumba. Y en una posición mucho más distinguida se encuentran los que deciden marcharse con elegancia literaria, Lord Byron y su «Ahora debería dormir, buenas noches» opuesto al «No puedo dormir» que el autor de Peter Pan, J. M. Barrie, pronunció antes de fallecer, Edgar Allan Poe suplicando al señor que ayudase a su pobre alma o Frank Baum (creador de Oz y autor de catorce de los billones de libros ambientados en ese mundo) declarando que se iba a cruzar las arenas movedizas del desierto de Oz. Y un exquisito caso aparte es, como siempre, Oscar Wilde. Murió en un hotel y las biografías no se ponen de acuerdo en cuáles fueron sus palabras finales: «Este papel pintado y yo estamos luchando a muerte, uno de los dos se tendrá que ir», «Estas cortinas me están matando» o el cómico detalle de cómo encargó el champán más caro del hotel para después poder afirmar «Estoy muriendo por encima de mis posibilidades». Al parecer todo aquello era muy de cosecha Wilde pero fueron palabras pronunciadas durante las semanas previas a su muerte. A la hora final, un 30 de noviembre, lo que repetían sus labios era una parte de los sacramentos que le fueron administrados el día anterior.

Oscar Wilde c. 1882. Muere por encima de sus posibilidades. Fotografía: Napoleon Sarony / Metropolitan Museum of Art (DP).

Oscar Wilde c. 1882. Muere por encima de sus posibilidades. Fotografía: Napoleon Sarony / Metropolitan Museum of Art (DP).

Lo último que dijo James W. Rodgers fue «un chaleco antibalas», y esa frase era una respuesta: Rodgers había sido condenado a muerte por delito de asesinato y pronunciaba esas palabras como contestación a un pelotón de fusilamiento que se interesaba por saber si tenía algún último deseo. James French otro preso al que la sentencia se le hacía muy larga asesinó a su compañero de celda para forzar la pena de muerte y una vez sentado en la silla eléctrica remató su existencia con un juego de palabras para la prensa: «Hey, fellas! How about this for a headline for tomorrow’s paper? “French Fries!”». George Danton condenado a la guillotina durante la Revolución francesa se dirigió al público para sentenciar como últimas palabras un «Lo único que lamento es que me toca antes [pasar por la guillotina] que a esa rata de Robespierre» pero se guardó una jocosa sentencia final para el backstage: justo antes de ponerse la hoja de corbata le comentó al verdugo «Que no se te olvide enseñar mi cabeza a la gente. Merece la pena verla». Y María Antonieta dio a la audiencia una clase de buenos modales: antes de ser decapitada calzó un pisotón a su verdugo mientras subía al cadalso y aquello propició que se despidiera de este mundo pronunciando un simpático «Perdone señor, no lo he hecho a propósito» a su verdugo. Aquel ajusticiador era Charles-Henri Sanson, alguien que siendo el hombre que probablemente haya escuchado la mayor cantidad de últimas oraciones de la historia (era el verdugo oficial de Francia e hizo rodar unas tres mil cabezas en cuarenta años) en aquel momento debió de quedarse con la cara a polígonos ante tanta cortesía inesperada.

Pero la vacilada definitiva ante las mirillas de los ejecutores pertenece a Erskine Childers. Influyente nacionalista republicano irlandés que se convirtió en objetivo del Estado Libre Irlandés, fue detenido, juzgado y condenado a muerte por la violar la Army Emergency Powers Resolution, un conjunto de leyes aprobada tras el asesinato de Michael Collins. El delito de Childers era portar una pistola, que para más guasa le había regalado el propio Collins cuando ambos guerreaban en el mismo bando. El día de su ejecución Childers estrechó la mano de cada uno de los tiradores que lo fusilarían, hizo prometer a su hijo que en el futuro se encargara de buscar y estrechar la mano de cada una de las personas que firmaron la sentencia de muerte y todavía le sobró mofa para soltar una sugerencia al pelotón antes de que nadie apretase el gatillo: «Acercaos uno o dos pasos, chicos. Será más fácil así».

Literatos

Dicen los rumores que las últimas palabras escritas por Walt Disney fueron «Kurt Russell». Dice Kurt Russell que sí, que siendo un niño un señor le enseñó aquel pedazo de papel en la oficina de Disney. Que Walt Disney estuviera escribiendo el nombre de quien entonces era la beta de Snake Plissken tenía cierta lógica empresarial, el pequeño Russell había sido fichado como actor para el todopoderoso ratón y teóricamente lo último que escribió Disney lo hizo mientras trabajaba en su despacho donde por costumbre se suelen tratar asuntos empresariales. Dice algún fanático de la historia del mundo mágico que no fue así exactamente pero casi. Y Disney no moriría realmente hasta un mes más tarde de abandonar esos papeles en su oficina, así que es bastante posible que en algún momento escribiese alguna otra cosa, aunque fuera un post-it, en la que Kurt Russell no fuese el foco de atención. Pero es de desagradecidos ensuciar las anécdotas con la aburrida lógica de la realidad.

Más interesantes resultan las letras que firman las despedidas. El diario de un soldado anónimo de la Unión encontrado junto a su cuerpo acababa con un terrorífico «Tres de junio. Cold Harbor. Me mataron». Sid Vicious se fue montando a caballo y en su nota de suicidio especificó que quería ser enterrado con su chupa, sus botas de motero y sus pantalones tejanos, dejando bien claro que cruzar el umbral no significaba ser menos punki. La carta de adiós de Kurt Cobain incluía ese legendario «Es mejor quemarse que apagarse lentamente». Pero en lo que a músicos autodestructivos se refiere el primer premio se lo lleva Dead (cuyo nombre real, y mucho menos interesante para lo que nos ocupa, era Per Yngve Ohlin) el vocalista de Mayhem. Un caballero que iba por el mundo con un cuervo muerto en una bolsa, enterraba su ropa para que oliera a podrido, era una depresión con patas y vivía obsesionado por convertirse en un cadáver. En 1991 se rajó el cuello y se disparó con una escopeta en una casa de campo. Cuando Euronymous (Øystein Aarseth), compañero de banda, se encontró el lienzo hizo lo que cualquier persona de bien: comprar una cámara de fotos, recolocar la escena y sacar unas instantáneas de ese bodegón nórdico post mortem (una de esas fotos sería la portada del infame bootleg Dawn of the Black Hearts). Lo encantador es que entre los objetos de aquella habitación se hallaba una carta de despedida que incluía ese maravilloso «Disculpad toda la sangre» como si lo de ensuciar fuese lo más preocupante. Nota: A Euronymous lo mataría un par de años después, otro miembro de la banda regalándole veintitrés puñaladas: Varg Vikernes. Y con una trayectoria tan colorida se justifica totalmente que el Primavera Sound decidiera fichar a lo que quedaba del grupo para aquella edición de 2012.

Hunter S. Thompson, mesías del periodismo gonzo y el miedo y asco en Las Vegas, se voló la cabeza pero dejó una nota de suicidio que la Rolling Stone convirtió en contenido al publicarla en septiembre del 2005 bajo el título de «Football season is over»: «No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más nadar. Sesenta y siete. Eso es diecisiete años más allá de los cincuenta. Diecisiete más de los que necesito o deseo. Aburrido. Estoy siempre cabreado. No hay diversión para nadie. Sesenta y siete. Te estás volviendo codicioso. Actúa en consonancia a tu (vieja) edad. Relájate.Esto no dolerá». A bombo mediático le ganaría en las redes Bill Zeller, exitoso programador creador de Mytunes, que antes de colgarse de una soga en 2011 redactaría una extensa carta (aquí se puede leer) tratando de explicar cómo la oscuridad había rodeado toda su existencia a causa de los abusos sexuales sufridos de niño. Su despedida se convirtió en una historia de terror más escalofriante que cualquier tipo de ficción.

Hunter S. Thompson, impulsor del auto-obituario gonzo, en 1988. Fotografía: MDC Archives (CC).

Un Aldous Huxley bastante tocado en sus últimos días e incapaz de hablar escribía sus demandas a su esposa, quien se encargaba de atenderle durante su agonía. Lo último que saldría de la pluma de Huxley sería una petición muy específica y directa: «LSD, cien microgramos, intramuscular» y después de un par de chutes proporcionados por su señora el hombre abandonaba algo más feliz un mundo.

El caso más curioso es el de John Thomas, varón de cuarenta y nueve años, que se tiró en 1954 desde el Golden Gate dejando un papel a modo de nota de suicidio en el que explicaba: «Absolutamente por ninguna razón, excepto que tengo dolor de muelas». Se barajó la posibilidad de que también tuviera algo suelto en la cabeza.

Double combo

La reportera Christine Chubbuck sería la maestra definitiva en cuanto a combinar últimas palabras pronunciadas con últimas palabras escritas y sentido del espectáculo. El 15 de julio de 1975 presentaba su programa Suncoast Digest repasando las noticias hasta que una cinta con metraje correspondiente a un tiroteo en un restaurante decidió fallar por problemas técnicos y Chubbuck atajó el problema de manera ligeramente desmesurada. «Manteniendo la política de Channel 40’s de acercaros lo último en “sangre y tripas”, y a todo color, estáis a punto de ver otro primer intento de suicidio» anunció a su audiencia para a continuación sacar un arma y volarse la cabeza en directo. Semanas antes Chubbuck, aquejada durante años de profundas depresiones, había realizado un reportaje sobre el suicidio en el que un oficial le aseguraba que lo mejor para tales metas era tirar de gatillos cerca de la cabeza. Mike Simmons, director de noticias del canal, descubriría que entre los papeles que aquella mañana la reportera tenía en la mesa del show se encontraba un texto en el que ella había redactado a modo de noticia del día las consecuencias de su plan para redecorarse las ideas a balazos. En aquella hoja se podía leer: «La presentadora de noticias de TV40 Christine Chubbuck se ha disparado a sí misma esta mañana durante una retransmisión en directo de un programa de Channel 40. Ha sido trasladada de urgencia al Sarasota Memorial Hospital donde permanece en estado grave». Chubbuck moriría en el Sarasota Memorial Hospital tras permanecer en estado grave durante catorce horas. Lo que se dice llevar el periodismo a otro nivel.

Ida (y vuelta) al culo del mundo

Fotografía: David Ruano / El Terrat.

Cáncer. La sola palabra da miedo, ¿verdad? Y por si no lo hiciera, le añadiremos un adjetivo: terminal. Tiene un cáncer terminal. Y no lo sabe. Ha venido a nuestra consulta para un simple chequeo, pero esto es lo que hay. Con veintitrés años y toda la vida por delante, en su caso una coletilla particularmente desafortunada. A ella le queda poco que vivir, quizá solamente meses. Y se lo tenemos que decir. Nosotros, que somos el médico, a ella, que es la paciente. Y tenemos que hacerlo cumpliendo una norma: en ningún momento nos puede dar la risa.

No es una frivolidad, de verdad que no. Es un experimento. La escena es de Mi vida sin mí, una película de Isabel Coixet, y los actores son Carlos Areces y Andreu Buenafuente, dos superpotencias de la comicidad. Queremos saber si pueden interpretarla no sin reír, sino sin hacer reír. El uno al otro y ambos a nosotros, que somos la audiencia y el verdadero sujeto experimental. Sin chistes, sin payasadas y sin el abrigo de la intimidad. Con una cámara delante y con la propia Coixet tras el artefacto, para mayor gravedad. Y a ver qué pasa, si es que pasa algo. Que el héroe puede prescindir de sus superpoderes es algo confirmado desde Clark Kent, pero ahora sabremos cómo reaccionaría la humanidad si Superman se negase a volar. Cáncer. Veintitrés años. Areces y Buenafuente. Cámara. Acción.

Una escena de El culo del mundo. Imagen: El Terrat.

No lo diga usted, que ya lo decimos nosotros: es un experimento imperfecto. Empezando solo por el sesgo, ya que forma parte de una pieza que tiene la comedia por tema central. Se lo puede permitir, no obstante, y se lo debe permitir. El culo del mundo, que así se llama, no es una obra académica. Es un documental sobre tres cosas: el humor, la televisión y Andreu Buenafuente. Y sobre lo que le ocurre a estas tres cosas cuando dejan de ser una sola para ser, en efecto, tres.

Se puede explicar con menos lírica, por supuesto. El último programa de Buenafuente, Buenas noches y Buenafuente, fue cancelado en mayo de 2012, cuando llevaba poco más de un mes en Antena 3. Iba por el siete por ciento se share, cerca de un millón trescientos mil espectadores, y bajando. La última vez que el presentador pasó por aquella cadena con su fulgurante late night, de 2005 a 2007, lo hizo con una media del veinte por ciento, para hacernos una idea. Por eso la cadena decidió que ahora Buenafuente no estaba funcionando, por primera vez tras quince años dirigiendo televisión y una concatenación de éxitos sin precedentes en la televisión nacional, entre ellos Sense titol, La cosa nostra, Una altra cosa y el propio Buenafuente. Un tortazo de los que no constituyen novedad en televisión, por supuesto. Este negocio, ya se sabe, es un misterio que solo admite ecuación si viene neutralizada por un gran factor equis, el equivalente matemático de tener un tío en Graná. Nada que no dijese  George Burns y repitiese después Bart Simpson cuando anunciaron que el mundo del espectáculo es una diosa ramera.

Y, sin embargo, la explicación no le sirvió al presentador. Quizá porque, si se para uno a pensarlo, en realidad no es una explicación.

Por eso no hay poética en la duda que guía El culo del mundo, el documental que rodó queriendo saber qué pasó y que estrenó en salas el mes pasado, ahora también disponible online. O al menos él no se la encuentra. El no conocer le frustra y le anima a querer saber, aunque de poco le sirva aquí ese impulso tan humano. En la era de la vuelta de todo quedan enigmas simples por resolver, pero eso es seguramente porque son irresolubles. ¿Qué hace reír? Ni lo sabemos ni lo podemos saber, pero Buenafuente reivindica su derecho a preguntárselo, así suene a misterio resobado y la respuesta huela desde ya a respuesta a medias. Del camino, lo dijo Kavafis, importan sus recodos. Y además, qué coño: también le mueven motivos prosaicos. Quizá la solución le importa poco a la inmensa mayoría que ríe, pero a la inmensa minoría que hace reír le va en ella el pan de sus hijos. Y Buenafuente acaba de tener uno.

Una, de hecho. Se llama Joana, tenía siete meses cuando el documental se grabó y la suya es la primera risa que mueve el presentador sin importarle cuántas son, sino de quién viene. No es el único apunte sobre la comedia que el showman descubre, y nos descubre, en El culo del mundo. Su documental no llega a una conclusión final, a un gran tachán con el que dar cierre a la reflexión sobre el ejercicio cómico, pero no se echa en falta, o no se debería echar. Si es usted de los que critican que el lecho marino esté sin cartografiar cuando se celebra que la humanidad ha pisado la Luna, laméntese mejor por esta otra verdad: la risa es la consustancia misma de nuestra humanidad, pero en toda nuestra historia no hemos sido capaces de escribir una sola línea sobre cómo crearla. Sabemos hacerla, pero no cómo hacerla. Y Buenafuente nos engañaría si viniese a decir, previo planteamiento y nudo, que conoce su quintaesencia. No la conoce, no. Él mismo anuncia al empezar el documental lo mismo que cuando despidió su último programa: que nadie sabe nada.

Una escena de El culo del mundo. Imagen: El Terrat.

¿Qué podemos saber, en cambio? Bueno, pues que en comedia la improvisación no existe, por ejemplo. Lo dice Santiago Segura y con mucha razón, porque lo improvisado que funciona se repite y deja, por tanto, de ser improvisación. Y que a Leo Bassi un italiano le rompió un dedo en el escenario por hacer chistes de política, lo que invita a conclusiones sobre en qué monstruo se convierte el humor si le damos de comer después de medianoche. Berto Romero asegura que a la gente le molesta ver a la persona detrás del cómico, que el público no quiere ver a un humorista serio y que eso debe ser por algo, algo seguramente en la enigmática naturaleza misma de la comedia. Y sobre ella, una pista final: a lo mejor esta misma naturaleza se nos escapa porque la risa solo conoce el propósito, pero no una esencia fundamental. Si suena a espesor filosófico, diluyámoslo con realidad: Concha Velasco asegura que no se suicidó en cierta ocasión gracias a la hilaridad de Buenafuente, de uno cualquiera de sus programas. Visto así, ¿acaso no es el porqué más importante, más determinante, que el qué? Para Velasco sí, no cabe duda. Y para Buenafuente también.

Eso es El culo del mundo. Una colección de preguntas, la mayoría sin respuesta, acerca de uno de esos temas sobre los que no solemos hacérnoslas por su consustancia misma con la forma que tenemos de ver y vivir el mundo. Y un repaso personal y formalista, por supuesto, a la biografía de Buenafuente y a su intimidad, expuesta sin pudor en la obra. ¿Podría ser de otra manera? Quizá, pero siendo entonces otro documental. Este va de un hombre compuesto por sí mismo, por el humor y por la televisión, y sobre lo que le ocurre cuando las dos abstracciones le son requisadas y se queda, ay, consigo mismo. Sobre el derrumbe de las certezas y sobre la conciliación con la duda a la que obliga la naturaleza misma del mundo, que es un gran embrollo. Sobre que a veces el porqué, como ya se ha dicho, es más fundamental que el qué, y sobre que el qué a veces no existe y solo aspiramos al porqué. Y sobre que todo esto se puede contar, por qué no, moviendo una sonrisa, aunque sea de consuelo. Las penas con pan ya se sabe que son menos. Y que el consuelo sea cosa de tontos está aún por demostrar.

Una escena de El culo del mundo. Imagen: El Terrat.

Pero ¿qué son las favelas?

Favela de Complexo do Alemao en Río de Janeiro. Fotografía: Cordon Press.

«Neumáticos incendiados, disparos y una protesta que terminó con al menos un muerto se registraron esta noche, a cincuenta días del Mundial, en varias calles de Copacabana, una de las zonas más turísticas de Río de Janeiro, tras la muerte violenta de un habitante de una favela cercana». El teletipo de agencia escupía el otro día una ducha de realidad en cuatro líneas sobre la delicada situación por la que pasa la ciudad-escaparate de Brasil. De todas las palabras hay una sola en portugués, pero es tan familiar que no merece cursiva. También es cierto que lleva incorporado un barniz de connotaciones negativas asociadas incluso por omisión: fuego, disparos, violencia, muerte, favela. Al leer la noticia en la prensa, en algún punto del planeta habrá algún turista futbolero con el billete en la mano que se habrá pensado dos veces el viaje al Mundial. Craso error. Al menos sin saber antes qué son las favelas. Y ya de paso cuándo, cómo, dónde y por qué.

En rigor, una favela es una comunidad de vecinos —oficialmente, de más de veinte casas— ubicada en un terreno informal y con servicios deficientes. En definitiva, un barrio precario. En total hay mil setenta y una favelas en Río de Janeiro, según el censo de 2010, pero hoy ya hay varias decenas más: una favela se forma con suma rapidez, como ocurrió de manera notoria recientemente en Río y Sao Paulo. Si existen las favelas es por pura y simple supervivencia, dado el desnivel económico de un país donde rige como patrón un salario mínimo que alcanza a duras penas los doscientos euros y que tiene de siempre un déficit habitacional y un pésimo planeamiento urbano, sumado al aluvión cíclico de emigrantes rurales a las grandes ciudades. Estos barrios han pasado por muchas etapas, pero las secuencias se repiten históricamente, echando más y más humo sobre un tema capital: la propiedad y el uso de la tierra.

Como todo lo desconocido, las favelas —o comunidades, uno de sus sinónimos eufemísticos— provocan temor y atracción, miedo y curiosidad al mismo tiempo en quien no las ha pisado. En el caso de Río de Janeiro, impresionan por su avasalladora presencia. Lo que para el planeta es fascinante, en el sentido lato de la palabra, para Río de Janeiro es rutinario, pues forma parte inextricable de su ser. Basta ver un mapa de la enorme ciudad carioca señalizado para entenderlo. O simplemente mirar para arriba, a las montañas. La favela, que para el neófito puede llegar a ser un averno tropical, es el lugar donde habita, atención, uno de cada cinco cariocas. O sea, casi un millón y medio de personas. La aplastante mayoría, sonroja tener que decirlo, es gente del común que se levanta para trabajar cada mañana y que antes de acostarse hace exactamente lo mismo que el brasileño millonario o que el de clase media: ver la telenovela y el fútbol, medicina diaria. Que tiene menos poder adquisitivo y menos garantías sociales y políticas, pero que forma parte del sistema, sobre todo cuando baja de su casa. Los porteros de edificio, cajeras de supermercado, peluqueras, albañiles, conductores de autobús, taxistas, pero también, cada vez más, estudiantes de Derecho, personal trainers, fotógrafos e informáticos habitan en favelas. También, es verdad, hay más desempleo, familias disfuncionales, población en situación de riesgo. Y en la mayoría de las favelas aún rige un poder paralelo al Estado, dominado por grupos fuera de la ley. Por todo ello decir favela inspira sospecha, cuando no terror, para quien no las conoce. Y facilita la recreación de estereotipos ampliamente difundidos por el cine y la televisión, del Zé Pequeno de Ciudad de Dios al capitán Nascimento de Tropa de élite, modelos que no sacan de dudas al que llega a Río. Ese que ve las moles de ladrillo sin revestir dominando las montañas y se sigue preguntando: pero, ¿qué diablos son las favelas?

La primera favela se llamó… Favela

La favela de Morro do Pinto en 1912. Fotografía: Anónimo (DP).

Río cumple en unos meses cuatrocientos cincuenta años. Las favelas, poco más de ciento quince. Pero a estas alturas no se entiende una cosa sin la otra. En 1896 estalló la guerra de Canudos, en realidad una rebelión popular con trasfondo religioso en el estado de Bahía, recreada, entre otros, por Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, y aplastada por el ejército en menos de un año. Los soldados, una vez terminada la contienda, volvieron a Río a cobrar el salario y la recompensa del Gobierno. De tanto esperar por la burocracia, acabaron instalándose en una de las colinas más céntricas de la ciudad. Se llamaba Morro (cerro) da Providencia, pero lo rebautizaron Morro da Favela, según la mayoría de historiadores, en honor a la planta homónima que crecía en el monte donde acampaban durante la guerra. La soldada jamás llegó y en consecuencia los veteranos de guerra formaron el primer barrio de chabolas carioca. Y a partir de entonces el nombre se usó para denominar a los muy similares lugares que empezaron a brotar como setas. Las comunidades precarias empezaron a conformar una realidad que contrastaba en la idílica postal de la aristocrática sociedad de la capital de una república heredera de un imperio que acababa de abolir la esclavitud nueve años antes, o sea anteayer. Es probable que existiesen otras favelas antes que la Favela, pero ya quedó para siempre establecido el precedente, en contraposición al asfalto o ciudad formal.

Con el avance del nuevo siglo llegó una oleada de inmigrantes a las grandes ciudades, especialmente desde el humildísimo nordeste del país, para construir literalmente una nueva nación, el famoso País del futuro del archicitado ensayo de Stefan Zweig. Ocurrió, por ejemplo, con Bernardino y Aurora, una pareja de jóvenes que en 1942 emigraron desde el estado de Pernambuco casi sin saberlo, atraídos por el trabajo en la entonces floreciente capital del país, y terminaron ocupando un lote mínimo de tierra fangosa en la ladera del cerro llamado Providencia —antes Favela—, y teniendo hijos casi por camada: doce. Ellos no lo sabrían, pero varias generaciones después, Roberto, uno de sus muchos nietos, contaría a través de su familia la historia transversal de Río de Janeiro, y de paso, la de un término ya convertido en universal.

Mis abuelos llegaron aquí sin nada de nada y levantaron su casa para sacar adelante a una familia enorme, sin luz ni cloacas. Aquella época era complicadísima y criar hijos una cosa tremenda. Mis abuelos dirigieron la casa y formaron parte de un barrio orgulloso de su historia. Ahora en su casa, que empezó siendo una barraca, vivimos siete familias. Tenemos un sitio donde vivir gracias a ellos, y esa es una historia que se repite en casi todas las favelas de la ciudad.

Samba, fútbol y guerra

Favela de Morro dos Prazeres. Fotografía Dany13 (CC).

La mezcla de procedencias y razas —con predominancia de descendientes de los africanos traídos durante la esclavitud, solo abolida en 1888— sumada a un excepcional cruce de factores geográficos y sociales, convirtieron a la favela en el centro de una cultura emergente, un vivero donde floreció la tríada fundamental de la identidad carioca del siglo XX: samba, carnaval y fútbol. Ninguno nació específicamente allí, e incluso el tercero fue cosa de élites blancas durante décadas, pero los tres se reinventaron en los morros hasta darle a la ciudad, al país, una fertilidad mágica de la que se felicita el planeta entero. En ese paraje en continua efervescencia, además, los índices de criminalidad eran residuales en comparación con lo que vendría después. Lo que no quiere decir que vivir en la favela en los años veinte, treinta, cuarenta fuese Disney, precisamente. Lo supieron Bernardino y Aurora, que a duras penas pudieron criar a sus hijos redoblando esfuerzos y trabajos, y todos los que vinieron después hasta Roberto, que como él nacieron, crecieron y se reprodujeron en un lugar expuesto a la discriminación de los de abajo. Que son los de arriba, recordemos.

Yo iba al colegio y me decían: ¿de dónde vienes? Del morro de Providencia. ¡No vayas con ese, que es un ladrón y un bandido! Siempre hemos llevado encima el estigma de ser favelado. ¿Cómo es eso de que un kilo pese menos aquí que abajo? Aquí la presunción de inocencia es al revés, hasta que no se demuestre lo contrario soy culpable.

Roberto, hoy treinta y ocho años, a diferencia de otros muchos, pudo estudiar y desarrollarse como si fuese un niño del asfalto durante la década en que cambió por completo la historia de las favelas y por tanto de la ciudad de Río de Janeiro, los años ochenta. Por aquel entonces pequeñas organizaciones criminales sin matriz de cartel ni planificación aparente pero con el olfato del tiburón que huele la sangre empezaron a tomar el control de los barrios. Enseguida fueron espoleados por el tráfico de drogas, que multiplicó la entrada de dinero en las comunidades. La violencia se hizo presente como rutina de un patrón criminal que enseguida se enquistó como poder atomizado y paralelo al del Estado, a través de diferentes facciones dispersas en las cientos de comunidades de la ciudad, algunas agrupadas en siglas tristemente célebres (CV, ADA, TCP) y con un modelo vertical. No es casualidad que al jefe del cotarro le llamen dono (dueño) del morro, en una jerarquía que continúa con los gerentes de las bocas de fumo, o puntos de venta de droga, los endoladores —soldados que empaquetan y dejan lista la mercadoría— los vaporeiros (vendedores) y los fogueteiros u olheiros, vigías del tráfico y primer escalafón que avisan si se aproxima la policía o una facción enemiga. De arriba abajo hasta llegar al punto más cercano de la ciudad formal, casi siempre ajena a un mundo adyacente pero no mezclado, donde jóvenes en bermudas y sandalias y armados hasta los dientes dominaban —dominan— la vida de miles de personas. Así vivió ese Río durante décadas: tiroteos, balas perdidas, torturas, muerte. Y con un modelo de sociedad diferente al resto, combatido por el Estado de forma errática e igualmente violenta durante treinta años hasta que se abrió camino una nueva política emparentada —demasiado, en opinión de los críticos— con el nuevo Río del Mundial y los Juegos Olímpicos.

Una pacificación demasiado cara

Presencia policial en la favela de Pavao-Pavaozinho, en Río de Janeiro, el pasado 23 de abril. Fotografía: Cordon Press.

Lo que ven Roberto y sus dos hijos desde la terraza común a las otras seis familias de primos y hermanos es un privilegio al alcance de muy pocos: a sus pies está el barrio portuario de Río, la bahía de Guanabara y ahí, flotando, como esperando algo, los grandes cruceros que atracan cada día repletos de turistas. La Providencia, aquella favela inaugural, ha terminado por convertirse en pieza codiciada. Tiene una vista de trescientos sesenta grados de toda la ciudad desde el centro mismo de la urbe, específicamente desde una zona que estaba —está aún— degradada por décadas de abandono pero que ahora es el centro del programa de revitalización llamado Porto Maravilha. En realidad es un emprendimiento urbanístico, por no decir inmobiliario, que se ha hecho con la concesión de un barrio que, prometen, nada tendrá que envidiar a Barcelona —su gran referencia— en la nueva fachada al mar de Río. Para ello recalificaron terrenos donde agonizaban viejas construcciones portuarias, devenidas esqueletos de un tiempo mejor, con la idea de revitalizar una zona que parece sacada de una película de zombis, una gentrification en toda regla que incluía el desplazamiento de buena parte de los cuatro mil habitantes de la favela más antigua de la ciudad. La lucha de los vecinos y, también, la titubeante Administración, han hecho que de momento los planes no hayan salido del papel.

Para el año pasado tenían prevista la inauguración de un teleférico que comunicaría la Estación Central de Brasil hasta aquí mismo, hasta la entrada de la comunidad. Y al mismo tiempo, desde la entrada querían hacer un funicular para que los turistas pudieran subir hasta la cima, para hacer la película de los pobres con vista, todo muy bonito. Pero todo está parado. Por suerte, estamos en 2014 y de momento solo han salido ciento noventa y seis personas, y el resto seguimos aquí, sabiendo los planes del Ayuntamiento, pero dispuestos a luchar y resistir. Todo lo que construyó mi familia ahora lo quieren tirar. Nos quejamos, claro, porque nosotros nos sentimos parte de un negocio del que no formamos parte.

Lo que les ocurre a Roberto y al resto es, en su opinión, consecuencia directa de la política de seguridad desarrollada por el Estado de Río de Janeiro desde 2008, positiva en muchas cosas, no tanto en otras. El nuevo modelo, a mitad de camino entre lo planeado y lo improvisado, que prometía el cambio más radical de la historia reciente de la ciudad: la pacificación de las favelas, así, en cursiva, esta vez al menos, porque no todos los implicados están de acuerdo en la nomenclatura. Se trataba de la toma por parte del Estado de determinadas comunidades dominadas por el narcotráfico con el fin de reducir los índices de criminalidad letal de Río, según el arquitecto del plan, el secretario de Seguridad Pública, José Mariano Beltrame:

Queríamos que la población recuperase su derecho de ir y venir en esas comunidades donde ahora también reciben servicios públicos y privados que antes no llegaban por el miedo al narcotráfico. Aunque no todo llegue a la velocidad que deseemos, tan solo el hecho de abrir las puertas de las comunidades para la entrada de iniciativas de cualquier tipo ya representa una disminución en las disparidades sociales.

Y de momento salió a medias: después de cinco años y medio, hay casi cuarenta Unidades de Policía Pacificadora (UPP) que dan servicio a más de cien comunidades, en su mayoría del arco turístico de las playas y el centro. He ahí una de las críticas, pues la mayoría de las comunidades están en zonas mucho menos visibles para el turismo y la clase media y alta, en favelas en muchos casos apartadas de la vida real de la ciudad, mal comunicadas y peor atendidas por los servicios públicos. Un mundo paralelo en una ciudad que presume de ser el decorado natural urbano más bonito del mundo.

La experiencia piloto de la pacificación se llevó a cabo en la comunidad de Santa Marta, en la acaudalada zona sur de la ciudad. Allí se creó la primera UPP. Dos años después, el proceso tuvo su mayor momento de gloria cuando la policía reconquistó el entonces bastión más importante del tráfico de drogas, el complejo del Alemao, en 2010, y otros dos años después, la favela Rocinha, de más de cien mil habitantes, en 2012. Pero lo que parecía la panacea, un Río en paz, se reveló problemático justo cuando se llegaba a los cinco años de proyecto, en parte por la reactivación del crimen, que nunca había salido del todo, en parte por la endémica corrupción de la Policía Militar y por su larga lista de víctimas: primero se encarceló a los responsables policiales de la favela Rocinha por la desaparición de un albañil llamado Amarildo, convertido en mártir civil de la población de las favelas. Luego, en el episodio narrado al principio, cientos de personas se echaron contra la policía en plena Copacabana en protesta por la muerte de un joven bailarín de la comunidad Pavão-Pavãozinho. Y en el medio quedan mil y una historias sin contar en los medios locales sobre las actuaciones policiales que, por primera vez, empiezan a ser contestadas sin miedo por la población de las comunidades. Cada semana se reproducen protestas violentas en favelas pacificadas en una espiral que mantiene desconcertada a la seguridad pública de la ciudad. Y en medio de eso, el narcotráfico ha contraatacado, con ofensivas a las unidades de pacificación en un aparente plan coordinado desde las cárceles por los líderes de los grupos criminales. Hablamos, claro, de las favelas visibles, las ocupadas, que son minoría. Enfilando hacia la zona oeste, se pueden hacer kilómetros y kilómetros circundando favelas sin parar. Y sin pacificar. De hecho, son más de la mitad de la ciudad, que en muchos casos además ni siquiera están dominadas por narcotráfico y mucho menos se espera a la policía: quienes mandan son milicias, grupos de expolicías y exmilitares (o incluso en activo), bomberos y otros servidores públicos que funcionan como un grupo mafioso que extorsiona a la población a cambio de supuesta protección y a la que le venden electricidad, internet o televisión, clásico de un régimen de terror, y que gana terreno cada año. Según los últimos cálculos, cuatro de diez favelas de Río están dominadas por la milicia, otras cinco por el narcotráfico y la que resta, por la policía.

Favelas chic

Una favela en el centro de Río de Janeiro. Fotografía: Dany13 (CC).

La comunidad donde vive Roberto es un promontorio que parece hecho a medida para construir una vista alternativa a los tradicionales miradores del Pan de Azúcar o el Cristo. Aunque de momento están paradas las obras del plano inclinado y el teleférico, sabe que llegarán: están en un lugar incomparable. Eso mismo ocurre en las comunidades con balcón al Atlántico. Orográficamente, Río de Janeiro es única: con un espectacular paisaje que conjuga montaña, selva y mar, el decorado es el de una ciudad formal en el asfalto trufado de morros repletos de vegetación y favelas. Y eso se multiplica en la zona sur: a cada barrio rico, una o varias favelas. Tienen vidas separadas pero votan en los mismos colegios electorales, se bañan en la misma playa y bailan en los mismos blocos de carnaval. Hasta el experimento de Santa Marta, aun así, les separaba la barrera de fuego que por primera vez empezó a borrarse. Hay quien vio un futuro en estas comunidades, como Edgar Costa, catalán, treintañero, que se apresuró a comprar una casa en la favela Vidigal, la más fotografiada de Río porque es la que crece a las faldas del morro Dois Irmãos, en la punta del imbatible combo que forman las playas de Ipanema y Leblon. De siempre se ha dicho que Vidigal tiene las mejores vistas, pero pocos extranjeros se aventuraban a vivir de forma permanente pensando que aún había balas perdidas y una ley que no se ajustaba a lo que habían vivido en su país. En cuanto fue pacificada, en 2011, Costa ni se lo pensó: visitó la inmobiliaria que funciona en la favela, en una oficina de cuatro metros cuadrados, y le ofrecieron varias opciones. Una de ellas, con título público de propiedad y por veinticinco mil dólares.

No lo hice por especulación, aunque está claro que si yo me voy antes de los Juegos Olímpicos el valor se multiplicará. A mí me atrae la favela por su forma de vida, pero sin tiros. La pacificación no es perfecta, pero las ventajas en muchos sentidos son obvias. El hecho de que Vidigal forme parte de la zona sur hace que haya gente que venda su casa y el mercado se encarga solito de que entren extranjeros como yo, pero creo que el vecino de la favela se beneficia.

A estas alturas no solo hay extranjeros, sino albergues, hoteles boutique y nuevos emprendimientos cada semana, con servicios propios de barrios ricos en medio de una comunidad. Una favela chic. Mientras, el creciente mercado inmobiliario en las favelas de la fachada litoral sur de la ciudad hace que los precios aumenten como la espuma con la pertinente razón de la demanda, en definitiva una lógica que siguieron los países del norte del mundo, al menos hasta que la burbuja les estalló en la cara.

Y después del Mundial y los Juegos, ¿qué?

Con todo el puzle sobre la mesa, todos se preguntan qué le espera a la ciudad después de los eventos. Todos son la policía, el narcotráfico, los analistas, los habitantes del asfalto y los políticos, pero también sobre todo, los habitantes de favelas como las que componen el complejo de Maré, dieciséis barrios, ciento treinta mil personas. A principios de abril fue ocupado primero por la denostada policía militar, luego por el ejército. Hoy, y al menos hasta que deje de rodar el balón el 12 de julio, pasean tanques, jeeps y sobrevuelan helicópteros verde oliva con soldados pertrechados con fusiles automáticos. Para los vecinos cambia la estampa de forma notoria —uniformados en vez de chavales en bermudas vendiendo droga en la calle— pero el efecto psicológico es muy parecido. Lo dice Eliana Sousa, directora de la ONG Redes da Maré.

Aquí siempre hubo vida cotidiana, trabajamos, estudiamos, tenemos proyectos sociales, militamos, reivindicamos, y la verdad, muchos derechos llegaron (basura, luz, agua) a pesar de los grupos que regulaban la vida cotidiana. No puede ser que en una ciudad la gente vaya armada. Merecemos una experiencia republicana, más que estar solo controlados por otro grupo, aunque se llame policía. Hemos visto toda la vida cómo la policía nos estigmatiza por ser de una favela, y sufrimos por eso, y por eso a veces nos hemos sentido mejor tratados por el narcotraficante que por el policía. Eso tiene que cambiar.

Es tan complicado el presente como aterrador el escenario que ocupa: hay lugares de Maré donde los edificios surgen como coladores al paso de los tanques. En la llamada calle Divisa, las dos principales facciones del narcotráfico de la zona dirimían hasta anteayer sus diferencias a tiros de fusil y mortero, dejando una escena más propia de Oriente Medio que de Brasil. Pero no está a la vista del visitante, ni siquiera ahora que está ocupada por el ejército. Esas favelas, ubicadas en un territorio privilegiado entre las dos principales vías que unen el aeropuerto de Río con el centro, están ocultas tras grandes paneles de metacrilato dispuestos a lo largo de las autopistas hacia la zona noble de la ciudad, lo que sugiere una comparación con la situación general de Río: ¿la pacificación tapa pero no soluciona los problemas? Más adelante Roberto mira el puerto desde su casa y ve un futuro barrio hecho a medida de turistas y gente con recursos pero sin sus pobladores de más de un siglo. ¿Es esto el progreso para toda la sociedad? Él, como tantos afectados, cree que las favelas se desplazan pero no desaparecen, más bien al contrario. Y eso es difícil que lo equilibren un Mundial y unos Juegos Olímpicos.

Una pintada de protesta en la Favela da Paz, una de las más cercana al Estadio Maracaná. Fotografía: Cordon Press.

Klitschko, el héroe radiactivo

Fotografía: Cordon Press.

El 10 de abril del 2004, Vladimir Klitschko y Lamon Brewster subieron a un cuadrilátero de Las Vegas para disputar el título vacante de los pesos pesados de la Organización Mundial del Boxeo. Brewster salió dispuesto a terminar el combate lo antes posible pero la izquierda del pequeño de los Klitschko le frenó en seco. El ucraniano se apuntó fácilmente los dos primeros asaltos y, aunque en el tercero recibió una buena mano, en el cuarto mandó a su rival a la lona. Era su primera pelea en los Estados Unidos. El árbitro contó hasta ocho y Brewster se levantó. Consiguió aguantar en pie lo que quedaba de round pero el trabajo parecía estar hecho. En el quinto asalto, Klitschko buscó el KO impactando una y otra vez en el cuerpo de Brewster sin que este terminara de doblar la rodilla pero, cuando quedaban cuarenta y siete segundos para finalizar el round, todo cambió. Una izquierda de Brewster alcanzó el mentón de su rival. Los plomos se fundieron. Klitschko estaba dañado y solo dos segundos después una nueva izquierda le convirtió en un indefenso muñeco de trapo. Vladimir se dejó caer sobre las cuerdas y escuchó cómo el árbitro le desgranaba una cuenta de protección. «¿Estás bien?», le preguntó. Él contestó que sí pero no era cierto. El combate se reanudó. Quedaban veinte segundos. Veinte segundos que son un agujero negro en la memoria de Klitschko. Cuando sonó la campana no se tenía en pie. Cayó al suelo y, aunque consiguió levantarse, apenas podía abrir los ojos. El árbitro detuvo la pelea. Le sentaron sobre una silla y dejaron que una doctora le examinase. «Tiene las pupilas muy dilatadas, creo que tiene un derrame cerebral», dijo. Desde el accidente de la central nuclear de Chernóbil el caso de enfermos de cáncer en la zona se ha multiplicado. Los casos de tumores de tiroides, de anemia o de bocio tampoco han dejado de crecer. También los casos de hipertensión, que han provocado el fallecimiento de una gran cantidad de personas a causa de derrames cerebrales.

Vladimir Rodionovich Klitschko era oficial en el Ejército soviético cuando la central nuclear de Chernóbil saltó por los aires en la madrugada del 26 de abril de 1986. La división que comandaba fue una de las encargadas de sepultar los restos radiactivos del edificio. Mientras los soldados intentaban paliar la catástrofe, dos niños llamados Vladimir y Vitali Klitschko, hijos de Vladimir Rodionovich, jugaban a los barcos en los charcos que se formaban con el agua radiactiva que provenía de la limpieza de los camiones utilizados en la central. Puede que el efecto de la radiactividad los hubiera transformado en dos superhéroes capaces de convertirse en la primera pareja de hermanos que compartiría el cetro de los pesos pesados, o puede que aquella experiencia estuviera a punto de cobrarse la vida de Vladimir.

No fueron Toro salvaje, ni Cuerpo y alma, ni Más dura será la caída ni Fat City las películas que despertaron en Vitali Klitschko el sueño romántico de convertirse en boxeador, de hecho, Vitali no quería boxear. Le gustaban las peleas, sí, pero las de Chuck Norris, con puñetazos, patadas y pistolas de por medio, pues no en vano su padre le había enseñado a manejar armas desde que era un niño. Vitali aterrizó en el kickboxing, pocos meses después se convirtió en el campeón de Ucrania y, posteriormente, de la Unión Soviética. Sus rivales se desplomaban en un abrir y cerrar de ojos ante aquel gigantón de dos metros convertido en un monumento a la descoordinación y la fuerza. Tras lograr el título soviético se le presentó la oportunidad de defender a su país en un combate que tendría lugar en los Estados Unidos. Aquel viaje le cambiaría para siempre la forma de ver el mundo. Sus ojos bolcheviques apenas podían parpadear ante la fascinante sociedad de consumo: los centros comerciales, las rebosantes estanterías de los supermercados, las autopistas llenas de coches, la Coca-Cola… ¿Cómo era posible que nadie le hubiera hablado nunca de todo aquello? «¿Cómo era posible que hubiese cien tipos diferentes de queso? ¿Pero qué disparate era ese? Solo existe un queso: el queso. ¿Cientos de variedades? Aquello era algo que no me entraba en la cabeza», narró más adelante.

En los últimos estertores de la guerra fría, con la Unión Soviética en plena descomposición y con la nueva Ucrania sumida en una recesión que terminaría con el 60% del PIB del país, el lugar lógico para dos hermanos de más de dos metros acostumbrados a repartir bofetadas era la puerta de alguna discoteca o las espaldas de algún mafioso de nuevo cuño necesitado de protección. Sin embargo los Klitschko prefirieron meter horas al gimnasio y esperar acontecimientos. Un día sonó el teléfono. Era un tal Harald Uhr, director de un club de boxeo amateur del norte de Alemania. Handewitt es un pequeño pueblo del distrito de Flensburg situado en la frontera con Dinamarca. La ciudad apenas cuenta con diez mil habitantes pero presume de un poderoso equipo de balonmano ganador de diversos títulos a nivel europeo. El club de boxeo de la ciudad necesitaba reforzarse y Uhr estaba dispuesto a pagar diez mil dólares y regalar las equipaciones a la selección nacional de boxeo ucraniana a cambio de poder contar con Vitali. Un inesperado positivo por esteroides con un año de suspensión hizo que, por el mismo precio, la operación incluyera también a Vladimir, encargado de suplir la forzada ausencia de su hermano. El pequeño de los Klitschko se preparó a conciencia de cara a los inminentes Juegos Olímpicos que iban a tener lugar en Atlanta. En el momento en el que Vladimir se colgaba la medalla de oro un tipo se acercó hasta Vitali y le pasó un teléfono: «Es Don King», le dijo. El estrafalario promotor por cuyas manos habían pasado boxeadores de la talla de Ali, Tyson o Roy Jones quería reunirse con los hermanos Klitschko.

7 de septiembre del año 96. King vivía en una mansión de Palm Springs de más de mil quinientos metros cuadrados plagados de dorados y símbolos de ostentación. En el jardín, una reproducción en mármol de la Estatua de la Libertad se asomaba al Pacífico y detrás una piscina rodeada de hamacas vacías parecía esperar convertirse en el decorado de una película pornográfica de alto presupuesto. A las diez de la noche King aguardaba a los Klitschko con un contrato bajo el brazo. «Sois los mejores —les dijo—. Vamos a ganar dinero por todo el mundo. Seremos una gran familia feliz». Entonces se acercó al piano y les dedicó una pieza. Tocaba como un auténtico virtuoso. Los ucranianos se miraron admirados por la destreza de aquel «hombre del Renacimiento» que igual organizaba una multimillonaria velada pugilista que tocaba extasiado una partitura de Chopin. «Vi como un pedal se movía solo y me acerqué. El piano tocaba solo, no se trataba más que de un efecto. Me di cuenta, entonces, de que estábamos ante un verdadero actor. Nos largamos de allí», recuerda Vitali.

El rechazo al ofrecimiento de King no significó retraso alguno en el paso de los hermanos al boxeo profesional. Debutaron juntos en Hamburgo el 16 de noviembre de 1996. Vitali lo hizo frente un americano llamado Tony Bradham que aguantó en pie cuatro minutos y medio y Vladimir fue aún más resolutivo y puso a dormir a Fabian Meza en poco más de un minuto. Quince días después ambos repitieron actuación en Viena y esta vez Vitali fue el más rápido: dos minutos frente a los cuatro que necesitó su hermano para acabar con su rival. Los meses siguientes las peleas se sucedieron a razón de una por mes siempre con el mismo resultado: nadie que se ponía frente a los Klitschko era capaz de aguantar más de tres asaltos en pie.

Fotografía: Berlin Beyond (CC).

En tres años Vitali encadenó veintisiete victorias, todas ellas por KO, que le llevaron a alcanzar el título menor de Campeón Intercontinental de la Organización Mundial de Boxeo y, posteriormente, el campeonato de Europa. Con Tyson en el ocaso su carrera pasando más tiempo en la cárcel y los juzgados que en el gimnasio, el verdadero rey de los pesos pesados era Evander Hollyfield que poseía los títulos de la Federación Internacional y de la Asociación. Había expuesto sus cinturones ante Lennox Lewis (campeón del Consejo) con resultado de empate y se esperaba una revancha entre ambos púgiles para noviembre de 1999. Comprometidos esos títulos, el único accesible era el de la desprestigiada Organización Mundial del Boxeo en poder de un británico de origen nigeriano llamado Herbie Hide. Klitschko y él se citaron el 26 de junio de 1999 en Londres. Las apuestas estaban bastante igualadas. Hide era un boxeador discreto con un palmarés plagado de triunfos ante boxeadores igualmente discretos. El único púgil de peso al que se había enfrentado era Riddick Bowe y esa era precisamente la única mancha de su expediente. Sonó la campana y la historia se repitió: en el segundo asalto Hide se fue al suelo y el árbitro entregó el cinturón al campeón ucraniano. No hubo más.

En noviembre del año 1999, Lennox Lewis arrebató las coronas de los pesados a Evander Hollyfield y, pocos días más tarde, el presidente ucraniano Leonid Kuchma designó como primer ministro a Viktor Yuschenko, el respetado presidente del Banco Central del país. El suyo fue un Gobierno efímero pues, en mayo del 2001, sería sustituido por el tecnócrata Anatoli Kujma. Sin embargo, esa derrota fue el primer paso de una victoria que, gracias a su creciente popularidad, tendría lugar en la primera vuelta de las elecciones del año 2004. Entre los seguidores de Yuschenko se contaba Vitali Klitschko. Klitschko había perdido su título a causa de una lesión frente a Chris Byrd y las cinco victorias que siguieron a aquella pelea no habían servido para convertirle en el boxeador respetado que ansiaba ser. Al igual que ocurrió con Yuschenko, el reconocimiento tendría que llegarle gracias a una derrota. El 21 de junio del 2003 fue la fecha elegida para su enfrentamiento con el todopoderoso Lennox Lewis. El combate tuvo lugar en el Staples Center de Los Ángeles. Las apuestas estaban cuatro a uno a favor del británico cuyo último combate había tenido lugar un año antes frente a Mike Tyson. Sonó la campana y Klitschko salió a hacer lo que mejor sabía, noquear a su rival a las primeras de cambio. Cuando había transcurrido un minuto del segundo asalto el puño derecho de Vitali se incrustó en el rostro de Lewis. Fue un golpe brutal. El público lanzó un «Oh» de admiración y Lewis trató de agarrarse desesperadamente al cuerpo de su rival para evitar el KO. Con treinta y seis años y cuarenta combates a sus espaldas Lewis no era precisamente un novato. Capeó el temporal como pudo y consiguió llegar hasta el final del round. «Sigue así, lo estás haciendo muy bien», le repitieron varias veces a Vitali en su esquina. Tenía el combate de cara y el público parecía sucumbir, al fin, ante la potencia de los puños del «Doctor Ironfist». Sin embargo en el tercer asalto, tras un enganchón y mientras los boxeadores permanecían abrazados, un golpe sin fuerza ni recorrido abrió el párpado de Vitali. La sangre empezó a brotar y se encendieron todas las alarmas. Klitschko continuó lanzando golpes y anotándose los asaltos pero la herida del ojo era cada vez mayor. Entre asalto y asalto Joe Souza, su cutman, intentaba detener la hemorragia a base de pegotes de vaselina y de Gelfoam pero en cuanto se reanudaban las hostilidades la sangría regresaba. Finalmente, entre el sexto y el séptimo asalto el médico ordenó detener el combate. Las airadas protestas de Vitali no sirvieron de nada. Se dirigió al público que no dejaba de aclamarle mientras Lennox ni siquiera trataba de disimular su cara de derrota. Fue la última pelea de Lewis y la última derrota de Klitschko, cuyo párpado tuvo que ser restañado con más de ciento ochenta puntos de sutura.

El 4 de abril del 2004, una semana antes de que tuviera lugar la pelea con la que comenzó este relato, Vitali Klitschko y el sudafricano Corrie Sanders se disputaron el título que Lewis había dejado vacante. Sanders venía de derrotar precisamente a Vladimir con lo que se repetía la paradoja de un hermano teniendo que vengar la derrota del otro tal y como había sucedido en el 2000 frente a Chris Byrd. No fue un combate brillante. Tras dos primeros asaltos de desconcierto Klitschko fue imponiendo su estilo ante un Sanders que lo fiaba todo a un golpe de fortuna. En el octavo asalto el árbitro John Scorle detuvo la pelea y colgó de la cintura de Vitali el cinturón de campeón que ya nadie le podría arrebatar.

Los Klitschko regresaron a Ucrania donde, pocos meses después, estaban previstas unas elecciones presidenciales que enfrentarían a Yuschenko con el primer ministro saliente Viktor Yanukovich. Los comicios se presentaban muy reñidos. Apenas un mes antes de que tuvieran lugar Yuschenko fue envenenado con dioxina. Con el rostro desfigurado por el veneno Yuschenko se impuso en la primera vuelta por el estrechísimo margen de medio punto. Ante el temor a la derrota, los partidarios de Yanukovich llevaron a cabo «falsificaciones masivas de papeletas» tal y como, semanas después, reconocería el propio Tribunal Supremo del país. Con su líder al borde de la muerte y la certeza del pucherazo electoral cientos de miles de ucranianos comenzaron a concentrarse en la plaza de la Independencia exigiendo nuevos comicios en lo que fue conocido como la Revolución Naranja. La repetición de las elecciones tuvo lugar el 26 de diciembre del 2004 y, esta vez sí, Yuschenko se llevó la victoria con el cincuenta y dos por ciento de los votos frente al cuarenta y cuatro de Yanukovich.

Vitali Klitschko entró a formar parte del equipo de asesores del nuevo presidente y en el año 2006 optó a la alcaldía de Kiev liderando una alianza cívica de partidos. No consiguió el triunfo, cosa que sí hizo Vladimir en el cuadrilátero logrando finalmente que dos hermanos simultaneasen el cetro mundial de los pesados por primera vez en la historia.

Con el paso de los meses la derecha política del país que había protagonizando la Revolución Naranja se fue atomizando y quienes habían sido aliados comenzaron a ser rivales. El presidente Yushenko destituyó a su primera ministra Yulia Timoshenko a pesar de lo cual, «la Princesa del Gas», se convirtió en la líder de la derecha en detrimento de la oficialista Nuestra Ucrania. Entre tanto Klitschko fue conformando un ideario político plagado de buenas intenciones que partía de la idea de que Ucrania debería mirarse en el espejo de la Unión Europea y no tanto en el de Rusia. Con un discurso liberal en lo económico que ha llevado a su partido UDAR a convertirse en observador dentro del Partido Popular Europeo, Klitschko defiende bajadas de impuestos para estimular el crecimiento económico, así como la lucha contra la corrupción y la reforma del sistema judicial para democratizar el país. El encarcelamiento de Timoshenko y su participación en las protestas contra el depuesto presidente Yanukovich han ido otorgando a Klitschko un protagonismo que le permite afrontar con ciertas posibilidades las elecciones presidenciales previstas para el próximo 25 de mayo.

Fotografía: Cordon Press.

 

Kickstarter Brought This App Back From Yahoo’s Corporate Hell

Yahoo killed Andy Baio’s baby. And Kickstarter is bringing it back to life. A year ago, Yahoo shuttered Upcoming.org, the cool community events service Baio built in his spare time and sold to the web giant at the dawn of the social networking movement. When Yahoo said the service was shutting down, Baio bemoaned what […]






Google, Facebook, And More Than 100 Tech Companies Come Together To Defend Net Neutrality

The tech industry breaks its silence.

Hisham Ibrahim/Hisham Ibrahim

This afternoon, a coalition of over 100 tech companies wrote a joint letter to the FCC standing in favor of net neutrality.

Since news of an FCC proposal that could threaten Net Neutrality broke on April 23rd, tech companies have remained silent, while open internet activists have led the charge against the FCC.

While the proposal is vague and offers no suggestions for reform or avenues of protest, the letter boasts a list of many of the tech industry's most prominent companies like Amazon, Dropbox, Ebay, Etsy, Facebook, Foursquare, Google, LinkedIn, Microsoft, Netflix, Tumblr, Twitter, and Yahoo.

Dear Chairman Wheeler and Commissioners Clyburn, Rosenworcel, Pai, and O'Reilly: We write to express our support for a free and open internet. Over the past twenty years, American innovators have created countless Internet-based applications, content offerings, and services that are used around the world. These innovations have created enormous value for Internet users, fueled economic growth, and made our Internet companies global leaders. The innovation we have seen to date happened in a world without discrimination. An open Internet has also been a platform for free speech and opportunity for billions of users.

The Commission's long-standing commitment and actions undertaken to protect the open Internet are a central reason why the Internet remains an engine of entrepreneurship and economic growth.

According to recent news reports, the Commission intends to propose rules that would enable phone and cable Internet service providers to discriminate both technically and financially against Internet companies and to impose new tolls on them. If these reports are correct, this represents a grave threat to the Internet.

Instead of permitting individualized bargaining and discrimination, the Commission's rules should protect users and Internet companies on both fixed and mobile platforms against blocking, discrim- ination, and paid prioritization, and should make the market for Internet services more transparent. The rules should provide certainty to all market participants and keep the costs of regulation low.

Such rules are essential for the future of the Internet. This Commission should take the necessary steps to ensure that the Internet remains an open platform for speech and commerce so that America continues to lead the world in technology markets.

La avispa dementor capaz de convertir a una cucaracha en zombi

Nuestra Madre Tierra nos recuerda que la fantasía puede volverse  realidad, aunque sea en el mundo de los insectos. En la última edición de la revista científica PLOS ONE se publica un artículo dedicado a una especie de avispa endémica de Tailandia, que adopta el nombre científico de Ampulex dementor. Si les suena a Expecto Patronum, claro, no están equivocados: el nombre hace referencia al universo de Harry Potter.

Los dementores, carceleros de Azkaban, tienen la capacidad de dar el beso de la muerte y absorber la vida de su víctima hasta dejarlo vacío por dentro. Algo parecido ocurre con la avispa dementor, sólo que en lugar de aterrorizar a magos y muggles, es la peor pesadilla de las cucarachas.

Para lograr su reproducción, la avispa dementor convierte a una cucaracha en un muerto viviente con una sola picadura de su aguijón. La avispa inyecta su veneno justo en la cabeza de su víctima con una dosis letal de neurotoxinas. Entonces la cucaracha se convierte en la madriguera del dementor, que deposita los huevos en su interior; mientras maduran, van consumiendo el cuerpo de su huésped.

© Michael Ohl / PLOS ONE © Michael Ohl / PLOS ONE

Michael Ohl, científico que firma el artículo, y el Museo de Historia Natural de Berlín lanzaron una convocatoria para nombrar esta nueva especie de avispa, con el fin de atraer el interés hacia la biodiversidad y el descubrimiento de nuevas especies — como esas actividades abiertas al público en general donde los zoológicos piden sugerencias de nombres para los bebés recién nacidos.

Esta vez la convocatoria funcionó de maravilla. Entre los nombres sugeridos, el más popular fue Ampulex dementor — y, además, le queda "como anillo al dedo" —. De acuerdo con una declaración de Ohl, los asistentes a la presentación mostraron un real interés por la especie, quienes se acercaron a preguntar más detalles sobre el dementor.

Esta no es la primera especie en adoptar su nombre taxonómico de la cultura pop, geek o friki. Recordemos que hace unos meses les platiqué sobre Chewbacca, un murciélago que toma su nombre por el parecido al wookie más famoso de toda la galaxia. Así el Reino Animal continuará tomando referencias... ¿Qué seguirá?, ¿un lagarto Godzilla? Piénsenlo.

Fuente: The Dementor Wasp: New species of insect that can turn cockroaches into zombies named after Harry Potter character (Independent)


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