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Por qué creemos en monstruos

Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro.

Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro.

Y cuando digo monstruos, no es una metáfora. Me refiero a monstruos de verdad. Seres espantosos que habitan en lo profundo de los bosques, en los abismos de lagos y océanos, en las montañas o, quizá, en el espacio exterior. Se diría que, tras una década final del siglo XX en la que lo paranormal pareció perder su encanto, las incertidumbres del nuevo milenio y las horas muertas de internet nos han traído de vuelta a los queridos mitos de masas del siglo XX: ovnis, críptidos, astronautas en la antigüedad y también, aunque quizá más discretamente, fantasmas y otras manifestaciones del mundo espiritual que ya parecían un poco fuera de lugar en el materialista siglo pasado. Quizá no sea casual que un programa aparentemente menor, casi escondido en la parrilla, como Cuarto Milenio se haya convertido en el más longevo de su cadena aparte de los informativos y alcance la más que respetable marca en la televisión actual de nueve temporadas consecutivas. (En el clima mesiánico que rodea casi todo lo relacionado con el dospuntocero, he llegado a leer a algún gurú del nuevo periodismo que internet acabaría, o había acabado ya, con las pseudociencias. Lo que apenas es un poco menos ridículo que pretender que acabe con las fotos de vacaciones o el porno). Y si piensan que esto de creer en arcanos y conspiraciones inverificables es cosa de cuatro chalados, les sugiero abrir Facebook y darse una vuelta por los muros de sus amistades.

De modo que el final del siglo XX, con sus neurosis y obsesiones, no ha enterrado ese particular corpus de creencias, alumbrado por profetas como Charles Fort y H.P. Lovecraft, y estrechamente relacionado con la creación, por primera vez en la historia, de una verdadera cultura de masas a través de las publicaciones populares, el cine, la radio y la televisión. De hecho, algunos de sus proponentes actuales, caso de RafapalGiorgio Tsoukalos, hacen parecer a Jiménez del Oso un respetable y aburguesado escéptico. Así que persiste la pregunta que da título a este texto. La cuestión es, por supuesto, complejísima, y probablemente ni siquiera pueda plantearse de una manera resoluble. Pero veamos algunos datos y algunas posibles claves.

Abominable Science es un libro reciente de Daniel Loxton y Donald Prothero que trata de arrojar luz sobre el contexto biológico y ecológico, pero sobre todo histórico, de un puñado de mitos de la criptozoología: el Bigfoot, el monstruo del lago Ness, el yeti, la serpiente de mar y el Mokele Mbembe (un supuesto dinosaurio centroafricano). Se trata de una obra recomendable y muy cuidada, aunque el profano quizá encuentre excesivas casi cuatrocientas páginas dedicadas a discutir lo que sin duda son bobadas de gente con mucha imaginación. De hecho, si Loxton es un escéptico procedente (como tantos) de la creencia paranormal, y no puede evitar un cierto cariño por los mitos que analiza, Prothero es un reputado paleontólogo que trata a sus monstruos con bastante menos paciencia y delicadeza. Incluso el capítulo final aparece partido de forma un tanto extraña entre las conclusiones más amables de uno y las más beligerantes del otro.

Nos interesa aquí precisamente ese último capítulo, que recoge datos procedentes de la Encuesta Baylor sobre religión 2005. Un estudio que se refiere a EE. UU., pero del que seguramente podemos tomar ideas sugerentes, al margen de las consabidas diferencias culturales. Por ejemplo, un 73% de estadounidenses declara tener al menos una creencia paranormal de una lista de diez ofrecida por los encuestadores; un 57% cree en al menos dos, y un 43% en tres o más. Siguiendo el libro de los sociólogos Bader, Mencken y Baker Paranormal America, Loxton y Prothero se enfrentan a un tópico frecuente: las personas con creencias paranormales son intelectual y socialmente «diferentes». Pero, a juzgar por la Encuesta Baylor, la normalidad de los escépticos es muy relativa: menos de un tercio de encuestados afirma no aceptar ninguna de las creencias paranormales que se le proponen. Como señalan Bader y compañía, más que distinguir de forma tajante entre crédulos y escépticos, la realidad social nos sugiere hablar de grados de credulidad.

Algunos datos más para enfriar la recurrente tendencia de ateos y escépticos (entre los que me incluyo, por si hace falta aclararlo) hacia la autocomplacencia. Por ejemplo, los encuestados que declaraban no ser fieles de ninguna religión mostraban una mayor probabilidad a creer en fenómenos como las casas encantadas que los protestantes evangélicos. Y, como quizá fuera de esperar, los casados creen menos en lo paranormal que los solteros; pero, y esto seguramente les sorprenda, los miembros de parejas que conviven fuera del matrimonio muestran una probabilidad notablemente mayor que unos y otros. Otros resultados vienen a coincidir a grandes rasgos con mis intuiciones, como el hecho de que las mujeres muestran cierta predilección por creencias de tinte espiritista o astral, mientras que los ovnis son ante todo cosa de hombres. Aunque las conclusiones a las que pretendamos saltar desde aquí seguramente se tambaleen al saber que las mujeres creen más que los hombres en críptidos (yeti, Nessie, Bigfoot…), si bien la diferencia es pequeña y probablemente poco significativa. Y otra sorpresa: según la ideología, los más creyentes en lo paranormal son los independientes, seguidos de demócratas y republicanos. Seguramente el orden inverso que anticiparíamos desde nuestros prejuicios.

Lo que no parece predecir la creencia, pese al tópico, es el aislamiento social o la no participación en actividades comunitarias. Sí, en cambio, en sentido inverso, el grado de conformidad con lo que los autores llaman «estilos de vida convencionales»: educación formal, matrimonio, religiosidad convencional. Como ellos mismos señalan, probablemente quienes han invertido más en conformidad y normalidad perciben como costes las desviaciones respecto a la norma. Esto significa también que tanto los menos educados como las élites hipereducadas pueden abrazar creencias paranormales con mayor frecuencia en la medida en que estas los distinguen del comportamiento conformista de los estratos medios de la sociedad.

A estas alturas ya se habrán dado cuenta de que aquí no se va a responder, siquiera de forma tentativa, a la pregunta del título. Pero, antes de acabar, un par de reflexiones sobre magufismo y escepticismo. Uno: los mitos paranormales son creencias extraordinariamente resistentes y plásticas, responden a realidad psicológicas y sociales profundas y constituyen una manifestación significativa de la cultura de masas. Ríamonos de ellos, critiquemos sus efectos negativos, analicemos su genealogía, expongamos a los charlatanes. Pero no caigamos en la ingenuidad de pensar que vamos a acabar con ellos escribiendo artículos muy ingeniosos que solo leemos entre nosotros y tuiteando en broma desde nuestro sofá cada edición de Cuarto Milenio. Probablemente, un porcentaje de la sociedad siempre albergará creencias estrafalarias por variadas razones. Dos: los creyentes de lo paranormal no son por lo general émulos de Unabomber, sino gente como ustedes y como yo. Y vuelvo al ejemplo de Facebook. Un paseo por sus timelines les puede arrojar una buena colección de memes conspiranoicos, bulos políticos, paranoia antiantenas o antitransgénicos, etc. Quizá alguno de ustedes ha compartido hoy mismo una de estas cosas. Dudo sinceramente que podamos ser más racionales respecto al lago Ness de lo que lo somos respecto a la política o la economía. Al fin y al cabo, a diferencia del magufismo político, Nessie nunca ha matado a nadie.

Las rebajas, el prozac y todo lo demás

Marilyn Monroe posando para los fotógrafos después de una actuación en el área de la División de Infantería. EEUU, 17 febrero de 1954. (DP).

Marilyn Monroe posando para los fotógrafos después de una actuación en el área de la División de Infantería. EE. UU., 17 febrero de 1954. (DP).

Sentada a las puertas del probador, abrazando bolsas, bolsos y abrigos que no me pertenecían, el otro día me vino a la cabeza la noticia que publicaba The Daily Mail hace poco más de un mes: «Un hombre se suicida en un centro comercial tras pasar cinco horas de compras con su novia».

Según el diario británico esto pasaba en China. Y como acostumbran las noticias que nos llegan de este país, la letra pequeña era tan digna de estudio como la de un contrato leonino.

Al parecer, Tao Hsiao de treinta y ocho años, decidió saltar por el balcón del centro comercial cuando su novia le reprochó a gritos que era un tacaño por no dejarla comprar más zapatos. Damos por supuesto que el hombre tendría más razones que esa bronca para acabar con su vida, pero, volviendo al tema de soportar un día de rebajas, me acordaba de Tao y llegué a entender su desespero.

Ir de tiendas, de compras, de shopping, o como se le quiera llamar se ha convertido en una forma de ocio. Pero aquí hay algo que no me cuadra. El ocio es, según la RAE, la diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio que se toman regularmente por descanso de otras tareas. «Reposo, ingenio y descanso», tres conceptos que no encajan en lo que yo, a fecha de hoy, conozco como ir de compras, pero vamos, seguro que esto es solo cosa mía.

Si se supone que uno pasa sus ratos libres haciendo aquello que le gusta, que le divierte, que le inspira y esto es comprar, ¿por qué no veo a gente feliz mientras compra? Miraba las caras de esa gente en las tiendas y no desprendían felicidad. No veo gente sonriendo mientras hacen cola para pagar, ni mientras rebuscan entre las estanterías esa ganga que prometen los carteles del escaparate. Tampoco veo que la gente sea feliz cuando un fabricante decide tomar como modelo el palo de una escoba para diseñar vaqueros que no sientan bien a ningún cuerpo. Son cosas que no hacen gracia a nadie y, sin embargo, puede decirse que acumular pertenencias —y comprarlas— produce un no sé qué en el cerebro que nos hace sentir felices.

En un país como España con un 26 % de tasa de paro, fomentar el consumo para estimular la economía se sigue tomando como el modelo más viable para salir de la crisis. Esta idea ya la defendía a principios del siglo XX el economista Bernard London en su libro The New Prosperity. En 1933, cuando EE. UU. no sabía cómo afrontar la Gran Depresión y tenía un 25 % de desempleo, London propuso reactivar la economía fomentando el consumo entre la población mediante la obsolescencia programada obligatoria. Este concepto significaba poner una fecha de caducidad a todos los productos para, pasado ese tiempo de uso «legal», ser retirados y destruidos por el Estado. De esta manera la producción no cesaría y, como consecuencia, el empleo tampoco.

En el documental Comprar, tirar, comprar de Cosima Dannoritzer (2011), se explica el origen de la obsolescencia programada. Con la Revolución Industrial había que equiparar el ritmo de consumo al de la producción, así que por un lado se tenían que hacer productos menos duraderos y, por otro, hacer que el consumidor incorporase en su vida el hábito de compra como una diversión y no como un proceso por necesidad.

Hacia los años cincuenta en Estados Unidos la obsolescencia programada se instauró aunque ya no se trataba de obligar a comprar como proponía London sino de seducir al consumidor. Brooks Stevens, diseñador industrial americano, fue uno de los defensores de la obsolescencia programada, promoviéndola en charlas y congresos al definirla como el deseo del consumidor por poseer algo más nuevo un poco antes de lo necesario. Ahora, decía, nadie compra porque se le obligue, sino por su propia voluntad.

Bueno, lo de que nadie nos obliga literalmente, es cierto, pero es bastante cuestionable. Si no, ¿qué objetivo tiene la publicidad? No siempre compramos porque lo que teníamos se ha hecho viejo o se nos ha roto, verdad. Es cierto que nadie nos pone una pistola en la nuca diciendo que compremos, pero sí nos ponen la cabeza como un bombo a martillazos de mensajes publicitarios, ya sean en formato spot, en luces navideñas o a modo briconsejo desde el Ministerio de Economía para incentivar el consumo. El caso es que la mayor parte de las veces, compramos por evasión más que por necesidad.

Mujeres en un taller de confección de moda. Eslovenia, 29 Junio 1961. Foto: Danilo Škofič (CC).

Mujeres en un taller de confección de moda. Eslovenia, 29 junio 1961. Foto: Danilo Škofič (CC).

Robert y Edward Skidelsky, autores del libro ¿Cuánto es suficiente?, sostienen esto mismo que acabo de decir yo, pero de una manera más cruel. Dicen que el consumismo acalla la inquietud de los trabajadores sobre el ocio que desearían tener, así el acto de comprar es una compensación para aliviar su frustración fruto de sus jornadas laborales. Además, creando estas necesidades artificiales, se garantiza lealtad de los trabajadores a la ética del trabajo. Vamos, que si nos despiertan las ganas de tener cosas, le daremos un sentido a invertir gran parte de nuestro tiempo en trabajar para poder obtenerlas.

Por otra parte, la posesión está ligada al éxito y a la autoestima. Alain de Botton, en su obra Ansiedad por el estatus, dice que el que se nos valore más, el proyectar una imagen positiva de nosotros mismos a los demás está socialmente ligado a poseer cosas como indicador de éxito social. Nuestra felicidad y nuestra autoestima depende en gran parte de lo que los demás piensan sobre nosotros. Así, nos sentimos guapos cuando la gente nos dice que lo somos; más inteligentes si nuestro entorno piensa que lo somos, y nos hacemos nuestro propio mapa mental de quiénes somos por lo que nos llega de los demás, en lugar de lo que pensamos de nosotros mismos. Piensen si no, en el efecto que tienen las redes sociales en nuestro ego.

Si entendemos este concepto de amor propio y todo lo que conlleva, rápidamente comprenderemos qué nos mueve a hacer las cosas que hacemos en nuestra vida, pero lo que ahora nos ocupa es la relación que tiene nuestra autoestima con la manera en la que compramos. En este sentido, economistas y sociólogos han identificado tres categorías de bienes según el estatus:

Bienes bandwagon o bienes de subirse al carro: Son los bienes que se desean porque otros ya los tienen. Lo que nos mueve a tenerlos son la envidia o la necesidad de identificarnos con el grupo.

Bienes esnob: su deseo viene movido por la idealización de ser exclusivo y diferente porque poseerlos nos distinguen de la gran masa. Evidentemente, muchos de los bienes que empiezan siendo esnobs, acaban siendo del tipo bandwagon. Stephen Bayley, asesor de moda, reflexionaba en el documental Estado de ansiedad, basado en el libro de Alain de Botton, sobre la diferencia que existe entre que un producto te atraiga por su diseño o por lo que significa. Cuántas veces nos hemos comprado algo que nos encanta por su diseño, pero dejamos de usarlo porque nos sentimos parte del rebaño cuando vemos que lo lleva todo el mundo.

Bienes de Veblen (Throstein Veblen era un teórico estadounidense que acuñó el concepto «símbolos de estatus» en el libro Teoría de la clase ociosa): Estos bienes son los más caros de todos y lo seguirán siendo, porque son marcadores de riqueza. Viene de la mano del efecto bling, que consiste en que cuanto más alto es el precio de una marca, más exclusiva es y no pueden bajar el precio porque ese es su atractivo. Estos artículos significan que quienes los poseen prácticamente no tienen la necesidad de trabajar.

Las marcas saben esto, así que tienen el manual de instrucciones necesario para tocar con éxito la tecla de ganar clientes. Naomi Klein en su libro No Logo, teoriza sobre esta identificación de las personas con los valores de una marca de la que hablamos. Los logos y, por tanto, las marcas, venden ideas más que productos, hasta tal punto que han ido desplazando al pequeño fabricante anónimo ya que no importa tanto la calidad de lo que compramos sino los valores que transmite lo que poseemos.

La obsolescencia programada, la influencia de la publicidad, el materialismo como indicador de éxito social y las facilidades que tenemos actualmente para comprar cualquier tipo de producto inmediatamente, son factores estimuladores del hábito de compra que destaca la doctora Susana Jiménez, responsable de la Unidad de Juego Patológico y otras Adicciones Comportamentales del Hospital Universitario de Bellvitge (Barcelona). Estos factores, según la Dra. Jiménez, pueden llevar al consumidor a padecer trastorno de compra compulsiva.

La accesibilidad a la compra aquí y ahora también ha quedado recogida como estímulo del consumismo en el último informe sobre la Sociedad de la Información en España elaborado por la Fundación Telefónica. En este informe se revela que el smartphone impulsa las compras compulsivas hasta tal punto que el 81% de las adquisiciones realizadas a través del móvil no estaban previstas.

Aun así, no he venido aquí a sembrar el pánico. Todo esto son datos que he podido recopilar mientras acompañaba a mis amigas a que, como la novia de Tao, comprasen más zapatos de los que serán capaces de usar. Moraleja: las rebajas no solo pueden hacernos más guapos, más felices y mejor considerados, también nos hacen más listos. Si no, miren todo lo que he aprendido con mucho aburrimiento y un smartphone en un día de rebajas.

¿Qué horror arquitectónico español habría que demoler urgentemente?

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La Guerra Fría fue un periodo histórico plagado de tensiones, siempre bajo la amenaza latente de la destrucción mutua asegurada, pero sin duda el aspecto más escalofriante fue el desarrollo de la llamada bomba de neutrones. De ella se decía que mataba a la gente, pero que dejaba intactas las infraestructuras. O sea, que si caía una en Benidorm, Madrid o Bilbao arrasaría toda su población… ¡Y encima dejaría en pie sus edificios! Mire, es que eso ya es ensañarse, señora, es ir a mala leche. De manera que ya ni siquiera un holocausto nuclear podría librarnos de los aberrantes engendros que asolan nuestro país. Por ello queremos tomar la iniciativa y plantear qué obra arquitectónica española debería ser erradicada hasta sus cimientos. Teniendo en cuenta que en esta breve lista son todos los que están, pero no están todos los que son, quedan invitados nuestros lectores a añadir sus sugerencias. No vale incluir edificios que contengan redacciones, que les veo venir.

El Valle de los Caídos, en San Lorenzo del Escorial

Foto de Håkan Svensson (CC)

Foto de Håkan Svensson (CC)

Esto tiene de monumento histórico a preservar lo que una pintada a favor de ETA de mural artístico. Es mencionar que semejante espanto debería ser dinamitado con saña hasta que el fragmento más grande apenas sea una molestia si se te introduce en el zapato, e inevitablemente cabe esperar una respuesta del tipo «ya están los progres intentando reescribir la historia». Pero no es solo por eso. Es que es muy feo, mírenlo. Es que podríamos lanzar vítores a la televisión cada vez que viéramos en un informativo a Gallardón y seguiríamos pensando lo mismo acerca de esta obra arquitectónica.

Palacio de Congresos, en Oviedo

Foto de Martpan (CC)

Foto de Martpan (CC)

Un día vas paseando tranquilamente por Oviedo, entre amables edificios de viviendas, y te encuentras, al doblar una esquina, con una especie de criatura gigantesca agazapada en mitad de la ciudad, con la cabeza apenas oculta en un agujero del suelo. Dicen que se trata del Palacio de Exposiciones y Congresos Ciudad de Oviedo, pero a nosotros no nos engañan: es un emisario de Cthulhu. Desproporcionado, exagerado y sin sentido de escala urbana, por si acaso no deberíamos meternos mucho con este edificio no se vaya a despertar. Extra point: es un diseño de Santiago Calatrava (obra carísima, polémica, con juicios de por medio, con partes móviles que no se mueven, etc.), así que este mamotreto viene apadrinado, con garantía de calidad.

La Sagrada Familia, en Barcelona

Foto de Vitold Muratov (CC)

Foto de Vitold Muratov (CC)

¿Por qué Dios se enfadó tanto con la Torre de Babel y se queda mudo ante lo que está pasando en Barcelona desde hace tantas décadas en un edificio para, supuestamente, mayor gloria suya? ¿O debemos conservar la esperanza en que su venganza está por llegar y será terrible? Como bien dice nuestro estimado Félix de Azúa: «es un edificio de Las Vegas, como esos casinos que hacen imitando a Venecia, Egipto…. En Barcelona han hecho un edificio que es un Gaudí falso de arriba abajo; ridículo, hortera, que solo interesa a los católicos y a los turistas». Poco más podemos añadir sobre esta basílica tuneada con tanta desmesura. Y encima está a medio hacer.

Kursaal, en San Sebastián

Foto: dominio público.

Foto: dominio público.

Seguro que si le ponen delante un plano del Kursaal sin decir que va a ser un edificio firmado por Rafael Moneo pensaría que es un chiringuito de diseño donde sirven gintonics de quince euros, siete especias y una docena de verduras. Eso siendo generosos, porque también parecen unas chabolas extraordinariamente resistentes que ha traído el temporal y ha dejado varadas en la playa. Sí, en la playa: ¿dónde están los ecologistas cuando se les necesita? Si tratamos de describirlo objetivamente, sin pasión, el Kursaal son cubos recubiertos de placas de uralita pija: el resultado que obtendríamos si lleváramos un decorador a un asentamiento de la Cañada Real. Paciencia; esperemos que la próxima ciclogénesis explosiva se lo lleve mar adentro.

Benidorm

Foto de Stephen (CC)

Foto de Stephen (CC)

Así, entera. Los ingleses nos piratearon durante siglos y llaman bigotudas a nuestras mujeres, los alemanes nos plantean toda clase de asfixiantes exigencias económicas mientras nos tachan de vagos, los franceses son franceses todo el rato. Benidorm es nuestra justa venganza contra todos ellos. Esta abominación mediterránea, la ciudad con mayor número de rascacielos por habitante del mundo, es una especie de campo de concentración benévolo al que la gente acude voluntariamente no se sabe muy bien por qué. Todo en ella es feo, degradante, hortera y masificado. Además el que esto escribe con apenas cinco años se perdió allí y su familia tardó un buen rato en encontrarlo. Qué mal rato.

Museo Guggenheim, en Bilbao

Foto de Xavier Estruch (CC)

Foto de Xavier Estruch (CC)

Que sí, que ahora todo el mundo es muy entendido y busca metáforas delirantes entre el titanio, las formas ondulantes y su concepción como edificio-escultura con la idiosincrasia bilbaína y vasca en general. ¿Usted es de los que ven una rosa futurista o un barco varado? Beba otro trago e inténtelo de nuevo. O tal vez solo perciba al emperador desnudo puesto que es un monumento al ego metido con calzador en una ciudad. Las cosas se ven con más escepticismo si conoces sus orígenes: Frank Gehry lo plantó ahí como lo podía haber diseñado para Los Ángeles. Y no es un ejemplo al azar. Seamos honestos, este edificio no encaja para nada con el entorno. Tanto es así que, como todo dueño que quiere acabar pareciéndose a su perro, Bilbao ha repoblado la zona con edificios singulares para que el Guggenheim no se sienta solo.

La Torre Agbar, en Barcelona

Foto de Chris Chrissss (CC)

Foto de Chris Chrissss (CC)

Los rascacielos forman el skyline de una ciudad y se suelen convertir en una de sus principales señas de identidad. Son atractivos, modernos e impresionan con su altura. Son un símbolo de poder. Así que es realmente difícil erigir uno que se convierta en algo estrafalario, pero puede hacerse. No cuesta imaginarse qué pensarían cada una de las autoridades competentes contemplando los bocetos de este pepino cuando aún era solo un proyecto: «hum, este rascacielos tiene una forma curiosa ciertamente, una forma de… vibrador. Joder, es que es a lo único que se parece, a un vibrador gigante. Pero si lo digo quedaré como un pervertido o un anticuado, así que diré que me gusta su apariencia innovadora y que sean los otros los que lo echen atrás». Pero al final nadie se atrevió a dar el paso y ahí está el resultado. Además de la forma, está el color. Leemos en la Wikipedia que el sistema de iluminación del edificio fue bautizado por su creador Yann Kersalé como Diffraction y definido como «una vaporosa nube de color que busca el efecto moire». En fin.

Palacio de Festivales, en Santander

Foto de Losmininos (CC)

Foto de Losmininos (CC)

La leyenda cuenta que, cuando se inauguró el Palacio de Festivales, se asemejaba a un perro en pose amistosa. Pero la mala suerte quiso que el can asomara el hocico a la bahía que bañaba sus pies y, del susto al ver su imagen reflejada en el agua, estiró la pata de un ataque al corazón. Es la analogía más acertada: la de un perro muerto panza arriba, porque la verdad es que no hay por dónde cogerlo. Tiene aires egipcios con una entrada faraónica desde la cota inferior con no menos de siete millones de escalones, reminiscencias musulmanas por los cuatro minaretes en sus extremos, e inspiración vasca, puesto que una de sus fachadas es un monumental frontón enchapado. Sus defensores esgrimen que es una obra que hay que verla en barco, desde la distancia. Estamos de acuerdo: a cuanta más distancia estemos, nos parece mejor.

La catedral de Santa María la Real de la Almudena, en Madrid

Foto de Fatima Cáneba (CC)

Foto de Fatima Cáneba (CC)

Estamos viviendo una situación económica y política tan complicada que el tradicional autodesprecio español durante estos últimos años se ha acentuado aún más. Pero es innegable que tenemos también cosas buenas. Entre ellas un patrimonio cultural de incalculable valor, en el que podemos incluir una gran cantidad de catedrales de excepcional belleza. Pues bien, la de la Almudena no es una de ellas, de hecho en comparación sale muy mal parada la pobre. Lo cual resulta un tanto sangrante teniendo en cuenta que está en la capital de España. Le falta poco para ser un edificio ministerial y su valor histórico es aún menor si cabe (se comenzó a construir a finales del siglo XIX). En las guías turísticas dicen del museo que acoge que «la visita resulta más interesante de lo que podría parecer en un primer momento». No es la descripción más entusiasta jamás escrita, la verdad.

Metropol Parasol, en Sevilla

Foto de David Borrallo (CC)

Foto de David Borrallo (CC)

Siempre pensamos que los champiñones brotaban en zonas sombrías, pero a la vista de esta obra parece que estábamos equivocados. Popularmente conocidas como Setas de la Encarnación, su nombre resulta apropiado puesto que deja un regusto a viaje psicotrópico. Y no es para menos, toparte de repente con unos parasoles extravagantes que parecen construidos con cartón por textura y color, dejan fuera de juego a cualquiera que no haya consumido sustancias estupefacientes. En su defensa podemos decir que pueden subir por ellas, bajar, volver a subir… Hum, también dan sombra… ¿hemos dicho que se pueden subir por ellas? En definitiva, son unas setas multitarea. Aconsejamos su visita si se quieren sentir como un pitufo o un gnomo.

¿Qué horror arquitectónico añadirías?

Silk Road y el pirata Roberts: un descenso a los infiernos de internet

ROBERTS

El pirata Roberts en una escena de La princesa prometida. Fotografía: Twentieth Century-Fox Film Corp.

Apesta a leyenda urbana, no diga que no. Sepultada en las profundidades de internet existe una enigmática web secreta llamada Silk RoadRuta de la seda, en inglés— en la que se compra y vende con toda libertad cualquier cosa que cumpla una sencilla condición: que sea muy, muy ilegal. Drogas, armas o identidades falsas, por ejemplo. Y en algunas versiones del mito hasta pornografía para todas las inclinaciones o los servicios de ladrones y sicarios, porque en esta zona franca de internet nos amparan los arcanos de la Deep Web y no hay nadie mirando. A Silk Road no llega la autoridad, ni moral ni de la otra. Está blindada y además la policía no se asoma por las latitudes abisales de la red. Están excavadas a demasiada profundidad.

Al principio muchos dijeron que Silk Road era un hoax más de los que se propagan por internet y con razón, porque suena demasiado romántico para ser verdad. Demasiado a folclore conspiranoico del que hace correr ríos de bits y demasiado a Eyes Wide Shut cuando Tom Cruise descubre la contraseña «Fidelio» e ingresa en aquella sociedad secreta de gente tan chunga y enmascarada. Eso cambió hace unos meses, sin embargo, cuando los agentes del FBI echaron abajo la puerta de una pequeña casa en las afueras de Salt Lake City y detuvieron a su morador, un joven abuelo de cuarenta y siete años sin oficio conocido que vivía honradamente con su familia y ejercía como voluntario en una asociación que ayuda a niños con dificultades en el aprendizaje. De los que siempre saludaban en la escalera, para que usted me entienda.

El FBI actuó para proteger su vida porque alguien había comprado su muerte a través de Silk Road, pero sobre todo para procesarlo, ya que Curtis Clark Green también formaba parte de la jerarquía del gran bazar de droga online. De hecho trabajaba directamente para el misterioso caudillo de la web, alguien que se hace llamar Dread Pirate Roberts, que por cierto era quien quería asesinarle. Curtis Green, alias Chronic Pain, está hoy a salvo en la cárcel y a la espera de su propio juicio por narcotráfico, aunque no reconoce más que su asociación profesional con la web y asegura que no conoce personalmente a Roberts. La operación policial se llamó «Marco Polo» y se saldó con el cierre fulminante de Silk Road el octubre pasado, aunque los bajos fondos de internet han vuelto a abrir. O, de nuevo, eso dice la leyenda.

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El bloqueo del FBI sobre Silk Road en octubre de 2013. Fotografía: David Colbran / Demotix / Cordon-Press.

Una aclaración para usted, gran capo de la droga que lee Jot Down con fruición porque tiene inquietudes culturales y está ahora mismo flipando en colorines con la posibilidad de expandir negocio: no se canse buscando Silk Road en Google, porque no lo encontrará. La puerta principal de este gran foco de chanchulleo es «http://silkroad6ownowfk.onion», pero comprenderá que la cosa no es tan fácil como abrir su Internet Explorer lleno de emoticonos, escribir eso en su barra del Ask primorosamente autoinstalada y ponerse a vender droga. Para empezar porque este eBay de lo ilegal, como también se lo denomina, está en la Deep Web o el internet profundo. El concepto le sonará de haber oído que esta parte sumergida de la red, que los buscadores no indexan y al que no se puede acceder desde los navegadores convencionales, representa el 96% del total de la web. Es algo en lo que insiste mucho el tipo de gente que hace doble clic en los enlaces, por ejemplo.

En realidad no se sabe a ciencia cierta cuánto ocupa hoy el internet profundo ni en qué proporción se reparte con el superficial que conocemos usted y yo. En 2001 un estudio de la University of California Berkeley determinó que el internet superficial era, en efecto, solo la punta del iceberg de toda la world wide web: pesaba ciento sesenta y siete terabytes y el profundo siete mil quinientos o siete petabytes y medio, recurriendo a la unidad de medida con el mejor nombre del mundo. En los últimos trece años, sin embargo, los volúmenes de ambos se han disparado pero lo han hecho de forma muy desigual. El internet superficial mueve cada día océanos enteros de datos hacia y desde redes sociales, blogs, portales de vídeo y telefonía, por citar solo cuatro volúmenes que en 2001 representaban una proporción ínfima. Y durante todo este tiempo el lado oscuro de internet ha crecido, sí, pero no tanto. De hecho, sigue presentando un aspecto visual muy parecido al que tenía en aquella época.

Es lo que nos encontraremos cuando descendamos a él, que por cierto es algo decepcionantemente sencillo por más romanticismo que le queramos echar. No hay que responder a las tres preguntas de ningún guardián ni sortear la mirada de un par esfinges, sino ir a esta web y descargarse tan ricamente un software para acceder a la red de servidores TOR, la más usada para entrar al internet profundo. Responde a las siglas de The Onion Router y preserva el anonimato mediante el encriptamiento sucesivo de los datos, de modo que la IP de quien carga y descarga cosas a este lado de internet resulta no imposible, pero sí terriblemente complicados de rastrear. La gran seguridad que ofrece la Deep Web al internauta es precisamente lo que menos gusta en acreditados paraísos de libertades tales que China, por ejemplo, donde solo acceder a TOR constituye un delito. El lecho marino de internet era la vía que tenían muchos hackers para franquear el famoso Gran Cortafuegos que aísla la web china del resto del mundo, aunque hoy el Ministerio de Seguridad Pública del país lo ha conseguido también bloquear parcialmente.

Ahora bien, si lo que quiere es entrar específicamente en la web Silk Road la cosa se complica más, por desgracia para la minoría de delincuentes que lo hace y por fortuna para la inmensa mayoría de curiosones que solo quiere ver qué se cuece allí, además de metanfetamina. Visitar —y solo visitar— Silk Road no constituye un delito igual que no lo constituye pasar por una calle en la que se trapichea, por ejemplo. Pero este mercado negro no se visita sin más. Para entrar hay que conseguir un usuario y eso, además de complicado, confiere a uno un estatus legal en el país desde el que lo haga, donde seguramente esté prohibido comprar y vender buena parte del contrabando de Silk Road, empezando por la droga. Existen numerosas guías que explican cómo acceder con seguridad —donde «con seguridad» significa que sin que te pillen, lógicamente— y detallan las muchas precauciones que se deben tomar para evitar el rastreo, entre ellas recurrir a un servicio VPN —virtual private network— y almacenar todo en un emplazamiento físico distinto del propio ordenador, como por ejemplo una memoria flash. Esto también garantizará que nadie roba tus bitcoins, la moneda en curso en estas latitudes francas de la web. Es un riesgo remoto pero real, porque por aquí no campa precisamente la flor y nata de internet.

Oferta para todos los gustos

Pero lo dicho. Pongamos que es usted amante del riesgo y no teme buscarse tontamente la ruina entrando y comprando lo que Silk Road tiene que ofrecerle. ¿Qué puede adquirir allí por unos módicos bitcoins? Pues de todo un poco, mire, empezando por un surtido catálogo de drogas que van desde las más convencionales —heroína, cocaína, éxtasis o LSD— hasta las más exóticas, como el peyote o la burundanga y tóxicos en general, como fármacos ilegales y esteroides. Y si es aficionado al asunto además de consumidor, todo el merchandising imaginable en torno al tema de ponerse como Las Grecas, desde camisetas inocentonas con la hoja de la marihuana o la cara de Bob Marley hasta aparataje médico y de laboratorio para que haga sus propios pinitos de Breaking Bad, que a ver si se cree que las drogas se hacen solas. De las más de veinte subsecciones en que se divide Silk Road, las de Drugs, Drug Paraphernalia, Lab Supplies y Medical son con diferencia las que más productos ofertan y las que más trasiego acumulan.

SILK-ROAD-ANÓNIMO-(DP)

La página principal de Silk Road en un pantallazo anónimo.

Pero hay más, no se crea. Están Art, Books, Collectibles, Fireworks, Jewelry y hasta —fíjese qué cuco— Home and Garden. Todas dedicadas a la venta de objetos presuntamente legales, todas abrumadoramente sospechosas de vehicular también el contrabando de objetos robados, o de lo contrario estaríamos comprándolos en El Corte Inglés. No son las secciones con más tráfico y ni siquiera la de compraventa de armas acumula un volumen de negocio reseñable comparada con los escaparates del narcotráfico, pero están ahí por algo. En una web donde el usuario no deja rastro informático de sus adquisiciones y la policía solo podría demostrar vagamente que figura apuntado como cliente, siempre puede decir que emprendió semejante epopeya cibernética para llegar a Silk Road y comprarse allí unas fastuosas sandalias Crocs como las de Frank de la jungla, que le han dicho que van muy bien. Por poner un ejemplo.

De hecho, lo que más se mueve en Silk Road después de las drogas son las falsificaciones a la carta o por encargo —de documentos de identidad como el carnet de conducir o el pasaporte, pero también fraudes a la seguridad social y los seguros y hasta servicios de negros literarios— y los servicios y bienes relacionados con la piratería informática, que cuentan con sección propia. En ella podemos encontrar desde contenidos pirateados, virus informáticos y otros softwares maliciosos hasta cuentas previamente hackeadas por todo internet y tutoriales de hágalo usted mismo, así sea colarse a lo Matrix en un servidor corporativo o trucar un cajero automático en plan banda criminal del Este. Y si no encontramos lo que buscamos hasta podemos contratar los servicios de piratas informáticos que hackeen la cuenta o perfil de quien queramos en Facebook, Twitter o su servidor de correo electrónico. Muy completo, en particular para locos, stalkers y acosadores de otras personas en general.

¿Y ya está? Porque también hay una sección llamada «XXX» en la que no parece que se vendan precisamente caramelos Sugus y habíamos quedado en que además se podía contactar con sicarios. Quién sabe. Aunque unos han publicado que Silk Road oferta semejantes burradas bajo cuerda otros han hecho lo propio asegurando que eso no son más que leyendas agitadas irresponsablemente por medios y webs sensacionalistas para ganar unos clics, y que el grueso de lo que se compra y vende en Silk Road son, sin más, drogas y falsificaciones. También se dice —y excusará el lector que no estemos en posición de constatarlo— que entre las condiciones que pone este zoco ilegal para ofertar algo en su escaparate online está la de que no dañe o pueda revertir en daño alguno para una tercera persona, lo que excluye el tráfico con seres humanos y la pornografía infantil. Las armas por lo visto no.

De profesión pirata, narcotraficante y anarcocapitalista

El FBI dice otra cosa, por supuesto. En particular desde que dio por fin con el legendario Dread Pirate Roberts, el creador, administrador y gran jerarca de la web. La persona que detentaba el título hasta el 3 de octubre de 2013 —porque es un cargo y se hereda de una a otra sin que nadie más conozca su identidad, como el nombre y la fama del pirata Roberts de La princesa prometida— era Ross William Ulbricht, un joven de veintinueve años detenido aquel día en la biblioteca pública de San Francisco. Está acusado, entre otros delitos, de encargar el asesinato de seis personas por setecientos treinta mil dólares, aunque nunca se llegaron a consumar.

De Ulbricht poco se sabe, al menos si no queremos fiarnos ciegamente de los detalles que se han publicado sobre su vida, y lo mejor en estos casos es no hacerlo. Que es físico e ingeniero especializado en células solares, que es autor de varios papers científicos sobre el asunto y que en su perfil de LinkedIn confiesa haber perdido el interés en la ciencia en 2008, consagrando entonces su vida al deseo de «usar la teoría económica como medio para abolir el uso de la coacción y la agresión» entre los seres humanos. Según el informe emitido por el FBI, Ulbricht era seguidor del Mises Institute, un potente think tank liberal estadounidense, y habría declarado ante los investigadores que la Escuela de Austria y el pensamiento del economista Ludwig von Mises y del anarcocapitalista Murray Rothbard habían sentado en él «los cimientos filosóficos» de Silk Road, una web a la que se incorporó, según él, pero que no creó.

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Ross Ulbricht en una fotografía familiar. Fotografía: www.freeross.org.

Una de las personas que intentó asesinar presuntamente habría sido Curtis Green, el empleado también detenido durante la operación en su casa de Salt Lake City, que habría supuesto una amenaza para el pirata Roberts por su condición de testigo. Otra era un tal FriendlyChemist, un habitual de la web que presuntamente habría conseguido las identidades de miles de usuarios de Silk Road y estaba chantajeando al administrador desde marzo para que pagase a cambio de no revelarlas. El pirata Roberts —que en sus e-mails, monitorizados por el FBI, se jactaba de haber conseguido encargar asesinatos por ochenta mil dólares— habría llegado a ofrecer cerca de ciento cincuenta mil dólares en bitcoins a un sicario para que acabase con su vida, aunque no se tratase de un servicio ofrecido por el portal. El FBI confirma que ni este ni ninguno de los otros presuntos asesinos a sueldo con los que habría contactado Ulbricht se anunciaban como tales, sino que eran simples usuarios del portal. Y que en la sección XXX tampoco se ofrecía pornografía ilegal, sino contenidos eróticos convencionales.

¿Son ciertas las acusaciones? Sí según el FBI, no según los acusados e involucrados y nosotros no lo sabemos, porque no estábamos allí. Y el nuevo pirata Roberts no se moja. «Bajo mi guardia, Silk Road nunca hará daño a ningún alma», anunció en Twitter en noviembre, cuando se supo que el mercado negro había vuelto a renacer de sus cenizas con un nuevo comandante. «Si lo hiciésemos, entonces no seríamos mejores que los matones de la calle». El nuevo caudillo de Silk Road concedió poco después una entrevista en la revista Ars Technica en la que aseguraba que la web que regenta «representa el derecho del individuo a hacer lo que quiera o no quiera hacer con su cuerpo» en un momento en el que «en muchos sentidos, el Estado ya no es el protector de la gente». Y cuando le comentaron que el anterior pirata Roberts habría encargado varios asesinatos «en el curso de sus negocios», el vigente ni confirmó ni desmintió alegando prudencia ante el proceso judicial inminente aunque, eso sí, se sumergió en una vaga reflexión sobre cometer o no cometer «errores humanos».

Mientras tanto, Ulbricht está a la espera de juicio junto a tres hombres acusados de colaborar directamente con él: Andrew Jones alias Inigo —aventuramos que por Íñigo Montoya—, Gary Davis alias Libertas y Peter Nash alias Samesamebutdifferent, Batman73, Symmetry y Anonymousasshit. Su familia ha organizado una plataforma, Free Ross, para llamar la atención sobre lo que califica sutilmente como conspiración y recaudar fondos para su defensa, que por cierto no le van a venir mal. Aunque el joven pirata Roberts acumuló una fortuna con las comisiones que apartaba de cualquier operación económica que tuviera lugar en Silk Road, le ha sido confiscada. Se han publicado cifras para todos los gustos. Ulbricht atesoraba en su ordenador una cartera de bitcoins que al cambio ascendería seguramente a decenas de millones de dólares. Ochenta según el cálculo más aventurado, en la forma de seiscientas mil bitcoins. Eso son el cinco por ciento de todas las que están en circulación.

La ruta de la seda ha vuelto a abrir, insistimos, y un nuevo Roberts se ha hecho cargo del barco y su cargamento. Lo hizo solo un mes después de que cayera el primero, única certeza que ha emergido a la realidad desde el mar de leyendas que rodea Silk Road. No seremos nosotros quien se lo recomiende pero, si quiere conocer la verdad, haría bien en no fiarse de nosotros, ya que a fin de cuentas nos podemos equivocar. Ahí tiene internet, las casas de cambio de bitcoins y su maña al ordenador para intentar la inmersión a pulmón hasta el fondo mismo de la web, que es un sitio la mar de entretenido. No es fácil pero al final de la epopeya espera el mismo que antes aunque le hayan detenido, porque a la vista está que es inmortal. Con su misma sonrisa inocente, su misma máscara negra y los mismos ojos de no haber roto un plato en la vida. Y, por descontado, su grandísima colección de chucherías ofrecidas a cambio solo de subirse al coche con el desconocido. Usted elige si le apetece viajar o no.

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Fotografía: Twentieth Century-Fox Film Corp.

Byron Moreno, matón de esquina: quien a hierro mata, a hierro termina

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Moreno saca tarjeta a Zanetti en el partido de octavos del Mundial de fútbol de 2002 entre Italia y Corea del Sur. Fotografía: REUTERS.

En el minuto doce de la prórroga entre Italia y Corea del Sur, Francesco Totti recibe la pelota tras un rechace y queda uno contra uno en la frontal del área, de espaldas a la portería. En una maniobra propia de su talento, da la vuelta, deja atrás al defensor y se prepara para chutar. Ahí duda. El ángulo no es malo, pero la ventaja le permite pensar en otra opción. La opción del penalti. Si tira, puede ser gol o no. Si es gol, Italia se clasifica para cuartos de final y juega contra España. Si no es gol, hay que seguir jugando hasta que uno de los dos marque.

Ahora bien, si en vez de chutar, recorta, el defensa tiene que arrollarle. Pura física. Y si le arrolla, es penalti y si es penalti, Vieri o él se encargarán de acabar con esta broma.

Así que, en efecto, Totti recorta, o más bien se para un segundo de más, y justo antes del inevitable contacto, dobla un poco las rodillas y ensaya el grito para que quede bien claro. Luego, la inercia hace el resto: el coreano efectivamente le barre y el árbitro hace sonar el silbato. En Daejeon, de repente, todo el mundo calla. Decenas de miles de coreanos enfebrecidos, con sus pañuelos, sus tirantes y sus tambores a lo club de fans de Oliver Atom, se quedan mirando con cara de pánico al hombre fondón vestido de negro, que se acerca al área en apoteosis del trote cochinero, que diría aquel.

El hombre se llama Byron Moreno. Tiene treinta y un años y es ecuatoriano. Pese a su juventud y su evidente falta de forma física, la FIFA lo ha elegido no solo para pitar un Mundial sino para pitar el partido de octavos de uno de los organizadores. Moreno debería estar nervioso por el papelón que le viene encima: tiene que pitar penalti, ver cómo Corea pierde y salir de ahí como pueda. No necesita mirar al juez de línea porque lo ha visto claro. Él lo ha visto claro. Totti lo ha visto claro. Daejeon entero lo ha visto claro y hasta yo lo vi claro en la tele, aunque fueran las ocho de la mañana.

Moreno respira hondo, se acerca al tumulto, espera a que Totti se levante del suelo y le saca amarilla por fingir; la segunda, es decir, que le expulsa por recibir un penalti.

No es la primera y no será siquiera la última. En el minuto cuatro de partido pitó un penalti a favor de Corea del Sur a la salida de un córner. Siendo sinceros, aquello no fue ningún escándalo y además Buffon lo paró. Más rara quedó la permisividad con algunas entradas extremadamente violentas de los coreanos o el gol anulado a Tommasi, posterior a la expulsión de Totti, por un fuera de juego inexistente. Si uno se queda con el resumen del partido, puede que fuera un mal día. Malos días de los árbitros hay muchos. Si se ve el partido entero, falta a falta, es complicado explicárselo.

No fue un gran Mundial para Italia, en cualquier caso, que consiguió el récord de cinco goles anulados en tres partidos consecutivos, al menos cuatro de manera injusta. Sí lo fue en cambio para Corea del Sur, que se encontró de nuevo en cuartos de final, contra España, con otro amigo en forma de Al-Ghandour. Los medios españoles, que tanto habían celebrado el atraco a Italia, como solo en este país se puede celebrar un atraco a Italia o a Francia, clamaban setenta y dos horas después contra la FIFA. A buenas horas, mangas verdes.

Como saben, Corea del Sur ganó los dos partidos, se plantó en semifinales y ahí la Alemania de Ballack y Kahn fue demasiado. Tampoco convenía exagerar el asunto. Ahí acabó la historia de Corea en su Mundial. No así la de Moreno, que acababa de empezar.

«El Justiciero» ha llegado ya a la ciudad

La FIFA, la misma FIFA que le había designado para el partido y que le había hecho debutar como internacional con veinticinco años, le expulsó del torneo y prometió iniciar una investigación que acabó como empezó, es decir, en nada. A su vuelta a Ecuador, Moreno descubrió que se había convertido en un héroe, la típica historia del lugareño que cruza los mares y le da una lección a todo el mundo. Aquel inútil, apodado «el Justiciero» por su facilidad para sacar tarjetas rojas —pitó durante ocho años y mantuvo un promedio de una por partido—, era justificado en todos los medios por el único mérito de «ser de los nuestros».

Tanta efusividad le llevó a dar un paso adelante y presentarse a concejal por Quito. Su lema «saquemos la tarjeta roja a la corrupción» era burdo pero podía ser efectivo. Hablamos de política al fin y al cabo. En medio de la campaña le fue asignado un partido entre Liga de Quito y Barcelona de Guayaquil, dos de los principales equipos del país, que andaban jugándose el campeonato. Partido en Quito con un candidato a concejal por Quito arbitrando, curiosa coincidencia. Después de pitar un penalti por bando, Moreno decidió que había que añadir seis minutos a los noventa reglamentarios. Barcelona ganaba 2–3. Pasaron los seis y Barcelona seguía ganando. Pasaron siete. Pasaron ocho. A los nueve y medio, Liga consiguió empatar. Pasaron diez. Cuando estaban por cumplirse los once, Liga de Quito marcó el 4–3.

No se llegó a sacar de campo. Ni corto ni perezoso, Moreno puso en el acta que los goles habían llegado en los minutos ochenta y nueve y noventa. Poner cien y ciento dos habría sido un poco escandaloso. La Federación le suspendió durante veinte partidos, no por los trece minutos sino por no saber redactar un acta. Para rematar, perdió las elecciones.

Moreno pasó unos meses explicando que no había nada de irregular, que los seis minutos había que jugarlos enteros, a tiempo parado y no corrido, algo sorprendente en el fútbol. Luego se cansó de explicar nada y se fue a Italia, apenas seis meses después de la que había liado en Daejeon. La RAI, siempre comprometida con el periodismo de calidad, estaba por entonces emitiendo un programa llamado Stupido Hotel. En España, Telecinco hizo algo parecido: se llamó Hotel Glam, pero al menos no metieron ningún árbitro. Eso lo hicieron en Gran Hermano VIP.

Obviamente, Moreno duró poco en el reality, aunque el viaje mereció la pena: fue el mejor pagado de todos los participantes. De vuelta a Ecuador, esperó a que se cumpliera la sanción y cuando pudo pitar de nuevo expulsó a cuatro tíos y se ganó una nueva suspensión. «Me siento perseguido», dijo Byron, y decidió dejar el arbitraje.

Paseando un traje de heroína por el JFK

A partir de este momento, la vida de Byron Moreno se hace algo confusa de relatar: funda una academia de árbitros, luego la cierra, colabora en la radio y después se hace fijo en la televisión, primero en la RTS; luego, definitivamente en Canal Uno, comentando partidos. Mantiene una cierta fama y popularidad, al menos lejos de Guayaquil, pero su vida empieza a descomponerse rápidamente: su hijo enferma y le detectan un soplo en el corazón. Tras una operación a vida o muerte, el niño queda con daños cerebrales irreparables y muere pocos meses después.

Esta es la época en la que empieza a viajar asiduamente a Estados Unidos, o, más que asiduamente, periódicamente: en 2006, una vez; en 2007, otra; en 2008, otra más. Ir y volver. Moreno, según cuenta en una entrevista de 2011, aún más gordo, descuidado, coleta grasienta, va adquiriendo más y más deudas. Deudas que no puede pagar la televisión ni la radio ni la Rai 2 porque Italia es campeona del mundo y quién se acuerda del hombre este ahora. Deudas que tendrían que ver con el tratamiento de su hijo o con el aborto espontáneo de su mujer de otro niño varón a los cinco meses de embarazo, no queda claro.

Mientras, sigue en Canal Uno, muy serio, muy justiciero aunque cuando se apague la luz roja de la cámara, se venga abajo. Le están amenazando, dice. Quieren matar a su hijo, Dylan, el único que le queda, aunque en realidad no es suyo sino de su pareja. Le amenazan con matar al niño si no acepta hacer de «mula» en uno de sus viajes a Nueva York. Y, claro, Byron acepta. Una vez que uno se pone a aceptar cosas, seguir aceptándolas es de lo más natural. Si han visto Breaking Bad sabrán de lo que les hablo.

El 20 de septiembre le envuelven de heroína. Diez bolsas con 6,2 kilos rodeando el cuerpo de Byron, quien, pese a todo, pasa el control en Guayaquil como si nada, pero al llegar al JFK se muestra nervioso, agitado, sudando como un pollo. La policía le para, le pregunta, le cachea. Todo lo que tocan es acolchado. Un cuerpo acolchado por encima de un cuerpo fofo. Byron ya no tiene treinta y un años ni tiene cara de niño pelota. Ronda los cuarenta y su pelo engominado no es señal de nada bueno en Estados Unidos. Inmediatamente, se da cuenta de que le han vendido —«tú venías caído», le dicen en la cárcel—, que es el regalo que los narcos entregan a la DEA para que se consuelen con algo, que probablemente alguien haya reducido su condena gracias a este chivatazo y que a él le espera un tiempo muy largo por delante en el que pensar muchas cosas.

Byron Moreno, tú estás peor, tú estás en

La noticia llega a Ecuador como llega a un pueblo que se aburre, esto es, con estrépito. Grandes titulares en varios colores y música tremendista. Byron Moreno es famoso, sale en la tele y por lo tanto se merece un tratamiento así. Por otro lado, todos saben quién es realmente Byron Moreno y tampoco conviene cebarse. Donde no hay, no hay, así que se finge un cierto escándalo y se pasa a otra cosa. Algunos hablan de cadena perpetua, otros de diez años, pero el juez lo deja en treinta meses.

Es un tiempo asumible, un tiempo que tiene que pasar en Estados Unidos, recluso, junto a otros traficantes de los que se hace amigo inmediatamente. Puede que Byron Moreno fuera el símbolo de algo para mucha gente. No lo sé. Puede que esas amistades no tuvieran que ver con su fama mundialista sino con sus aficiones peligrosas. En cualquier caso, decide portarse bien y que todo pase lo antes posible. Su pareja sufre otro aborto, se refugian en Jesucristo. De él venimos y a él vamos. El juez considera que su conducta es ejemplar —Jesucristo está bien considerado en el sistema penitenciario estadounidense; Jesucristo no es, pongamos, Marilyn Manson— y deciden reducirle la condena diez meses. Ya ven, hay gente que alarga y gente que descuenta.

Moreno sale de la cárcel pero no sabe dónde ir. Piensa en quedarse en Estados Unidos pero el dinero está en Ecuador. El dinero y su hijo. El dinero, su hijo, su pareja… y los peligros y las viejas amistades y la imposibilidad de mantener un trabajo cara al público. ¿Quién sacará la tarjeta roja al contrabando en la próxima campaña electoral? Se pasea por entrevistas propias de Callejeros, consigue que una Ana Rosa Quintana local le invite para una charla íntima.

El Byron Moreno que nadie conoce. El Byron Moreno que no es «el Justiciero», no tiene amigos en altas esferas, no decide partidos a su antojo y no trafica con heroína. Un perfil vacío. Una silueta en blanco dibujada en el suelo de una habitación rodeada por una banda de plástico rojiblanca. «Me vendieron», insiste una y otra vez, quizá porque sabe que reconocer, sin más, que le compraron quedaría mucho peor. El hombre con el que Italia no contaba, reducido a escombros.

Breve historia de los cretinos

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Brainstorming de odio frente a un centro comunitario judío de Kansas, cortesía de dos locas en chándal. Pertenecen a la provocadora Iglesia Bautista de Westboro. Fotografía: HoppingRabbit34 (CC).

Lo dice el refrán, no lo digo yo. Toda la vida matando tontos y hay que ver los que quedan. Y lo atestigua la historia, que es peor. Al menos la historia de la fotografía, una de las historias más fiables que existen. Desde que empezó, va dejando constancia puntualmente de la cantidad de cretinos que, con esfuerzo y un poquito de ilusión, han hecho de este mundo un lugar peor. Y hoy vamos a conocer a algunos de ellos.

Fotografía: Harris & Ewing / Library of Congress (DP).

Véase a estos cinco pájaros, por ejemplo. Un fotógrafo anónimo los retrató en 1905 interesándose por el escaparate del Cuartel general (sic) de la Asociación nacional contra el sufragio femenino en Washington. Salieron de espaldas, como delincuentes, y tuvieron suerte de que así fuera, porque apostaron contra la posteridad y perdieron. Incluso atendiendo a la época, el contexto y demás atenuantes, cuesta imaginarse a estos cinco personajes como algo distinto de lo que son: cinco auténticos cretinos.

No fueron los últimos que lo fueron en torno al problema de la mujer, por supuesto, ni lo serán mientras la mujer siga sufriendo un problema. Es probable que a este infeliz, retratado Dublín noventa años más tarde, le pareciera justo que las mujeres tuvieran derecho a votar. Lo que a él le parecía mal era seguramente aquello que suele parecerle mal a quienes les parece mal el divorcio, es decir, que se divorcien las mujeres.

Fotografía: Photocall Ireland (DP)

Es otra imagen emblemática, en este caso de la agitación que precedió al referéndum celebrado en Irlanda en 1995 para eliminar la prohibición constitucional del divorcio. Lo hizo más tarde que media Europa, pero Irlanda acabó aceptando la disolución del matrimonio y de momento no se ha hundido en el Atlántico ni ha amanecido arrasada por una lluvia de fuego y sal. «Dios nos está poniendo a prueba», anunciaba el profeta urbano para convencer a los ciudadanos de que votasen en contra. Y a lo mejor tenía razón, quién sabe. Quizá Dios les estaba poniendo a prueba, solo que no era partidario del no.

Otras amigas autoproclamadas de Dios: las honorables mujeres de la Woman’s Christian Temperance Union, algo así como una liga de mujeres cristianas para la abstinencia. La fotografía es de 1919, poco antes de que entrase en vigor la Ley seca en Estados Unidos. «Los labios que toquen el licor no tocarán los nuestros», rezaba el cartel con el que posaron para la posteridad. Daban por sentado que tenían unos labios más apetecibles que el licor, o acaso apetecibles a secas. También que en la posteridad nadie bebería alcohol.

Fotografía: WCTU (DP).

No sabríamos concluir si esta colección de pajarracas merecen a la postre el apelativo de cretinas. Aunque las asociaciones moralistas tuvieron una responsabilidad fundamental en la promulgación de la Ley seca, también es cierto que las femeninas, como esta misma, eran frecuentemente sufragistas. Si la poderosa WCTU promovió grandes campañas para erradicar los males que amenazaban a la familia —incluyendo abstracciones como la lujuria, por ejemplo—, también apoyó la implantación de derechos que hoy consideramos incontestables, como la integración educativa femenina, el voto de la mujer y —con menos decisión, pero también— la emancipación civil de los negros.

¿En qué condiciones? Eso ya es otra cosa. Si hubiésemos tenido ocasión de preguntarle, la gilipollas que gritaba a Elizabeth Eckford nos habría respondido que no, que no tenía nada en contra de que los negros estudiasen. Lo que a ella le molestaba —hasta el punto mismo de la rabia, como ilustra la fotografía— era que estudiasen con ella.

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Fotografía: Will Counts / Arkansas Democrat (DP).

De hecho Hazel Massery, que así se llamaba, le contó algo así al Guardian cuando la entrevistaron en 1998 y le preguntaron en qué coño estaba pensando aquella mañana de 1957, cuando Will Counts —un reportero gráfico del Arkansas Democrat— la inmortalizó en una serie de fotografías acosando y gritando como una loca a los Nueve de Little Rock, particularmente a Elizabeth Eckford. Una sentencia de la Corte Suprema había declarado inconstitucional la segregación racial en los centros educativos estadounidenses, pero a estos magníficos ejemplares de white trash les daba igual. Tan igual que los nueve estudiantes negros tuvieron que entrar en el pequeño instituto escoltados por la División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos, que se dice pronto. La desplegó a efectos retóricos el presidente Eisenhower cuando el gobernador de Arkansas hizo lo propio con la Guardia Nacional, en su caso para evitar que los quinceañeros ingresasen en aquel centro de blancos.

Décadas más tarde Massery se arrepintió públicamente de su conducta y aseguró que solo repetía como un loro las palabras de su padre, firme partidario de la segregación racial y racista en general, aunque él seguramente prefería considerarse anticomunista. «La mezcla de razas es comunismo», anuncian las pancartas en otra imagen de las revueltas particularmente recordada de la que solo se puede decir que mira, en fin. Valiente recua de rednecks.

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Fotografía: Will Counts / Arkansas Democrat (DP).

Comentábamos la obviedad a colación de las sufragistas y sus detractores y toca recordarla otra vez a propósito de lo racial: aquí no se salva nadie. Y para más obviedad incurriremos en la ley de Godwin y nos acordaremos gracias a esta foto de unos de los tontos más grandes que ha dado la historia: los nazis negros.

Imagen: Ken Magazine / Oldmagazinearticles.com (DP).

De hecho costaría no acordarse, sino solo creer que existieron, de no ser por estas instantáneas publicadas por Ken Magazine el 23 de marzo de 1938. La de la derecha, específicamente, muestra a su líder, Fritz Delfs, ante una esvástica. Chuchurría, pero esvástica. Aunque se nos aclara que el símbolo tenía un significado tradicional propio para los habitantes de Tanganica también se especifica el apoyo de muchos nativos a la causa específicamente hitleriana. Tal y como expone este delicioso artículo publicado unos meses después por el Syney Morning Herald, lo que pretendía el Führer era que la colonia africana, que hoy forma parte de Tanzania, le fuera devuelta a Alemania. El Tratado de Versalles se la había requisado años atrás y asignado a la Commonwealth británica, pero el gobierno nazi aseguraba que un tercio de los blancos de Tanganica eran alemanes. De los ocho millones de negros restantes no queremos ni pensar lo que aseguraba.

A veces las fotografías no permiten esta licencia, sin embargo, y lo que alguien piensa sobre otra persona queda retratado con elocuencia. El ejemplo lo tenemos en este animalito de bellota y sus drugos, que en 1969 se paseaban por Londres con esta facha, nunca mejor dicho.

Fotografía: Terry Spencer / Museum of London (DP).

Es una imagen muy recordada, en particular para ilustrar ese momento impreciso en el que a los hard-mods de la época se les salió la cadena y algunos pasaron a ser conocidos como skinheads. Los británicos también recurren a ella para ilustrar la condición cosmopolita de su bonita capital, una jungla de tribus urbanas a principios de los setenta, aunque esta óptica equidistante indulta a sus protagonistas con una tolerancia que no practican y que, por tanto, no merecen. Frente al grupo de hippies de la escalera, plural y admirablemente acobardado por convicción, se alza uno exclusivamente masculino de chusma brutal y enajenada. Tampoco vamos a perder el norte, quiero decir.

Y hablando de perder el norte, otro que lo perdió también cuando pasaba por delante una cámara de fotos:

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Fotografía: Marion S. Trikosko / Library of the Congress (CC).

Fue en 1979, al comenzar la crisis de los rehenes entre Irán y Estados Unidos. El ayatolá Jomeini acababa de destronar al sha y la revolución había secuestrado a sesenta y seis ciudadanos estadounidenses. A esto siguió una fiebre antipersa en todo Estados Unidos que reclamaba, como reza la pancarta de este estudiante, responder con contundencia y empezar por «deportar a todos los iraníes». No habría resultado muy distinto de haber alzado una pancarta que pusiese, por ejemplo, «a tomar por culo la bicicleta».

Es un hecho ampliamente documentado que las pancartas las carga el diablo, no digamos ya cuando aseguran que lo que carga el diablo son otras cosas. Que se lo digan si no a este simpático imbécil, Leonard Gendron, que en 2010 decidió exhibirse con una asegurando que los homosexuales están poseídos por demonios.

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Para su desgracia lo hizo en plena era de internet, donde una providencial transmutación en meme neutralizó su pensamiento —odioso, devastador y terrible, que a nadie se le olvide— y lo convirtió en un chiste. Cuando alguien repita este artículo dentro de cien años y recopile a los grandes idiotas que haya dado la historia para entonces, Gendron será fácilmente el representante de nuestra edad. Enhorabuena.

Y ya para acabar nos queremos preguntar —y solo preguntar, ahí tienen el post de comentarios si quieren responder— si en esa lista no estarán también estas chicas. El pasado abril se plantaron en las calles de Nantes para oponerse al matrimonio homosexual y lo hicieron de esta guisa: vestidas de Marianas, la representación alegórica de la república francesa.

Fotografía: Sebastien Salom-Gomis / Sipa / Cordon Press.

A estas en particular las vemos relajadas, pero la estampa de otras tantas Marianas capitalizó machaconamente la atención de los medios franceses durante las protesas, que recurrieron a ella una y otra vez para ilustrar sus noticias sobre el tema. Se dirá, como se dijo, que porque el disfraz representa a la propia Francia, pero también se recordará la sospechosa recurrencia en periódicos, telediarios y webs de Marianas impepinablemente pijas y de buen ver, cuando no despampanantes, en particular si el tradicional hombro desnudo dejaba adivinar debajo una teta bailonga. Es muy probable, sin embargo, que a estas no nos las encontremos nunca vociferando movidas con tanto empeño en una manifestación contra el sexismo del que han sido objeto. El gran problema que tienen —dicen— es que otras personas —que no son ellas— se casen con otras personas —que tampoco son ellas—. Y por lo visto eso atenta contra la liberté, la égalité y la fraternité. Tócate las narices.

Siempre se puede hacer peor, aunque a estas alturas de la historia empieza a ser realmente complicado. El cretinismo con pancarta se mide en una escala que se redefine constantemente, según se van batiendo récords. La plusmarca de todos los tiempos, y con ella cerramos, la marcó en 2008 Carlos Almonte, yihadista wannabe de origen dominicano, cuando se plantó frente a la embajada israelí en Nueva York para pedir ordenadamente y desde el respeto la muerte de los judíos. Erró con la ortografía, para su desgracia, y en lugar de eso reclamó el holocausto de un objeto inanimado. Concretamente, su pancarta pedía la «muerte a todo el zumo».

Fotografía: Pamela Hall / Webshots.

Hace falta ser cretino, miren. Es que hace falta ser cretino.

Breve historia de la prohibición del humor

nombre de la rosa

Que tras contar un chiste no se ría nadie no es lo peor que uno puede esperar. Sótades de Maronea allá por el siglo III a. C. escribió unos versos humorísticos sobre ciertos aspectos de la vida sexual de Ptolomeo II y acabó encerrado en una caja de plomo y tirado al mar. Hay gente que no encaja bien las bromas. Especialmente cuando ostentan algo de poder, siempre tan necesitado de un aura de pompa y solemnidad. Así que no es de extrañar que a menudo la sátira y la caricatura hayan sido prohibidas y sus autores generalmente acabaran cayendo en desgracia, como veremos con algunos ejemplos.

Probablemente El nombre de la rosa es la mejor descripción que se haya hecho nunca de esa capacidad subversiva del humor. Como recordarán si han leído el libro o visto su fascinante adaptación al cine, a finales del año 1327 el erudito y audaz franciscano Guillermo de Baskerville llega acompañado de su novicio a una abadía en la que están sucediéndose una serie de crímenes. Durante su investigación nuestro protagonista acude al scriptorium, donde tendrá una disputa dialéctica con el bibliotecario ciego Jorge de Burgos (en evidente alusión a Jorge Luis Borges). Este sostiene que la risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono. La risa es signo de estulticia y hay que evitar los chistes como si fuesen veneno de áspid, concluye, puesto que Cristo no reía y además la risa fomenta la duda. Pero Guillermo no puede estar más en desacuerdo: no hay constancia de que Cristo riera pero tampoco de que no lo hiciera. La risa es signo de racionalidad, asegura, sirve además para confundir a los malvados y poner en evidencia su necedad. Esta primera discusión es una buena pista de la causa última de todas las muertes ocurridas en la abadía, debidas a que Jorge quería mantener a toda costa oculto el libro segundo de la Poética de Aristóteles. Una obra sobre la que hay varios indicios de que existió realmente y que estaba dedicada a analizar la comedia y su capacidad catártica en el espectador. Tal como dice en su discurso final, una vez desenmascarado por la investigación de Guillermo:

La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo (…) Si la risa es la distracción de la plebe, la licencia de la plebe debe ser refrenada y humillada y atemorizada mediante la severidad. Y la plebe carece de armas para afinar su risa hasta convertirla en un instrumento contra la seriedad de los pastores que deben conducirla hasta la vida eterna y sustraerla a las seducciones del vientre, de las partes pudendas, de la comida, de sus sórdidos deseos. Pero si algún día alguien, esgrimiendo las palabras del Filósofo y hablando por tanto como filósofo, elevase el arte de la risa al rango de arma sutil (…) si algún día alguien pudiese decir: me río de la Encarnación… Entonces no tendríamos armas para detener la blasfemia.

Como vemos Jorge simplemente está intentando mantener el orden establecido. El poder de la Iglesia podía ser enorme, pero como todo poder necesita ser aceptado y/o temido por sus súbditos. Sin ese acatamiento final de la base social, la autoridad se desmorona. Dado que la sátira y la burla atacan tales cimientos este anciano bibliotecario podía ser perverso, pero desde luego no estaba loco. Algo parecido debía pensar el emperador Septimio Severo cuando mandó ejecutar a varios senadores, según se recoge en Historia Augusta:

Eran condenados a muerte en gran número, unos por haber hecho algún chiste, otros por haberse callado, algunos por decir cosas de doble sentido como «he aquí un emperador que hace honor a su nombre, que es verdaderamente Pertinaz, verdaderamente Severo».

sátira

Por su parte, el antiguo escritor de comedias Éupolis ridiculizó a Alcibíades en una obra titulada Baptae («Los que se zambullen») y este no encontró mejor forma de vengarse que haciendo que se ahogara en el mar. Pero no todos los antiguos reyes, generales y emperadores eran tan ceñudos y susceptibles. El emperador y filósofo Marco Aurelio tenía una esposa que le era infiel y él, lejos de tomar represalias, incluso favoreció la carrera de algunos de sus amantes, como uno llamado Tertulo. Según se cuenta en cierta ocasión se representó ante el emperador una obra cómica sobre un marido cornudo que preguntaba a su esclavo quién era el amante de su mujer, a lo que le respondía que Tulo. Dado que debía ser algo duro de oído le pedía que le repitiera el nombre, por lo que el esclavo finalmente replicó: «ya te lo dije tres (ter) veces, Tulo se llama». Bueno, esto contado en latín tiene más gracia. La cuestión es que a Marco Aurelio no le debió sentar mal, dado que el osado autor no solo conservó la cabeza, sino también su empleo. Y es que para que haya censura y prohibición previamente se requiere que haya autores lo suficientemente audaces o inconscientes. Tras la instauración de la Inquisición uno de ellos fue Quevedo, que sería denunciado a tal institución por su «indecencia del discurrir, la libertad del satirizar, la impiedad del sentir, y la irreverencia del tratar las cosas soberanas y sagradas». Sería en el siglo XVIII, con los ilustrados, cuando la sátira alcanza su apogeo. Autores como Voltaire y Diderot alcanzarían gran renombre en Francia gracias a sus agudezas, y de vez en cuando algún encarcelamiento, paliza y quema pública de sus obras por parte de las autoridades. Mientras que en Inglaterra, publicaciones como The Spectator y The Tatler buscarían lo que denominaban «true satire», en la que no se dirigían las burlas contra alguien en concreto con intención de difamarlo —a la manera de las actuales tertulias televisivas, para entendernos, sino que el objetivo era abstracto y el tono moderado y basado en la racionalidad.

Con la llegada al poder de Napoléon vino también el cierre de las publicaciones satíricas francesas y fue precisamente un autor inglés, llamado James Gillray, el que lograría sacarlo de sus casillas con una parodia de su ceremonia de coronación. Le sentó realmente mal el dichoso dibujo, hasta el punto de prohibir la introducción de copias en el país y presentar una queja diplomática ante Londres. De hecho, unos años antes ya había intentado incluir una cláusula en el Tratado de Amiens para que los caricaturistas ingleses que lo retrataran fueran exiliados a Francia. Una vez reinstaurada la monarquía, Luis Felipe I pasaría por un mal trago equivalente cuando otro caricaturista, Charles Philipon, lo retrató con forma de pera (que en francés significa también bobo) en una revista llamada precisamente La Caricature. Los ejemplares fueron secuestrados por las autoridades y el autor llevado a juicio, donde se justificó diciendo que a quien realmente debían detener es a todas las peras de Francia, por parecerse al rey. Pasaría en total dos años en la cárcel a cuenta del chiste. La aprobación de leyes que requerían nada menos que la aprobación previa de la persona caricaturizada hacían que esta práctica se volviera realmente complicada. Pero las cosas siempre son susceptibles de empeorar.

peraLa llegada de los regímenes totalitarios del siglo XX llevarían estas preocupaciones hasta extremos en sí mismos involuntariamente cómicos. Tras la revolución soviética fue objeto de debate si las sátiras debían ser permitidas en el nuevo orden y, como era de esperar, la conclusión terminó siendo que no: dado que el sistema era perfecto la función de denuncia de la sátira ya no debía tener sentido. El nuevo código penal calificó las sátiras y los chistes como propaganda antisoviética penada con el gulag. Aun así siguieron contándose incluso aludiendo al propio castigo que suponía contarlos, como el referido a los trabajadores forzosos del canal entre el mar Báltico y el Blanco: «¿Quién cavó el canal? La parte derecha los que contaban chistes, y la izquierda, los que los escuchaban». Con la muerte de Stalin la situación mejoró, aunque ya en los años sesenta autores de sátiras como Valeri Tarsis fueron ingresados en centros psiquiátricos. Dado que el sistema era perfecto, quien lo cuestionase debía de estar loco. No cabía otra explicación. Mientras tanto, en la Alemania nazi, a partir de 1934 quedó prohibido difundir comentarios maliciosos, lo que incluía chistes contra el partido, el régimen o sus dirigentes. Aun así siguieron difundiéndose, o tal vez precisamente por ello, pues basta que no pueda bromearse con algo para resultar irresistiblemente gracioso. Pero las autoridades eran implacables y en 1943 una trabajadora resultó condenada a muerte por contar a una compañera el chiste: «Hitler y Göring están de pie, en lo alto de un radiotransmisor. Hitler dice que quiere dar a los berlineses un poco de alegría. Göring le replica: “¿Entonces por qué no saltamos desde la torre?”». Respecto a la situación en España durante el régimen franquista, poco podremos añadir a los innumerables estudios y comentarios en torno a su censura y a la existencia de figuras como Buñuel, Berlanga o Boadella.

Penas de cárcel o de psiquiátrico, palizas, asesinatos… ¿Y qué hay de la situación actual? Ahí está el ejemplo del caricaturista sirio Ali Ferzat, pero como no es cuestión de que hablando de humor acabemos deprimidos, recordemos también —por si alguien aún no lo conoce uno de los más hilarantes discursos políticos que se han hecho durante los últimos años, obra de Stephen Colbert.

El autor desconocido denominado Pseudo-Jenofonte hacía una observación, hablando de la democracia ateniense, que me parece particularmente interesante: «No permiten que el pueblo sea objeto de burla en la comedia ni que se hable mal de él para que no se tenga mal concepto de ellos». Es decir, que cuando el poder pasa a manos del pueblo ya no está bien visto burlarse de él, puesto que la gente se dará por aludida y no tolerará ni una broma. La autoridad caprichosa de un tirano no pasa a ser sustituida por un paraíso de la libertad de expresión, sino por un enjambre de censores-ciudadanos no necesariamente más tolerantes. Personalmente, nunca deja de sorprenderme la inmensa provisión de gente dispuesta a indignarse muchísimo por cualquier ocurrencia. Desconozco si es que son los mismos que cada día se muestran airados por un motivo distinto o es que van turnándose, pero ya puedes bromear sobre un santo del siglo XII, una película candidata al Óscar, una exnovia imaginaria, un grupo de heavy o una facción política que inmediatamente surgirá algún lector que por la rabia que expresa parece sentirse él como persona directamente agredido. No sé cómo será en otros países, pero en España se diría que cada uno espera no solo respeto para sí mismo, cosa muy razonable, sino también una completa ausencia de burlas o chascarrillos en torno a cualquiera de sus aficiones, ideas, creencias, series favoritas o edificios de Calatrava que contenga su ciudad. La vida no es para reír, en definitiva. Lo peor de todo es que nuestra legislación ampara esta especie de sentido del ridículo hipertrofiado, como el artículo 525 del Código Penal que prohíbe «hacer escarnio de dogmas, creencias, ritos o ceremonias» de una confesión religiosa. Así que por ejemplo La vida de Brian difícilmente podría pasar ese filtro… y si lo hace entonces estamos ante una ley que se aplica arbitrariamente.

La noche en que Estados Unidos perdió la inocencia

Orson Welles en 1941. Fotografía: Cordon Press.

Parecía un domingo cualquiera, anodino, en el que en muchas familias americanas se repetía el sempiterno ritual con el que remataban los momentos crepusculares de la semana: apurar la cena, lavar los platos, encender la radio. Una rutina invariable, de esas que retratan y compendian el espíritu de una época. Esa noche, sin embargo, era 30 de octubre, víspera del día de Halloween, día que en algunas sitios de Inglaterra y de la costa este americana se conoce como «Mischief Night» (La noche de las travesuras), en la que la tradición manda que se lancen huevos y piedras contra los vecinos y se realicen pequeños actos de piromanía consentida, una suerte de contrapunto canalla a la insoportable cursilería del «truco o trato» de la noche de Halloween.

Ese domingo, poco después de las ocho de la tarde, treinta millones de personas escuchaban con atención el programa estrella de la cadena NBC, The Chase and Sanborn Hour, un show de enorme éxito en el que el ventrílocuo más famoso de la historia, Edgar Bergen, ponía a prueba junto a su marioneta Charlie McCarthy los límites en hilarantes diálogos repletos de de frases mordaces. En un receso del programa muchos de esos oyentes cambiaron el dial y aterrizaron en la CBS, en donde acababa de empezar a ser radiada una adaptación dramática de la celebérrima novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos.

Los primeros momentos de la emisión son frenéticos. En apenas quince minutos se describe con todo detalle el aterrizaje de naves marcianas en Grover’s Mill, una pedanía cercana a Nueva Jersey; la muerte de un profesor de Princeton, Phillips —encarnado por Welles— el exterminio de un ejército de siete mil soldados, achicharrados por los rayos de una máquina de combate marciana y el lanzamiento de un ataque alienígena a gran escala contra las grandes ciudades del litoral estadounidense. Pasan los minutos y se suceden las explosiones, las conexiones en directo y los relatos en primera persona de ese caos que estaba apoderándose de la costa este, donde «media Nueva Jersey había sido arrasada» y «cinco máquinas de largas patas estaban en formación a orillas del Hudson, listas para arrasar Nueva York». El lenguaje estaba medido al milímetro para recrear con fidelidad un conflicto bélico, imitando el estilo y la narración propios de los boletines de noticias que a diario trasladaban a millones de hogares estadounidenses el relato del clima prebélico que se vivía en Europa. El efecto era tremendamente real.

La dramatización de La guerra de los mundos en 1938. Fotografía: DP.

El responsable de esta adaptación era un jovencísimo profesional de apenas veintitrés años, Orson Welles, que estaba demostrando con su narración su absoluto dominio del medio radiofónico. Explosiones, conexiones en directo, relatos en primera persona de la desolación acaecida, silencios: Welles estaba armando con su voz y su genio un relato extraordinariamente vívido de la invasión, utilizando toda una plétora de recursos y efectos para otorgar realismo a la narración, dirigiendo con maestría a los diez actores y veintisiete músicos que lo acompañaban aquella noche en el estudio. La grabación contaba, incluso, con una alocución de un falso presidente Roosevelt, —presentado no obstante como el secretario del Interior y encarnado por el actor Kenneth Bilmars—, que fue lo que para muchos acabó por dotar al relato de una pátina de veracidad.

Era un montaje genial, perfectamente calculado para trasladar fielmente el espíritu apocalíptico de la obra de H. G. Wells. Incorporaba además multitud de referencias geográficas locales, buscando adaptar el original inglés a su público norteamericano. Pero muchos de esos recién sintonizados oyentes, que se habían perdido la cuña inicial que así lo anunciaba, no lo sabían. Asumieron como verdadera una ficción delirante en la que su mundo estaba siendo destruido por gigantes metálicos que expelían gas venenoso y disparaban rayos verdes; máquinas de destrucción que asolaban todo a su paso y de las que no había escapatoria posible.

Se ha dicho que el pánico se apoderó de una gran parte de la población estadounidense durante la hora que duró el programa. La reacción ciudadana, cuenta la leyenda, fue de veras espectacular: la mayor parte de los oyentes no esperó al final (en el que se volvía a repetir que todo se trataba de una ficción) para dejarse llevar por el pánico: en muchos estados del país se colapsaron las líneas telefónicas, se encerró la población en sus casas y salieron algunos valientes a enfrentarse, escopeta de caza al hombro, a los temibles invasores.

En las horas y días siguientes a la emisión radiofónica todos los periódicos se llenaron de artículos repletos de lacerantes testimonios de gente que había perdido familiares o amigos durante esa fatídica noche que había mantenido en vilo a la nación. Muchos reclamaban que Orson Welles, que había sido detenido pocos minutos después de haber terminado de emitir y mantenido bajo custodia policial durante toda la noche, debía responder ante la justicia por su felonía, poniéndose en marcha incluso iniciativas políticas destinadas a limitar el contenido de ciertos programas de ficción en la radio. En los días siguientes se publicaron en total doce mil quinientos artículos acerca de este incidente que subrayaban el carácter histérico de las escenas «que habían llevado al país al pánico» durante algunas horas y que recogían dramáticas historias de gente que a lo largo y ancho de Estados Unidos afirmaba haber participado y sufrido las consecuencias de estos episodios de histeria colectiva.

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Detalles de la portadas del Herald Examiner, el New York Times, y el Daily News el 31 de octubre de 1938. Imágenes: DP.

Esta reacción histérica, que hoy en día se antoja excesiva, era perfectamente comprensible. El espíritu de la época de entreguerras en EE. UU. era calamitoso. El crac del 29 y el consiguiente desempleo masivo habían provocado un fuerte sentimiento de vergüenza y miedo en la población, que vieron como la caída de la bolsa y la ruina de los bancos se habían llevado por delante su empleo, sus ahorros y su futuro. Una vez superadas las primeras reacciones de rabia y resentimiento de los primeros años de la Gran Depresión, la sociedad americana se miraba al espejo con una mezcla de temor y vergüenza, temerosos de un futuro que se antojaba oscuro. Franklin Delano Roosevelt, el presidente que había subido al poder en 1933, exclamó con motivo de su primer discurso de investidura que lo único que merecía la pena ser temido era «el propio miedo», consciente de la necesidad de levantar los ánimos de una nación deprimida.

A pesar de las numerosas reformas emprendidas por Roosevelt, que acabarían levantando el país con su New Deal y la inestimable ayuda de la Segunda Guerra Mundial, un lustro después, en 1938, los norteamericanos de a pie todavía no se habían recuperado del mazazo psicológico que había supuesto el crac. El consumo se recuperaba y sus empleos retornaban, tímidamente, pero sin embargo el ánimo general era todavía lúgubre cuando se produjo la emisión de La guerra de los mundos.

Por otra parte, en los primeros años treinta se estaba viviendo una popularización de la radio por todo el país. Ese aparato de reciente aparición era entonces el medio más fiable con el que millones de familias se mantenían informadas. La crisis se había llevado por delante negocios, casas y vehículos, víctimas inevitables de la depresión económica, pero no esos pequeños aparatos electrónicos de reciente aparición que vertebraban informativamente al extenso país. Para 1938, se calcula que ya el 80 % de los hogares norteamericanos contaba con una radio. La economía americana, primero, y los acontecimientos internacionales, después, se turnaban con sucesos variopintos para teñir de negatividad las veladas de las familias norteamericanas, que habían aprendido a asociar instintivamente los boletines urgentes de noticias con desgraciadas tragedias. Quizá el episodio más famoso que horrorizó a la sociedad estadounidense fue el incendio en el aeropuerto de Nueva Jersey del dirigible Hinderburg, un suceso que en 1937 sacudió a los habitantes de del país. Esto, unido a los tambores de guerra que venían allende el Atlántico —la crisis de Múnich y la anexión de los Sudetes por parte de Hitler eran las últimas noticias que llegaban de Europa—, repercutía en los sentimientos de angustia y temor que se habían enraizado en la población en esos años difíciles.

Además de todo este clima prebélico, para aumentar la credibilidad de la historia, en los primeros años del siglo xx se había fantaseado mucho en radio y prensa con la existencia de vida inteligente en Marte. La observación por parte del astrónomo italiano Schiaparelli de unos «canales» sobre la superficie marciana habían disparado los rumores sobre la existencia de una raza de industriosos marcianos similares a los humanos que habían llegado a acometer obras públicas «probablemente para trasladar agua desde los helados polos hasta las regiones desérticas del Planeta Rojo». Incluso en 1924 el Cuerpo de Señales del Ejército americano exigió temporalmente a las radios que dejaran de emitir «para que fuese posible captar posibles señales marcianas». Un disparate. Y, por si fuera poco, apenas tres días antes de la emisión de Welles en la CBS, la prensa publicó que Knut Lundmark, un eminente astrónomo a la cabeza de un observatorio europeo afirmaba que, por pura lógica, debía de existir vida inteligente en Marte. En ese contexto, pues, no podía haber mejores mimbres para una reacción histérica a gran escala.

Los canales de Marte dibujados por Percival Lowell c. 1914. Imagen: DP.

Dos años después de la emisión radiofónica, en 1940, el presidente del Departamento de Psicología de la Universidad de Princeton (a escasos kilómetros del lugar del pretendido «aterrizaje»), Henry Cantril, publicó un estudio que se convirtió al instante en una referencia ineludible para entender el fenómeno. En él se buceaba en historias personales de gente «afectada por el suceso» para entender el alcance del pánico colectivo que «se había apoderado de la nación». Según Cantril, más de un millón de personas de los seis que se calcula que escucharon el programa sintieron «algún tipo de reacción negativa». Se hablaba también de un «número indeterminado pero con seguridad enorme» de personas que habían entrado en pánico debido a testimonios orales de terceras personas. Se hablaba de gente afectada «por el gas que exhalaban los marcianos» e incluso relatos detallados de presuntos avistamientos y combates con alienígenas en los bosques de la costa este. Cantril además incluía entrevistas con cientos de personas que atestiguaban el caos provocado por el programa, adornando el histérico relato con testimonios de suicidios, desapariciones y muertes en las carreteras cercanas a Grover’s Mill.

Y sin embargo hoy sabemos que la verdad es muy distinta. Todo este supuesto pánico de escala nacional fue, probablemente, una exageración orquestada por las grandes cabeceras de la prensa escrita para desprestigiar a un nuevo medio de comunicación, la radio, que les estaba arrebatando buena parte de sus ingresos publicitarios en esos años de penuria económica. Aprovechando el clima enrarecido que existía entonces, los periódicos se hicieron eco de historias y testimonios que en muchos casos no eran más que pura fantasía para elaborar una imagen catastrófica de las consecuencias que podía tener un mal uso del medio radiofónico, intentando de ese modo recuperar parte del favor perdido entre la población.

En este sentido, unos pocos días después del incidente se supo que no hubo que lamentar muertes debido «a la irresponsabilidad de Welles», que las escenas de tiroteos con marcianos eran inventadas y que los accidentes de coches aquella noche tenían más que ver con el consumo de alcohol y las travesuras propias de la «Mischief Night» que con una invasión alienígena. Incluso se sabe que, a pesar de lo publicado a la mañana siguiente en los periódicos, los habitantes de Washington que se quedaron sin luz aquella noche siempre supieron que el apagón no se debía a un ataque marciano. Además, hoy sabemos que todos esos cientos de testimonios de primera mano que recogió Cantril venían en realidad de una pequeña muestra de ciento treinta y dos personas que vivían en las proximidades de Princeton y Grover’s Mill, una muestra poblacional que en ningún caso podía ofrecer un modelo fidedigno de cuál fue la reacción a escala nacional. Asimismo, de ese millón de personas que calculó que se había sentido impresionada por la narración, Cantril no especifica cuántas afirmaron sentir «pánico», agrupando todas las posibles reacciones negativas (preocupación, intranquilidad, ansiedad, histeria) bajo la etiqueta de «pánico», elaborando un retrato incompleto y tendencioso de la reacción popular a la emisión de Welles.

Podemos concluir que, por tanto, la emisión radiofónica no tuvo la repercusión ni la trascendencia que se ha creído siempre. Hubo una reacción histérica, sí, pero estuvo limitada a grupúsculos de gente en el medio rural, especialmente en las zonas cercanas al lugar del pretendido aterrizaje marciano. Solo una de las historias fantásticas de aquella noche ha resultado ser cierta: el épico combate entre una máquina de guerra marciana y un grupo de valerosos vecinos de Grover’s Mill, liderados por un tal Mr. Koch, que esa noche hizo frente escopeta en mano al avance alienígena. La máquina de combate marciana en cuestión no era sino un depósito de agua de gran dimensión que se erguía sobre largas patas de metal en el jardín particular de un habitante del pueblo, que tuvo que ver cómo era tiroteado furiosamente por sus mismos vecinos en el ejercicio de su legítimo derecho de autodefensa de la invasión marciana.

Al final, la consecuencia principal de toda esta rocambolesca historia fue la consagración de Orson Welles como una nueva estrella, un nuevo talento que había sido capaz incluso de romper reglas que todavía no existían. Ensalzado por la revista Time como «la mente más brillante de Broadway», Welles no tardó en firmar un contrato con la productora RKO para la grabación de tres películas, sin limitaciones creativas o presupuestarias.

Solo llegó a realizar una, una que a la postre ha sido considerada como una de las mejores películas de la historia del séptimo arte: Ciudadano Kane, en la que Welles realiza un implacable retrato de William Randolph Hearst, un magnate de la misma prensa escrita que había intentado hundir su carrera en las horas posteriores a la emisión de su magnífica y personalísima adaptación de La guerra de los mundos.

Una ilustración de La guerra de los mundos de Warwick Goble en 1923. Imagen: DP.

Pingüinos: el pájaro que surgió del frío

Fotografía: Ken Funakoshi (CC).

Me espera en el helipuerto del Polarstern (el buque oceanográfico rompehielos alemán en el que me he embarcado tres veces) el piloto más veterano del viaje que realicé a caballo entre 2003 y 2004. Estoy un poco desconcertado, porque en teoría no me toca volar, un placer que se suministra a cuentagotas y que me ha tocado hace muy poco (el día anterior) para ayudar a transportar material a la base de los foqueros de Joaquim Plötz (del Alfred Wegener Institute alemán) en Atka Bay, el punto más meridional del Weddell que vamos a visitar. Me he pertrechado con mi equipo fotográfico. Al llegar al hangar me dicen que me enfunde el traje para los «vuelos difíciles», uno con el que puedes sobrevivir unos diez o veinte minutos flotando en el agua sin morir congelado (en condiciones normales no sueles durar más de un par de minutos por el frío). Extrañado, me embuto en una vestimenta que hasta a mí me va grande (digamos que soy de «complexión fuerte»… o que tengo los «huesos anchos» como hubiese dicho mi abuela, según se mire). El piloto me dice que entre en el aparato, obedezco y veo que manipula algo a mi espalda. Aparte del cinturón convencional, un gancho me sujeta desde la parte superior de la cabina. Antes de entrar, el piloto me mira y abre la puerta: voy a volar con la cabina abierta para poder hacer fotos. Estoy en una nube. A casi nadie se le permite hacer eso. Los dioses y Wolf Arntz (el jefe de la campaña antártica en esa ocasión) están de mi parte. Emprendemos el vuelo y noto que se me calienta la sangre, la adrenalina empieza a hacer su efecto. Va a ser un vuelo del todo diferente a otros que he tenido la suerte de hacer, lo presiento. Y así es. Volamos a una pingüinera, donde cientos de pingüinos emperadores, adultos y crías, se hacinan al sol. Es un espectáculo de primera magnitud, el piloto se acerca todo lo que puede sin asustar a los animales y yo me siento un privilegiado. Tras hacer una serie de fotos que nunca serán dignas de National Geographic pero que me dejan satisfecho, el piloto se dedica, en su camino de vuelta, a hacer una serie de piruetas solo para mí. Cuando aterrizamos le doy un abrazo de agradecimiento, sé que es muy posible que una ocasión como esa no se repita en toda mi vida. 

¿Por qué nos caerán tan bien los pingüinos? Son animales torpes en el hielo (o en tierra) y muy ágiles y veloces en el mar, con una figura estilizada que raya el ridículo en nuestros cánones de belleza y estética pero que es pura expresión de la mecánica evolutiva de la vida en el mundo real. Verlos en directo siguiendo un buque oceanográfico rompehielos con una extraña mezcla de curiosidad y temor es un espectáculo fascinante, pero más fascinante es entender por qué están donde están y cómo han llegado a ser como son.

Pingüino azul. Fotografía: Scott Cresswell (CC).

Ya había visto pingüinos desde el barco y cerca de las bases, pero tras ese viaje en helicóptero los empecé a observar de otra forma. Están hechos para nadar. Y los que más me impresionan, sin duda, son los emperadores. Son grandes (miden unos ciento veinte centímetros y pueden pesar más de cuarenta y cinco kilos), elegantes (siempre con su cabeza hacia arriba, con esa mezcla de negro y blanco matizado con un naranja amarillento que les da aspecto de ir metidos en un frac de última moda) e hidrodinámicos (parecen un bolo acabado en un agudo pico que llega a los diez centímetros de longitud en algunos casos). Se los ve con frecuencia seguir el barco, a ver si pueden obtener alimento. A veces nos siguen porque han visto que pescamos y descartamos parte del material, aunque la verdad es que poco es lo que dejamos caer por nuestra sempiterna avidez de muestras por ser escasas y muy preciadas entre los científicos que poblamos el barco. Los veo nadar y me doy cuenta de la facilidad con que lo hacen, no como cuando están sobre los icebergs o la línea de costa, donde prefieren resbalar sobre su vientre en el hielo antes que caminar como tentetiesos vacilantes. Su doble capa de plumas, cortas pero en extremo tupidas, suponen más de un noventa por ciento de la protección que necesitan para el frío y para ser impermeables al agua, aunque la capa de grasa (doble en comparación con la de cualquier otro pingüino) los hace más adaptables a condiciones extremas que ninguno de sus congéneres en la Antártida. 

De hecho, es un animal al revés de los demás. Mientras todos huyen del frío migrando hacia el norte, el pingüino emperador recorre decenas y hasta más de cien kilómetros agrupándose en el interior, hacia el sur. Allí, tras la época de apareamiento, los machos incuban un único huevo durante más de sesenta días en junio, cuando la luz casi se extingue debido al final del otoño austral. Las hembras se han desplazado hacia el norte para comer, mientras los machos deben mantener su temperatura de 39 ºC (y la del huevo) a salvo de las feroces fauces del viento, que puede superar los ciento cincuenta kilómetros por hora, haciendo que la temperatura del aire esté por debajo de los -40 ºC. ¿Cómo sobreviven? Esta debió de ser la pregunta que se hicieron los tres científicos que a principios del siglo XX descubrieron el inaudito comportamiento de los pingüinos emperadores. BowersWilson y Cherry-Garrad lo vivieron y Cherry-Garrad lo describió en el libro El peor viaje del mundo, en el que detallaba el pelotón que los pingüinos efectuaban muy lejos del borde de la banquisa.

Una colonia de pingüinos rey. Fotografía: Liam Quinn (CC).

La estrategia les funciona, pero hay que entender cómo. Para empezar, estos pájaros tienen una gran envergadura, por lo que su relación superficie/volumen es más pequeña que la de otros pingüinos. Pierden por tanto menos calor, también porque sus pies están muy aislados del hielo y sus extremidades son más cortas que en otras especies (un lugar por el que se puede perder mucho calor). Pero es que, además, tienen un sistema de irrigación interna más desarrollado que su pariente más cercano, el pingüino rey, más pequeño y con menos capacidad de soportar el frío. Su nariz es un portento recuperando calor. Los animales adaptados al frío no deben permitir que el viento helado les entre directamente a bronquios y pulmones, pues sería fatal. También poseen esa tupida doble capa de plumas acompañada por un estrato de grasa mayor que otros pingüinos. Pero no es suficiente. Necesitan algo más. Y ese algo más está en su comportamiento. Se hacinan formando un círculo,y de forma mecánica intercambian su posición los que están en el centro y los que están en la periferia en un sinfín de rotaciones que les permite soportar las ventiscas. En esta ecuación hay que tener en cuenta la tolerancia hacia sus compañeros, muy elevada al estar inhibida toda agresividad. Imaginaos si no fuesen capaces de tolerarse a pocos centímetros de distancia. Por eso se los considera los auténticos habitantes de la Antártida, capaces de soportar las inclemencias donde otros tienen que huir para buscar un poco de tregua en zonas más septentrionales. 

Cuando regresan las hembras, los pollos ya han salido o están a punto de hacerlo. Vuelven gordas, embutidas de grasas y comida que utilizarán para alimentar a sus pequeños. Los machos emprenden entonces la misma senda para ir a pescar. Capturarán sobre todo el pez de aguas antárticas Pleurogramma, aunque no le harán ascos a calamares y krill. Sus inmersiones serán someras, de unos dos o tres minutos de duración, pero si es necesario bajarán a más de quinientos metros aguantando la respiración hasta veinte minutos. Están adaptados para eso, con sus densos y fuertes huesos capaces de soportar grandes presiones, y su hemoglobina, capaz de captar gran cantidad de oxígeno (y dióxido de carbono). Su metabolismo se ralentizará, irrigando (también lo hacen las focas) menos las extremidades por las que se pierde calor. Verlos nadar es, como he dicho, un portento. Contemplas animales longevos, de vida pausada, que pueden llegar a vivir unos cincuenta años (llega solo un uno por ciento a esa edad), que maduran tarde y dan un solo pollo cada año. Y no todos sobreviven, los petreles antárticos se encargan de matar a más de un treinta por ciento en cada estación, controlando la población junto con otros animales depredadores o carroñeros. Por eso inquieta un poco el control de sus poblaciones. 

Las estimas son un tanto confusas, porque como todo animal antártico, las poblaciones controladas son aquellas que se encuentran en las rutas científicas o cerca de las bases. «Más de cien años después de su descubrimiento», dice Barbara Wienecke, de la Australian Antarctic Division, «no se conoce la cifra exacta de su población». En los treinta y tres lugares controlados de forma rutinaria se cuentan unos 270.000-350.000 individuos (recuentos del año 2008), pero es posible que haya muchos más. Teniendo en cuenta que comen de uno a dos kilos de pescado al día, su impacto como depredadores no es nada desdeñable (podría ser de un mínimo de doscientas mil toneladas de pescado, que constituye hasta un ochenta por ciento de su dieta). Si hubiese más pingüinos, esta cifra aumentaría. Se ha podido comprobar que en la Tierra de Adelia, durante cincuenta años desapareció un cincuenta por ciento de la población de pingüinos emperadores. La larga serie temporal se debió a la existencia de una base cercana que pudo controlar las oscilaciones de adultos, juveniles y crías. La mortalidad aumentó a medida que aumentaba la temperatura del agua pero, sobre todo, a medida que disminuía en la zona la cubierta de hielo. «Un tanto paradójico», escribe Christophe Barbraud, del CNRS francés, «porque cuanto menos hielo hay, antes llegan a sus lugares de puesta; pero cuanto menos cubierta helada, menos producción, copépodos, krill, peces, calamares…». 

Pingüinos Adelia. Fotografía: Eli Duke (CC).

Los pingüinos se enfrentan a varios problemas, sobre todo en la zona de la península antártica. Allí es donde más variedad hay y un factor inesperado puede ayudar a mermar su capacidad de supervivencia. «Los pingüinos Macaroni o los Adelia están acostumbrados a cierto cambio en la dieta, pero, como otras especies, si los cambios son demasiado acelerados, puede que no sean capaces de mantener el ritmo», afirma Robert Pitman, del National Fisheries Research Service de California. En este caso el cambio climático, como veremos, tiene mucho que ver, pero también la pesca de krill. «La sobrepesca de krill puede darse en cualquier momento», añade Pitman, «porque el tratamiento de descascarillado se ha perfeccionado y es un recurso renovable demasiado interesante en un mundo sobreexplotado por la pesca que busca nuevas especies, nuevos caladeros, nueva proteína para explotar donde sea». Este hecho podría afectar mucho a estas dos especies y, cómo no, a muchos otros eslabones de la cadena que dependen del krill. En el caso de los pingüinos Macaroni, un veinte por ciento menos de la dieta implicaría tener que nadar más por menos, y por tanto perder capacidad de mantener a las siguientes generaciones con vida. «Hay un punto tras el cual no pueden capturar el suficiente alimento para ellos mismos y sus crías», añade el doctor Cresswell, de la Universidad de California; en un reciente congreso del Scientific Cometee of Antarctic Research (SCAR), «no nos equivoquemos, todos los animales se adaptan, pero los extremos son muy duros y estos animales aguantarán fluctuaciones hasta un punto de no retorno». La pesca del krill (y de otros elementos como Pleurogramma) se da en verano, el momento en el que más alimento necesitan las especies para su propia supervivencia. Y a poca profundidad, en las zonas costeras donde hay más pingüinos y otros animales que dependen del maná decápodo que forma enjambres de kilómetros de extensión. 

Pero, según el propio Pitman podría añadirse un problema más, todavía muy poco estudiado. El hecho de tener que nadar más para buscar presas y haber menos cobertura del hielo podría dejar más al descubierto a los pingüinos frente a depredadores como la orca o la foca leopardo. Como siempre, una compleja situación en que más de un factor actúa y actuará como puntilla para la desaparición local de estos (y otros organismos). Solo hay que pensar que en determinadas zonas los registros constatan una desaparición de más del ochenta por ciento de la población de pingüinos Adelia: otra especie (como el emperador) poco fecunda, que madura tarde y que es muy vulnerable a los grandes cambios. Los especialistas del frío van a ver restringido su rango de acción en breve, y seremos testigos de los reductos dispersos en los que tratarán de sobrevivir los que consigan encontrar un refugio adaptado a su supervivencia.

Pingüinos barbijo. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Referencias interesantes

Barbraud C. y Weimerskirch H. (2001) Emperor penguins and climate change. Nature 411: 183-186

Imbert B. (1992) North pole, South pole: journeys to the ends of the Earth. New Horizons, New York

Thomas D. (2004) Frozen oceans. Natural History Museum, London.

Fotografía de portada: Philippe Teuwen (CC).

La huella de Scorsese en El lobo de Wall Street

Una escena de The Wolf of Wall Street. Imagen: Universal Pictures.

Cuando se estrena la nueva película de uno de los más grandes cineastas en activo, uno va sin pensárselo a la primera sesión de su ciudad. Si ese cineasta es Martin Scorsese, un auténtico gigante del cine que no ha rodado nada decepcionante desde los ochenta, uno se pasa además varios meses esperando el momento en que se apaguen por fin las luces. Y si encima lo que se estrena son tres horas hilarantes de drogas, sexo y desenfreno de la mano de Leonardo Di Caprio, filmadas con el estilo de las mejores películas de su autor, uno siente que la espera ha valido la pena.

Este artículo se centrará precisamente en esto último, sobre el estilo de las mejores películas de Scorsese. En efecto, The Wolf of Wall Street comparte incontables recursos estilísticos con Goodfellas (1990) y con Casino (1995), siendo la primera la mejor película del cineasta, y la segunda otra obra maestra de temática parecida. Si analizamos con cierto detenimiento estas similitudes formales, quizá hallemos la razón por la que The Wolf ha causado tanto entusiasmo entre los incondicionales de Scorsese. Uno asiste a la historia de auge y caída de Jordan Belfort y no puede evitar recordar las de Henry Hill y Sam «Ace» Rothstein. Ciertamente, el enfoque es algo diferente en las tres: Goodfellas era propiamente un drama, Casino tenía tintes de tragedia y The Wolf tiene mucho de comedia negra. Pero tanto en el estilo como en la trama, los paralelismos entre las tres son numerosos y variados:

La huella estilística y formal

Las voces en off narrativas que nos cuentan gran parte de la trama. En Goodfellas tenemos la de Henry y también, en menor medida, la de su mujer. En Casino, el papel de narrador se lo van alternando Sam Rothstein, el protagonista, y Nicky, su desequilibrado amigo. Además, algún otro personaje se cuela para hacer de narrador momentáneamente, como Marino (el matón de Nicky) en una conversación con Remo, el capo mafioso. El mismo recurso se repite en The Wolf: la historia nos la cuenta Jordan Belfort casi en su totalidad, pero hay algunas intrusiones esporádicas, de efecto cómico, como la del banquero suizo o la de la tía Emma. Más adelante veremos que estas voces en off, junto con otros recursos formales, sirven para dar a las tres películas un tono muy cercano al documental. Pero además, las narraciones en off permiten que Scorsese se detenga en escenas anecdóticas pero que resultan muy atractivas o divertidas, porque no se ve obligado a mostrarnos solo escenas narrativas. Como gran parte de la trama ya nos la cuenta la voz en off, podemos deleitarnos con fiestas, anécdotas, atracos…

El ritmo rapidísimo y, en consecuencia, el montaje frenético: a Scorsese no le preocupa que podamos perder algo de información, prefiere arriesgarse e imponer a sus películas un ritmo endiablado, que nos da una idea del ritmo al que viven sus personajes. En Goodfellas, el montaje se torna especialmente frenético y alocado en la última parte del filme, con Henry convertido en un cocainómano paranoico. En Casino hay fragmentos de la trama que se tratan con especial rapidez, como el pasado de Sam en el mundo de las apuestas o la operación de compra fraudulenta del Tangiers, el casino que dirige el protagonista. Y en The Wolf el ritmo es muy rápido en toda la película, y en el montaje se notan las altas dosis de improvisación del rodaje. Según la montadora del filme (Thelma Schoonmaker, que ha montado gran parte de las películas de Scorsese, entre ellas Goodfellas y Casino), esta es la película del director en la que más lugar se ha dado a la improvisación, debido a la gran química entre los actores. Según cuenta, había escenas que debían tener dos líneas de diálogo y acababan durando dos o tres minutos, pues los actores se lanzaban a una especie de juego de a ver quién la decía más gorda. Y al parecer, Scorsese estaba entusiasmado: según explica Thelma, en algunas de estas escenas improvisadas se oían de fondo las carcajadas del director, que servían de gasolina para los actores (evidentemente, dichas risas han sido eliminadas en postproducción).

El tratamiento del tiempo (dilatación-aceleración): esta técnica se utiliza sobre todo en Goodfellas y The Wolf. Se basa en que, por un lado, hay partes de la historia que se nos cuentan con mucho detalle y se dedica mucho tiempo a explicárnoslas, como el día del arresto en Goodfellas o todo el proceso de venta de Steve Madden en The Wolf of Wall Street. En cambio, hay otras cosas que no se nos muestran, porque se emplean elipsis temporales a menudo bastante largas. Por ejemplo, en ambas películas pasamos directamente de la boda a la vida familiar ya con hijos, sin que se nos muestre casi nada intermedio. Además de las elipsis, hay partes de la historia que se nos cuentan en pocos minutos, como si de repente el narrador pisara el acelerador: el primer arresto de Henry en Goodfellas y el arresto de Jordan en The Wolf son dos buenos ejemplos. De este modo, en ambas películas el tiempo se va dilatando y acelerando en función de los intereses de la historia.

La estructura temporal del principio también es muy similar en las tres películas. Todas comienzan con un prólogo que no es el principio cronológico de la historia, sino el final o un momento intermedio. Y entonces el narrador nos lleva al pasado para contarnos su historia desde el principio. Además, en los tres filmes volvemos a ver, más adelante en la película, los momentos que se nos habían mostrado en el prólogo: el asesinato y entierro de Batts en Goodfellas, el intento de asesinato de Sam en Casino, y el aterrizaje accidentado de Jordan con su helicóptero en The Wolf. Del mismo modo, la estructura del final es similar en las tres películas, pues todas incluyen un epílogo sobre la nueva vida de sus personajes, una vez redimidos (o redimidos a medias…).

El uso de la cámara lenta. En Goodfellas se emplea este recurso en varias ocasiones, como cuando Henry le da a Karen un revólver para que lo esconda (y ella admite que «it turned me on»). En Casino se usa también varias veces: cuando Sam dice que Nicky es un bestia y que «Nicky will keep coming back, and back, until one of you is dead», cuando Sam se enamora de Ginger… En The Wolf también hay varios momentos rodados a cámara lenta: cuando Donnie, hasta las cejas de qualudes, se acerca a Jordan para proponerle la operación de Steve Madden, en la orgía en el avión de camino a Las Vegas…

Tanto en Casino como en The Wolf se utilizan en alguna ocasión los acelerados, que para entendernos no son más que lo contrario a la cámara lenta. En la primera, se usan por ejemplo cuando Sam se atrinchera en su casa porque cree que van a venir a liquidarlo. En The Wolf, se emplean cuando Jordan llega a la oficina y encuentra a decenas de candidatos que quieren trabajar para él, y cuando explica cómo se toma las dosis exactas de cada droga para estar ciego durante su vuelo a Suiza.

Los congelados. En Goodfellas es un recurso que se usa continuamente, siempre que Henry se da cuenta de algo importante. También en Casino hay algunos congelados, como cuando un joven hace un cumplido a Ginger delante de Sam o cuando el capo le pregunta a Marino si Nicky se está tirando a Ginger. En The Wolf no hay tantos como en Goodfellas ni están tan trabajados, pero también se utilizan. De hecho, uno de los congelados de la película sí que ocurre cuando Belfort se da cuenta de algo, en una suerte de guiño a Goodfellas (pues solo se usa en este sentido una vez, no está trabajado a lo largo de toda la película): es el momento en que su primera mujer le pregunta por qué no vende acciones basura a los ricos, y a partir de ahí decide reinventar su empresa y crear Stratton Oakmont.

La inclusión de fotos o vídeos «reales» de la vida de los personajes: en las tres películas hay situaciones que no se nos muestran tal cual, sino que vemos en pantalla las fotos o vídeos de la vida real de los personajes y a partir de ellas entendemos lo que ha pasado. En Goodfellas esto ocurre con los nacimientos de las hijas, las celebraciones familiares… En Casino ocurre al final, con los videos de las demoliciones de los grandes casinos de Las Vegas que marcan el final de una época. Y en The Wolf tenemos fotos de Jordan de pequeño, alguna de una prostituta, vídeos sueltos como el de la boda…

En Goodfellas ya se incluía un anuncio de televisión de unas pelucas como parte de la película, pero en The Wolf aparecen hasta seis spots o fragmentos de spots: el de Stratton Oakmont al principio, el de la serie The Equalizer, el de Steve Madden, el del yate, el de los cursos financieros de Belfort y el de los restaurantes Benihana.

Escenas de Goodfellas y The Wolf of Wall Street. Imágenes: Warner Bros y Universal Pictures.

Las superposiciones del sonido de una escena en la siguiente o en la anterior: este recurso está tratado de forma más cuidada y con más expresividad en Goodfellas y Casino, pero también se usa en The Wolf of Wall Street. En la primera hay dos momentos especialmente acertados: después de una noche de fiesta en el Copacabana, Henry lleva a cabo su gran atraco en el aeropuerto y el monólogo del cómico de la noche anterior se sobrepone a la escena del robo, para dar cuenta de que el ocio y el lujo nocturnos solo son posibles gracias a los atracos. En otro momento, Henry y sus amigos están de copas con sus amantes, y la música diegética del bar monta también sobre la siguiente escena, una comida familiar. Esto expresa que, cuando uno es un gánster, puede tenerlo todo, y su vida familiar no tiene por qué entrar en conflicto con su vida nocturna y sus amantes. En Casino también se usa este recurso de forma muy expresiva, como cuando el audio del préstamo a Green para comprar el Tangiers se superpone a la escena anterior de los capos mafiosos recibiendo su comisión, lo cual expresa muy bien que Green no es más que un títere y que quienes mandan son los jefes italianos. En The Wolf, la superposición de sonido se usa casi por sistema: ocurre constantemente que el sonido de una escena comienza segundos antes de la imagen, montándose encima del final de la escena anterior. Aquí, sin embargo, este recurso no suele tener el gran valor expresivo que tenía en Goodfellas o Casino, sino que se usa más bien como forma de enlazar «suavemente» una escena con la siguiente.

Otra similitud es que en las tres películas la banda sonora está formada por temas sueltos que dan el tono y reflejan las respectivas épocas, en vez de por un score. Cuando escogía las canciones para Goodfellas, uno de los criterios básicos de Scorsese era que tenían que ser canciones que pudieran haber sonado en esa época. La misma máxima siguió en Casino y en The Wolf, produciendo escenas memorables como la entrada del FBI en Stratton Oakmont con Mrs. Robinson de fondo.

Las interpelaciones a cámara del protagonista, rompiendo la cuarta pared. En Goodfellas esto ocurre en el juicio del final: Henry Hill se levanta y, mirando directamente a cámara y caminando hacia ella, nos cuenta el desenlace de la historia. En Casino nadie habla a la cámara, aunque algunos personajes sí miran a cámara y rompen la cuarta pared, como veremos. Y en The Wolf, Leonardo Di Caprio se pasa media película mirándonos y contándonos directamente la historia, de forma similar a como lo hacía Ray Liotta al final de Goodfellas.

Escenas de Goodfellas y The Wolf of Wall Street. Imágenes: Warner Bros y Universal Pictures.

El uso de planos generales en ángulo cenital. En Goodfellas hay varios, como el brindis entre Henry y Karen en el descapotable o Tommy muerto en el suelo después de que los capos le peguen un tiro. Lo mismo ocurre en Casino, donde tenemos planos generales en cenital cuando explota el coche de Sam, o cuando entierran vivos a Nicky y a su hermano. Finalmente, en The Wolf se emplea este tipo de plano en el primer polvo de Jordan con Naomi, cuando Jordan despierta en Las Vegas después de su despedida de soltero, en la escena en que está completamente ciego de qualudes, y cuando vienen a arrestarlo a su casa.

La abundancia de planos detalle, normalmente de los elementos que más seducen a Henry, a Sam y a Jordan: el dinero, las drogas, las joyas… Es importante comentar la idea de la seducción. En las tres películas se pretende en cierto modo que el espectador se sienta fascinado por los mundos de sus personajes, por su opulencia, su poder y la forma en que toman un atajo para la vida adinerada. En el caso de Goodfellas, esta fascinación se expresa a través de la atracción que el propio protagonista siente, desde pequeño, por el mundo de los gánsters (y también por cómo su mujer va sintiéndose cada vez más cautivada por dicho mundo y los beneficios que comporta). En Casino, es sobre todo Ginger el personaje a quien vemos hechizado por el dinero y las joyas que le regala Sam. Y en The Wolf, la idea de seducción está presente en todo el filme, y parece que Jordan nos esté vendiendo su opción de vida para intentar que nos sintamos cautivados por él (igual que, según dice, deben sentirse sus trabajadores para estar motivados).

Tanto en Casino como en The Wolf hay un plano filmado con la cámara girada de lado, en un momento de especial debilidad de los personajes. En la primera, ocurre cuando Ginger está llorando y accede a seguir un programa de desintoxicación. En The Wolf, cuando están rodando el anuncio del curso financiero de Jordan y aparece el FBI para detenerle. Entonces, un agente tira la cámara con la que estaban rodando al suelo, y esta queda girada noventa grados mientras esposan al protagonista.

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Escenas de Casino y The Wolf of Wall Street. Imágenes: Universal Pictures.

En Casino y en The Wolf se usa el recurso de duplicar a un personaje (mediante un espejo) cuando miente u oculta algo. En la primera, Ginger aparece duplicada cuando le promete a su marido que su amigo y antiguo chulo Lester forma parte del pasado. Y en The Wolf, es Donnie el que aparece reflejado en un espejo cuando Jordan recibe una llamada de su investigador privado diciéndole que se ha metido en líos. Esos líos son culpa de Donnie, pero Jordan aún no lo sabe porque no se lo ha contado, y por eso Donnie aparece duplicado.

Escenas de Casino y The Wolf of Wall Street. Imágenes: Universal Pictures.

Las presentaciones de personajes mirando a cámara: los gánsters en Goodfellas (en un plano secuencia memorable, como tantos otros en la película); los capos mafiosos y Ginger en Casino; y Naomi y los primeros strattonites en The Wolf.

Escenas de Casino y The Wolf of Wall Street. Imágenes: Universal Pictures.

El primer polvo que echan Jordan Belfort y su futura mujer Naomi dura once segundos, según nos cuenta sin rubor el propio protagonista. Sin embargo, no vemos los once segundos en pantalla, sino unos cuatro o cinco en un plano detalle de los pies de los implicados. El mismo plano aparece en un momento de intimidad entre Henry y Karen en Goodfellas. Es verdad que en Goodfellas la cámara baja desde sus rostros hasta sus pies y luego vuelve a subir, pero el encuadre se mantiene unos segundos en los pies y es, en ese momento, idéntico al de The Wolf.

Escenas de Goodfellas y The Wolf of Wall Street. Imágenes: Warner Bros y Universal Pictures.

Otra similitud estilística tiene que ver con la luz. En las tres películas hay momentos en los que la luz toma un protagonismo especial y se vuelve excesiva, o muy saturada, o formada por muchos colores distintos… En Goodfellas, el momento más interesante es cuando deben desenterrar a Batts: es de noche, y la luz de la escena es completamente roja, de un rojo muy intenso. De hecho, en Goodfellas el color rojo tiene un papel central durante toda la película, porque representa el mal en el que va adentrándose Henry. Cuanto más va metiéndose en la espiral de asesinatos… más se adentra el rojo en él y en la película. Pero volviendo a los momentos de luz, digamos, extraña, en Casino hay muchas escenas que están muy sobreexpuestas. Esto significa que se abre excesivamente el obturador, de modo que los elementos claros del plano aparecen brillantes y centelleantes, y se crea una atmósfera muy enrarecida que es característica de esta película. En The Wolf la luz está tratada de forma más plana durante gran parte de la película, pero hay momentos, como las fiestas en discotecas, en que también aparece esta luz excesiva y chocante.

Hay un movimiento de cámara en The Wolf que es muy similar a uno de Casino. Tiene lugar cuando Jordan anuncia que finalmente no deja la empresa, y todos empiezan a entonar el cántico de Hannah golpeándose el pecho. Entonces la cámara va haciendo panorámicas rápidas para moverse de un trabajador a otro, todo en el mismo plano. En Casino ocurre lo mismo cuando Sam, en voz en off, explica que en los casinos todo el mundo mira siempre a todo el mundo: va diciendo quién mira a quién, y la cámara va moviéndose de uno a otro en panorámica.

The Wolf también toma un movimiento de cámara prestado de Goodfellas. Al final de la película, cuando Jordan explica que ha delatado a todos sus trabajadores, hay un plano subjetivo en el cual la cámara avanza por un pasillo que le abren los brokers de Stratton, todos mirando hacia la cámara y haciendo gestos de saludo. El movimiento es similar a aquel de Goodfellas cuando Henry presentaba a todos los mafiosos, aunque ese era más libre y más largo. Pero ambos son movimientos de cámara subjetivos del protagonista, rodados con steady-cam, y en los cuales los personajes miran y saludan a la cámara.

Tanto en Goodfellas como en The Wolf hay travellings de acercamiento muy bruscos cuando los personajes consumen droga. Esto no ocurre en Casino, pues las drogas tienen un protagonismo mucho menor, y nunca vemos al protagonista consumiendo, ni tenemos constancia de que consuma.

Probablemente ya hayan leído que The Wolf of Wall Street es la película de toda la historia del cine en la que más palabrotas se dicen. Efectivamente, es un diccionario de palabras malsonantes y de derivados de fuck. Pero esto no es nuevo en la filmografía de Scorsese, y tanto Goodfellas como Casino son buenos ejemplos. En ambas películas los personajes tampoco cuidaban demasiado sus lenguas, en especial los personajes interpretados por Joe Pesci. Uno piensa en este pequeño gran actor y le recuerda inevitablemente gritando sus típicos «you motherfucker you!».

En las tres películas se muestran las bodas de los protagonistas, y compararlas es una buena forma de entender mejor la relación entre los filmes. La boda de Goodfellas comienza con una ceremonia judía más bien humilde. Luego pasamos al banquete, que Karen narra en voz en off. Los invitados dan sobres a los novios, y finalmente vemos el baile, filmado con una steady-cam. En la escena siguiente ya se nos presentan los primeros conflictos del matrimonio. En Casino no se nos muestra la ceremonia, porque esta es la boda más falsa, y por eso Scorsese va directamente al banquete, narrado en voz en off por Sam. Los novios comen pastel y se besan, y aquí tiene lugar un movimiento de cámara especialmente brillante: mientras se besan, la cámara se acerca a ellos y, en vez de acercarlos el uno al otro, los separa, pues va directa al espacio entre ellos. Finalmente, la cámara va a parar a un plano detalle de la miniatura de los novios colocada encima del pastel. Con un simple travelling, Scorsese expresa la separación que hay entre los recién casados y el hecho de que actúan como simples muñecos. La boda termina con la llamada de Ginger a su antiguo chulo Lester; y de hecho, el audio de esta llamada está sobrepuesto al beso anterior que comentábamos. En la escena siguiente, Sam colma de regalos a su nueva mujer. La boda de The Wolf es la más opulenta, cómo no. Empieza con la ceremonia a lo grande en la playa, y está narrada por Jordan en voz en off. Luego pasamos al baile, filmado con una steady-cam igual que el de Goodfellas. Después tenemos a Jordan bailando con sus colegas y la llegada de la tía Emma. En las dos escenas siguientes, ya finalizada la boda, hay una combinación de Casino y Goodfellas: primero el gran regalo a la mujer trofeo (el yate), y luego las peleas de la vida matrimonial.

La huella Scorsese en la trama

Las tres películas cuentan historias puramente «scorsesianas»: el paso de la juventud a la edad adulta de un personaje atrapado que no podrá escapar a su obsesión. Vemos sus experiencias formativas y su ascenso en mundos más bien turbios. Y lo más importante es que son personajes que nunca consiguen librarse de sus obsesiones: el sueño de vivir como un gánster de Henry, el empeño por cambiar a una mujer de Sam, y la acumulación de riqueza y el hedonismo en el caso de Jordan.

Una escena de The Wolf of Wall Street. Imagen: Universal Pictures.

Tanto en Goodfellas como en The Wolf, los protagonistas reciben una iniciación en sus respectivos mundos por parte de un personaje que actúa como mentor. En la primera, al salir de un juicio menor, un joven Henry escucha atentamente los consejos de Jimmy Conway: «Never rat on your friends… and always keep your mouth shut». En The Wolf, el broker Mike Hanna (brillantemente interpretado por Matthew McConnaughey) explica a un inocente y tímido Jordan las claves de Wall Street: «cocaine and hookers». La diferencia es que Jordan se toma las enseñanzas de su primer jefe al pie de la letra, y Henry acaba haciendo lo contrario de lo que le dijo Jimmy cuando delata a todos sus compañeros.

En las tres películas se habla de drogas y se ve a los personajes consumiendo. En Goodfellas las drogas son centrales en la tercera parte, que está filmada con un estilo distinto porque el efecto de la cocaína se traslada de Henry a la cámara. En Casino, las drogas tienen mucha menos importancia argumental, pero se habla de cómo les afectan a Nicky y a Ginger y a ambos se les ve consumiendo. Y en The Wolf ya la cosa se desmadra, y las drogas (de todo tipo) adquieren un papel central en todo el relato, produciendo una de las mejores escenas que se han visto recientemente en una sala de cine.

Tanto en Casino como en The Wolf, resulta evidente que las mujeres de los protagonistas están con ellos principalmente por su dinero. Y tanto Sam como Jordan recompensan a sus respectivas mujeres-trofeo con opulentos regalos de boda: una casa repleta de ropa y joyas para Ginger y un enorme yate para Naomi. De hecho, aunque en Goodfellas no parece que Karen esté con Henry por su dinero, sí que se siente seducida por su poder y por los privilegios que le da su vida de gánster. Y además, la evolución de Karen sí que va en ese sentido: a mitad de la película le pide dinero a Henry para ir de compras y, como agradecimiento, se arrodilla allí mismo para complacerle.

Los problemas matrimoniales son un tema recurrente en las tres películas. En Goodfellas, Henry tiene varias amantes, y en un momento dado su mujer le pregunta, revólver en mano, si quiere a una de ellas. En Casino es Ginger la que tiene líos, y también coquetea con la idea de matar a su marido. En The Wolf, Jordan tiene problemas matrimoniales por partida doble: cuando empieza con Naomi, su primer matrimonio se desmorona (y su mujer también le pregunta, como en Goodfellas, si ama a la otra); y posteriormente también tiene problemas constantes con Naomi, debidos entre otras cosas a sus aventuras con prostitutas. Hacia el final de la película, Naomi también amenaza con matar a Jordan si le hace algo a su hija. Lo de los hijos mostrados como víctimas de los problemas de sus padres también aparece en las tres películas, llegando a convertirse los pequeños en víctimas físicas en Casino (cuando Ginger ata a su hija a la cama) y The Wolf (cuando Jordan intenta llevarse a Skyler y chocan con el coche).

Tanto en Casino como en The Wolf, cuando hablan de divorciarse, Sam y Jordan les dicen a sus respectivas esposas que de ninguna manera les darán la custodia de sus hijos. La diferencia es que Sam tiene razón y, además, lo dice con mucha más gracia: «Look in my eyes (…) Do you see anything in these eyes that makes you think I would ever let someone in your condition take my child away from me?».

En las tres películas se hacen referencias continuas a los mecanismos de escucha, los famosos wires. En Goodfellas, los mafiosos pasan verdaderos quebraderos de cabeza para hacer una llamada, y finalmente Henry es detenido por culpa de una llamada desafortunada. En Casino ocurre lo mismo con los teléfonos, se usan códigos y apaños, y también les acaban descubriendo por culpa de una escucha del FBI. Y en The Wolf se hacen también varias referencias a los teléfonos pinchados, y al final Jordan es obligado a llevar un aparato de escucha para incriminar a sus colegas.

El vestuario juega un papel muy importante para definir a los protagonistas de las tres películas y sus estatus social a cada momento. En Goodfellas, la madre de Henry le mira enfurecida cuando, de adolescente, se presenta en casa vestido de gánster. Y cuando se produce la larga elipsis y le vemos ya adulto, nos lo presentan con un movimiento de cámara que asciende desde sus zapatos caros, pasando por su traje italiano, hasta llegar a su rostro: ya es un gánster y viste como tal. Cuando en el último tercio de la película ya no es más que un drogadicto, su atuendo refleja claramente el cambio. En Casino, Sam Rothstein viste casi siempre de forma elegante, pero sus conjuntos se van volviendo más estrafalarios a medida que avanza la trama y aumentan su estatus y su ego. Y en The Wolf, el enriquecimiento de Jordan se refleja claramente en los cambios de su vestimenta: pasa de llevar trajes básicos al principio, a blazers rosas cuando empieza a ganar dinero y, finalmente, trajes carísimos a medida cuando ya es millonario.

También hay algunos paralelismos más sutiles o anecdóticos. Un ejemplo es cuando Jordan explica que las oficinas de Stratton eran una jungla, y vemos a un trabajador reventando un bate de béisbol contra el suelo, tras varios golpes. Esto puede recordarnos al brutal asesinato de Nicky y su hermano en Casino. Otro ejemplo podría ser que tanto Jordan Belfort como Sam Rothstein se convierten en personajes televisivos cuando se ven forzados a dejar sus respectivos trabajos. O el hecho de que a ambos les hacen entrevistas que luego se publican tergiversadas y sacadas de contexto. Y siguiendo con las mismas dos películas, otra situación que se repite es la felación en el coche: en Casino, Nicky se lleva a una showgirl al coche y le agacha la cabeza con la nula sutileza que le caracteriza; y en una de las primera escenas de The Wolf, Jordan también se lo pasa en grande mientras conduce su Ferrari («Yeah, she was the one with my cock in her mouth in the Ferrari, so put your dick back in your pants» comenta poco después cuando presenta a Naomi).

Dentro de las similitudes, digamos, menores, también están las frases que se repiten o son muy parecidas, como el «I always wanted to be rich» que nos lleva al principio de la historia en The Wolf, que recuerda mucho al «I always wanted to be a gangster» que también nos llevaba al inicio del relato en Goodfellas. En ambos casos, tenemos a los personajes enunciando sus respectivas obsesiones, de las que no podrán escapar. También se repite en Goodfellas y The Wolf la frase «I was making more money than I could spend», aunque está claro que Jordan Belfort sabe más que Henry Hill en lo que a gastar se refiere, de modo que la cantidad que él necesita para ya no saber en qué gastarla es mucho mayor.

Una escena de The Wolf of Wall Street. Imagen: Universal Pictures.

Una idea interesante de The Wolf es el hecho de que Jordan celebre su despedida de soltero (pasadísima de vueltas, cómo no) en Las Vegas, pero no se nos muestre nada de esa noche. Es cierto que la película está llena de elipsis, pero no deja de resultar extraño que Scorsese deje pasar esta gran oportunidad de mostrarnos el desenfreno hedonista de los strattonites. ¿Podría ser esto un guiño al final de Casino? ¿Podría ser que Scorsese se niegue a filmar la fiesta de Las Vegas porque, como decía Sam Rothstein lleno de nostalgia, «today it looks like Disneyland»?

Tanto Jordan como Henry desprecian la opción de vida de la gente normal, que para ellos no sabe disfrutar de la vida. Ambos dicen en varias ocasiones que no podrían vivir como la gente corriente y, al final, cuando se ven obligados a ello, ambos miran al pasado con nostalgia. En el caso de Henry, lo que echa de menos son los privilegios que le daba ser un gánster, el permanente atajo para el éxito que suponía su antigua vida (tan bien simbolizado en el memorable plano secuencia del Copacabana). Y lo que Jordan echa de menos son las drogas, («being sober sucks», le dice a Donnie cuando ya lleva dos años limpio).

Examinadas ya todas las similitudes de The Wolf of Wall Street con dos de sus predecesoras, quizá deberíamos preguntarnos por las diferencias. Como ya se ha comentado, la principal diferencia está en el tono: las primeras son más dramáticas (Casino llega a ser casi una tragedia), y The Wolf tiene un tono mucho más cómico, pues su protagonista es tan caricaturesco que pronto le vemos más como a un payaso que como al lobo del título. Más allá del tono, es evidente que el contexto de las películas es diferente, aunque el submundo de la mafia y Wall Street tienen mucho en común: los excesos, la testosterona, la ambición y la codicia desmedidas…

Pero volviendo a las similitudes, comentábamos antes que muchos de los recursos formales que emplean las tres películas tienen por objetivo reforzar el tratamiento casi documental que Scorsese quiere darles. Las voces en off narrativas, las interpelaciones a cámara, la música exclusivamente de la época, la inclusión de fotos y vídeos «reales» de la vida de los personajes… pretenden dar a las tres películas un aire documental, buscando un distanciamiento absoluto del público con respecto al drama de los personajes. El cineasta quiere que los mundos y las vidas de estos personajes nos fascinen y seduzcan, pero no quiere que empaticemos con ellos ni que nos impliquemos en sus historias. Se trata de una apuesta muy arriesgada, porque la empatía del público es precisamente lo que buscan la gran mayoría de películas como mecanismo básico para mantenerle interesado. En estas tres películas, en cambio, Scorsese renuncia a esa empatía y, en cambio, opta por un distanciamiento que provoca, como decimos, que la película adquiera tintes de documental. Este distanciamiento emocional con respecto a los protagonistas está íntimamente relacionado con un distanciamiento moral con respecto a sus acciones. Y este distanciamiento moral ha dado mucho que hablar, sobre todo en el caso de The Wolf.

Se ha criticado mucho a The Wolf of Wall Street por no incluir ningún tipo de juicio moral de las acciones de su protagonista. La película presenta, en clave de humor negro, la espiral de excesos orgiásticos y extáticos que es la vida de Jordan Belfort, pero en ningún momento muestra el daño que este causó a miles de personas con sus estafas. Conviene aclarar varias cosas al respecto de estas críticas:

Quienes han leído las memorias que Jordan Belfort que inspiran la película afirman que el autor muestra en ellas un arrepentimiento que queda completamente ausente en la película. Por tanto, no mostrar este arrepentimiento es una decisión plenamente consciente de Scorsese, que no está interesado en ese enfoque más moral del relato. En este sentido, hay que defender el derecho de todo artista de darle a su obra el enfoque que le apetezca. Obviamente, que Scorsese no incluya un juicio moral en su película no significa que apruebe las estafas de su personaje o que no las condene, igual que no aprueba los asesinatos ni los robos que se cometen en Goodfellas o Casino, pero nos los muestra de forma transparente y sin emitir ningún juicio al respecto.

Y esto último es crucial, porque la ausencia de juicio moral sobre las acciones de sus personajes se encuentra en las raíces del cine de Scorsese: el cineasta italoamericano nunca ha querido decirle a su público lo que tiene que pensar, sino contarles una historia y dejar que ellos la juzguen como quieran. Una buena razón para esto, aparte de querer que seamos nosotros los que hagamos nuestros propios juicios, podría ser que Scorsese cree que esta es la forma más verdadera de contar las historias de estos hombres. Porque desgraciadamente, muy a menudo los hombres como Henry Hill o Jordan Belfort no reciben su castigo ni son juzgados de forma justa: ¿entonces —debe pensar Scorsese— por qué debemos juzgarles o castigarles en las obras de ficción, cuando todo en la vida real nos enseña que los malos no suelen recibir su merecido?

Por último, es importante apuntar que, aunque no haya una condena moral explícita en The Wolf of Wall Street, sí que hay una reflexión moral que resulta muy interesante. Y sobre todo es interesante porque es eminentemente cinematográfica y por la economía de medios con la que se plantea: Scorsese logra expresar algo profundo con un sutil movimiento de cámara. Hablamos del último plano de la película: Jordan ya ha salido de la cárcel, y ahora se dedica a dar conferencias sobre estrategias de venta ante un público hipnotizado. Cuando pide a algunos miembros del público que le vendan un bolígrafo, Scorsese hace un ligero movimiento de cámara que nos lleva desde la cara del hombre que está intentándolo en ese momento hasta un plano general de todo el público, que observa fascinado a Belfort. Este plano general con el que se cierra la película funciona como una suerte de espejo del público de la sala de cine, y ahí está contenida toda la reflexión de Scorsese sobre la moralidad de su personaje. Lo que viene a decirnos este plano-espejo es que si existen Belforts en el mundo es porque existimos nosotros, que estamos maravillados por ellos y les reímos las gracias. En la vida real, Belfort ya no se ganaría la vida si no hubiera miles de personas pagando por escuchar sus enseñanzas. Y en la película, no habría personaje si no estuviéramos nosotros, personas que pagan su entrada para dejarse seducir por el tren de vida de Jordan Belfort (de hecho, ir al cine también contribuye a que el Belfort real siga ganándose la vida, pues cobró lo suyo por los derechos de sus memorias). De modo que, con este sutil movimiento de cámara, Scorsese nos muestra nuestro propio rostro fascinado para hacernos ver la hipocresía que supone disfrutar durante tres horas del carnaval de hedonismo y depravación de Jordan Belfort, y al salir del cine criticar la película por no emitir ningún juicio moral sobre sus crímenes.

Estaría bien acabar este artículo tomando las palabras con las que Joe Pesci aceptó el Óscar al mejor actor de reparto por Goodfellas, en el que sigue siendo el discurso de agradecimiento más corto de la historia de la Academia. Haciendo mías las palabras del loco bajito: «It was my privilege, thank you».

Una escena de The Wolf of Wall Street. Imagen: Universal Pictures.

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